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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2014.

Rosa Blanca.

 

Hoy mis amigos me han traído a José Martí a la memoria, y aquí dejo, un poquito de su obra, para todos mis amigos.

Cultivo una rosa blanca
en junio como enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca.

No os olvidéis de las mujeres.

No lo digo solo porque el 11 de octubre fuera el Día Internacional de las niñas declarado por Naciones Unidas desde diciembre de 2011 con el objetivo de reconocer los derechos de las niñas y los problemas excepcionales que tienen que afrontar en todo el mundo. Lo digo porque las noticias vienen cargadas de noticias protagonizadas por mujeres y en gran parte de ellas aparecen como heroínas del siglo XXI que le ganan batallas a la vida para construir un mundo mejor.

Si no fuera por ese punto de valentía femenina Teresa Romero no se habría ofrecido para cuidar, desde su puesto de profesional de la sanidad, a un enfermo de Ébola que llega a España para morir. No lo habría hecho sabiendo que la enfermedad es altamente contagiosa y que no se conocía, como no se conoce aún, ni cura ni vacuna para afrontarla. Pero Teresa lo hizo y el riesgo anunciado pero no medido, de que el virus le alcanzara, se cumplió. Aún así, la valentía femenina de esta mujer sigue de manifiesto mientras, entre la vida y la muerte, con todos los ojos y focos pendientes de ella, lucha por sobrevivir y genera anticuerpos que dan lugar a la esperanza. Tenía que ser mujer y trabajadora para responder así.

Por contra, como en los cuentos, la vida también ha traído su antihéroe, repartido por igual entre un hombre y una mujer. Dicen que los antihéroes son personajes antisociales, desagradables, ordinarios, … que aunque realicen actos aparentemente heroicos, lo hacen con medios o con fines que no lo son. No sé si están pensando en Ana Mato o en Javier Rodríguez, pero en esto de ganar batalla al Ébola en España, ninguno de los dos por mucha cartera ministerial que usen, alcanza ni en calidad profesional, ni en aptitud humana, a Teresa.

Además los héroes no están nunca solos y junto a Teresa, sirva este escrito de homenaje silencioso a la multitud de mujeres que en África luchan contra esta peste de nuestro siglo. Merecido homenaje para ellas (y ellos) que no se dará en teatros ni auditorios, que no llevará medallas, pero que ganan cada día a fuerza de sufrir la enfermedad y lo que entraña, de combatirla en primera línea o mas allá, de cuidar y confortar sin medios, a enfermos y huérfanos. Por mantener la lucha y la esperanza cuando nadie la tiene. Nunca occidente pagará a estas mujeres y estos hombres lo que les debe.

No os olvidéis tampoco de las niñas que como Malala quieren cada día ir a la escuela. Y esta última semana, con su 11 de octubre en medio, ha tenido el honor de celebrarlo escuchando que Malala se convertía en la mujer más joven que recibe el Novel de la Paz. Heroica la joven vida de Malala enfrentada a la ignorancia con su deseo de saber, y al machismo radical de los talibanes con su sencillo ser niña camino de la escuela. Heroico su empeño en que las niñas se eduquen también en un país y en un contexto que mal usa, como seña de identidad, la exclusión y la desigualdad de las niñas y las mujeres frente a sus iguales masculinos. Por eso compartir el premio con un hombre, Kailash Satyarthi, con quien también comparte la lucha por la igualdad, no resta valor a sus hazañas; las ensalza en el terreno de la igualdad compartida, de la justicia solidaria y de la colaboración comprometida.

No alcanza al valor de esta muchacha, por erudito y ministro que sea, el que ha defendido, en el entorno nada hostil de nuestra España, la existencia de centros segregados. No importa que intente uno y mil argumentos bondadosos.  El antihéroe en la guerra por la educación universal es el ministro Wert por mucho que parezcan guerras independientes, pues donde unas victorias suponen un avance heroico hacia niveles de igualdad que parecieron ajenos, otros se encargan de garantizar el retroceso en lugares donde se dio por lograda y segura la educación de todos.  

Y con ellos, junto a Malala, en silencio, un montón de niñas y de niños en India y Pakistán, y en resto del mundo, que todavía no han visto, ni siquiera para soñarla, una escuela de cerca. A ellos igualmente nuestro homenaje silencioso en esta semana que, desde esta humilde página, hemos llamado “de las mujeres”.

Esta misma semana el Congreso de los Diputados ha hecho una declaración institucional a favor de las niñas, con la intención de llamar la atención a la comunidad internacional para que facilite el acceso de las niñas a la educación y que luchar contra las causas que hacen que las niñas estén más expuestas a distintos tipos de injusticia. Apenas se han oído los ecos del manifiesto que cito. Más aun me sorprende que apenas se han oído las voces necesarias para que esa declaración de intenciones que es un manifiesto institucional, se convierta en medidas concretas que contribuyan a que las niñas, nuestras niñas, sean menos vulnerables en todas las situaciones cotidianas que les toca vivir. Pero también aquí había heroínas discretas, casadas desde niñas, violadas, mutiladas, privadas de su infancia. Ha pasado discreta esta noticia quizá porque nuestra psicología colectiva, tan acostumbrada ya a lo dramático, no se ha despertado con las lágrimas de ninguna niña adolescente, con nombre y apellidos, obligada a casarse. Ni con la foto de ninguna niña dramáticamente privada de educación y escuela, ni con hambre, o en situación de riesgo por enfermedades que creímos erradicadas. Apenas las hemos visto pasar por el Congreso o por algún acto más, y sin embargo, merecen el respeto como vencedoras de pequeñas batallas cotidianas que llevan mucho valor y muchas ganas.

Les saldrán antihéroes en cada esquina, en su tierra y en la nuestra. Allí quizá evocando la (des)- cultura de lo que siempre ha sido. Aquí por la ignorancia del morbo y la falta de compromiso. Pero merecen, para cerrar la semana que yo he dado en llamar “de las mujeres” un lugar en el podio y todos mis respetos, porque son heroínas del siglo XXI que le ganan batallas a la vida para construir un mundo mejor.



Ética en la escuela.-

Adela Cortina en El País, el 2 de Diciembre de 2012

Dicen algunos expertos en estos temas que las gentes formulamos juicios morales por intuición, que no tenemos razones y argumentos para defenderlos, sino que tomamos posiciones en un sentido u otro movidos por nuestras emociones. Tratan de comprobarlo, por ejemplo, con lo que llaman “males sin daño”, como es el caso de una persona que promete a su madre moribunda llevarle flores al cementerio si muere y, una vez muerta, no cumple su promesa. ¿Ha obrado moralmente mal? La madre no sufre ningún daño y, sin embargo, la mayoría de la gente está convencida de que está mal obrar así, pero no saben por qué. Y esta es la conclusión que sacan los expertos en cuestión: las gentes asumimos unas posiciones morales u otras sin saber por qué lo hacemos, nos faltan razones para apoyarlas. Cuando lo bien cierto es que en nuestras tradiciones éticas podemos espigar razones más que suficientes para optar por unas u otras, aunque se trate de cuestiones nuevas. Conocer esas tradiciones y aprender a discernir entre ellas es, pues, de primera necesidad para asumir actitudes morales responsablemente, para poder dialogar con otros sobre problemas éticos y para innovar.

Esto no se consigue en un día, por arte de birlibirloque, sino que requiere estudio, reflexión, diálogo abierto. Ese era el propósito de una asignatura, presente en el currículum de 4º de la Enseñanza Secundaria Obligatoria desde hace casi un par de décadas. Se llamó primero Ética. La vida moral y la reflexión ética, ahora lleva el nombre de Educación ético-cívica, y en su honor hay que decir que ha permanecido en su lugar a través de los cambios políticos. Sólo antes de que naciera se planteó el problema de si la ética era una alternativa a la religión, o si más bien era común a todos los alumnos, mientras que la religión quedaba como optativa. Afortunadamente, esta segunda fue la solución, y desde entonces ningún grupo social y ningún partido político han puesto en cuestión su presencia en la escuela.

Es lamentable, pues, que desaparezca en el Anteproyecto de ley orgánica para la mejora de la calidad educativa, cuando la calidad debería consistir sobre todo en formar personas y ciudadanos capaces de asumir personalmente sus vidas desde los valores morales que tengan razones para preferir, no solo en que los alumnos adquieran competencias y conocimientos para posicionarse en el mundo económico. Si se trata de “lograr resultados”, como dice a menudo el anteproyecto, ayudar a formar una ciudadanía responsable es un resultado óptimo y además es el único modo de contar con buenos profesionales.

Un buen profesional no es el simple técnico, el que domina técnicas sin cuento, sino el que, dominándolas, sabe ponerlas al servicio de las metas y los valores de su profesión, un asunto que hay que tratar desde la reflexión y el compromiso éticos. Justamente la crisis ha sacado a la luz, entre otras cosas, la falta de profesionalidad en una ingente cantidad de decisiones, el exceso de profesionales que utilizaron técnicas como las financieras en contra de las metas de la profesión, en contra de los clientes que habían confiado en ellos.

En un sentido semejante se pronuncia el economista Jeffrey Sachs al afirmar al comienzo de su último libro, El precio de la civilización, que “bajo la crisis económica americana subyace una crisis moral: la élite económica cada vez tiene menos espíritu cívico”. Y lleva razón, nos está fallando la ética, esa dimensión humana que no solo es indispensable por su valor interno, sino también porque ayuda a que funcionen mejor la economía, la política y el conjunto de la vida social. Hace falta, pues, en la educación una asignatura que se ocupe específicamente de reflexionar sobre los problemas morales, conocer las propuestas que nuestras tradiciones éticas han aventurado, y argumentar y razonar sobre ellas para acostumbrarse a adoptar puntos de vista responsablemente.

Claro que una modesta asignatura no basta, que no es la píldora de Benito que resuelve todos los problemas, pero una sociedad demuestra que una materia le parece indispensable para formar buenos ciudadanos y buenos profesionales cuando le asigna un puesto claro en el currículum educativo, no cuando la diluye en una supuesta “transversalidad”, que es sinónimo de desaparición. Y más si ese puesto es el que ahora tiene, 4º de la ESO, un momento crucial en el proceso educativo.

Una sociedad no puede renunciar a transmitir en la escuela su legado ético con toda claridad para que cada quien elija razonablemente su perspectiva, porque es desde ella desde la que podemos juzgar con razones sobre la legitimidad de los desahucios en determinadas ocasiones, sobre la obligación perentoria de cumplir los objetivos de desarrollo del milenio, sobre la injusticia de que las consecuencias de las crisis las paguen los que no tuvieron parte en que se produjeran, sobre la urgencia de generar acuerdos en nuestro país para evitar una catástrofe, sobre la indecencia de dejar en la cuneta a los dependientes y vulnerables. Es desde esa dimensión de todo ser humano llamada vida moral desde la que se decide todo lo demás, una dimensión que es personal e intransferible, pero tiene que ser también razonable.

"¡Que nos quiten lo bailao!"

"La bebida apaga la sed, la comida satisface el hambre; pero el oro no apaga jamás la avaricia."
Plutarco

¿Quién no ha dicho alegremente esta expresión castellana con la satisfacción de haber sido feliz y estar preparado para asumir las consecuencias, menos felices, que puedan derivarse?

Veo los informativos y me pregunto, un día tras otro, si todos los que han sido felices con lo ajeno, lo valoran igual.  Me pregunto si los especialistas en “tarjetas opacas” de verdad pensaban, que el baile les tocaba por justicia; si nunca pensaron que bailar a costa de la inmovilidad enfermiza de la mayoría de ciudadanos, a quienes ya se habían encargado de culpabilizar por vivir dignamente, podía pasarles factura. No sé si alguna vez tuvieron la impresión de que eran ellos, y no los muchos ciudadanos honrados, quienes habían vivido por encima de sus posibilidades. Posibilidades que, dicho sea de paso, ya estaban desde el mismo punto de partida muy por encima de las posibilidades de todos los demás. Pero el cinismo de quien se ha convertido (si es que no ha sido siempre) en amigo letrado de lo ajeno, le mantiene bailando de manera indecente, como si nunca fueran a quitarle lo bailado.

Y no se han apagado las luces de una fiesta cuando el escenario nos deja entrever un nuevo show, el del blanqueo de dinero y perversión de lo público para el beneficio ilegal, ilegítimo e inmoral de algunos. Y de nuevo el baile de unos pocos se convierte en la pesadilla de los más.

El estado de shock es colectivo para una sociedad que se ha visto acusada de haber vivido en un nivel que no le correspondía; de haber entrado a un baile al que no estaba invitada. Como si tener sanidad, educación, bienestar social, cuidados paliativos, casa, y hasta vacaciones, hubiera sido un lujo transitorio e inmerecido para gran parte de los ciudadanos. Y entre tanto, de manera inmoral, quienes nos acusaban, van cayendo víctima de una epidemia más maligna que el Ébola, porque nace de la misma voluntad de las personas que se piensan más merecedoras de todo lo que se paga con dinero, que el resto de sus vecinos.  

Y quizá haya, entre los espectadores del baile de lo ajeno quien, con mitad envidia mitad resignación, se sienta a medias satisfecho por ver a los danzantes esposados, detenidos, o mendigando cantidades astronómicas para seguir bailando. Tal vez haya quien piense que han disfrutado tanto que no podrá arrancárselo o hacérselo olvidar ni siquiera el saberse descubierto y perseguido. Y de nuevo la frase, tan castellana como ambigua “¡qué les quiten lo bailao!”.

Sin embargo no es a los Rato, Blesa, Granados, Martinez Barrazón, Marjalier, Acebes, y un largo etcétera de sinvergüenzas, inmorales y sin escrúpulos a los que será difícil quitarles lo bailao, por mucho juicio interminable que soporten o por mucha indignación pública que les salga al paso.

Será al resto, espectadores de su baile, a quienes será complicado sacarnos y hacernos olvidar la escena.  Porque este baile ha sido por encima de los derechos de todos los demás, ciudadanos de a pie que apenas llegamos a entender que macabro espectáculo sucede ante nosotros y en qué hemos podido ser cómplices. El baile de unos pocos, (aunque se nos parezcan multitudes), ha pisado el deseo de todos a vivir igualmente en democracia. Han bailado de manera macabra sobre el sueño del resto de alcanzar prioridades que nos hacen ciudadanos humanos y no súbditos. Han bailado con saña sobre el derecho escrito, en leyes y en conciencias, a disfrutar de escuelas y hospitales sin excluir a nadie porque ha nacido lejos.

No sé si la justicia podrá “quitarles lo bailao” en el sentido estricto que no alcanzan a escribir estas palabras. Pero me duele más, mientras escribo, la certeza de que al resto, que miramos con estupor como engorda la lista de ladrones ilustres, si que será difícil que nos quiten el dolor de haber sido la alfombra de sus bailes.



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