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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2012.

Otra herencia.

Se han suprimido en Castilla La Mancha unos ochocientos maestros de apoyo a Educación Infantil. Ha habido también ruido sobre la eliminación de las aulas de adultos (otra centena). Dos medidas más contra el modelo educativo existente.

Se justifican estas decisiones en dos argumentos repetidos incansablemente: la “herencia recibida” y la “calidad de la enseñanza”. Ninguno de ellos explica la agresión que la educación está sufriendo. La herencia recibida, entre otras cosas y aunque implique déficit, es también la de infraestructuras modernizadas y próximas; los principios de inclusión e igualdad de oportunidades como prioridad; la innovación y formación permanentes como garantía de mejora. La calidad de la educación se merma cuando se dilapida esa parte de la herencia reduciendo la educación al modelo decimonónico de grupo de alumnos, de cualquier tamaño, a cargo de un maestro, sin más exigencias o posibilidades de mejora metodológica, innovación, formación, evaluación, trabajo en equipo, individualización, ...

Argumentan una calidad distinta a la soñada por padres y profesionales. Sus criterios, nada explícitos, se alejan de los estándares de calidad reconocidos en entornos internacionales de política educativa y en los propiamente pedagógicos.

Las últimas supresiones quizá sean eficaces para reducir el déficit, prioridad económica y presupuestaria de nuestros gobernantes; pero son absolutamente ineficaces para mejorar la calidad de la educación y conservar la herencia recibida.

Por cierto, tampoco parecen eficaces para luchar contra el desempleo.

¿Estrictamente innecesario?

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El pasado 29 de febrero, Castilla la Mancha amanecía con la publicación en el Boletín Oficial de la Ley 1/2012, de 21 de febrero, de Medidas Complementarias para la Aplicación del Plan de Garantías de Servicios Sociales; simultáneamente, se desarrollaba una jornada de huelga de empleados públicos. Unos meses  y alguna huelga general después, algunas reflexiones parecen oportunas y casi imprescindibles.

Muchos de nosotros nos preguntamos si es el mismo castellano el que hablan los responsables políticos y el que utilizamos los demás ciudadanos. Seguramente no, a juzgar porque a todo un lote de medidas orientadas a recortar inversión pública en servicios sociales, se le llame “Plan de garantías de servicios sociales”. El castellano de la calle le ha dado un nombre más simple y más directo al llamarlo como mucho “Plan de ahorro” y para casi todos “Plan de recortes”.

Se entiende puesto que los recortes afectan precisamente a los servicios sociales que dicen garantizar y superan la ampliación del horario y la reducción del salario de los empleados públicos que parecen haber acaparado la mayor parte de la atención y de las protestas.

Entendíamos por servicios sociales básicos, como lo hace la inmensa mayoría, los servicios ofrecidos o garantizados por el Estado a todos los ciudadanos para facilitar su mayor bienestar o el máximo desarrollo de sus derechos. A la vista de la Ley 1/2012 tenemos que dudarlo pues según ésta garantizar los servicios sociales implica reducirlos.

Veamos un ejemplo a partir del artículo 25 de la citada Ley, en el que se modifica la Ley 7/2010, de 20 de julio, de Educación de Castilla-La Mancha.  Entre otras modificaciones que afectan a la gratuidad de materiales, servicio de comedor, becas o formación del profesorado, se reduce el número de potenciales beneficiarios del servicio de transporte escolar.

El apartado 2 del artículo 141 de la Ley de Educación de Castilla La Mancha, vigente hasta el pasado 1 de marzo, decía que “la prestación del servicio de transporte escolar será gratuita para el alumnado escolarizado en centros públicos que curse el segundo ciclo de la educación infantil, las enseñanzas básicas, el bachillerato y los ciclos formativos de grado medio” mientras que en el nuevo texto pasa a decir que “…será gratuita para el alumnado escolarizado en centros públicos que curse las enseñanzas básicas”. El ahorro no es solo de palabras, sino de beneficiarios del transporte que queda reducido a los diez cursos de enseñanza obligatoria, seis en primaria y cuatro en secundaria, y deja fuera  la Educación infantil y la postobligatoria. Es decir, que los alumnos que residan en localidades donde no existan enseñanzas de Educación infantil, Bachillerato o Formación Profesional no podrán acceder en igualdad de condiciones a estas enseñanzas pues la administración ha renunciado al compromiso de compensar la necesidad de desplazarse, y asumir el gasto que conlleva. Desconozco si esta administración seguirá manteniendo el objetivo europeo de aumentar hasta al menos el 95% el porcentaje de niños y niñas de entre cuatro años y la edad de comienzo de la escolaridad obligatoria, (6 años en España). En cualquier caso no asume las propuestas del Consejo de Ministros de la Unión Europea del 20 de mayo de 2011 de “implantar medidas destinadas a facilitar un acceso equitativo y generalizado a la educación infantil y a la atención a la infancia y a potenciar su calidad”.

Y como una reflexión enlaza con la siguiente, recordamos que se nos ha dicho por activa y por pasiva que estas medidas eran necesarias entre otras cosas para generar empleo. La lógica no encuentra aquí el sentido pues no parece que transportar a menos alumnos necesite de más transportistas que lo hagan, como escolarizar a menos alumnos tampoco requiere de más maestros en los centros.

Entre estos pensamientos resulta sorprendente que para la huelga convocada un mes después de que la Ley 1/2012, de 21 de febrero, de Medidas Complementarias para la Aplicación del Plan de Garantías de Servicios Sociales que recorta entre otras cosas el transporte escolar, fije para este mismo servicio el 100% como servicios mínimos. O dicho de otro modo, que mientras en un momento se puede recortar del transporte escolar porque no es prioritario, en otro se le otorga tal prioridad que mientras el país para, debe mantenerse a pleno funcionamiento. Es probable que en un día de huelga haya funcionando más transporte escolar que el que vaya a funcionar en tiempos próximos.

Por último encontramos en el primer párrafo de la Ley 1/2012, de 21 de febrero, de Medidas Complementarias para la Aplicación del Plan de Garantías de Servicios Sociales la explicación a los recortes pues dice, literalmente, que “la complicada situación por la que atravesamos obliga a renunciar a todo lo que no es estrictamente necesario”.  Desconocemos en qué medida los recortes en transporte escolar  contribuirán a reducir el déficit o a crear empleo. Desconocemos sus efectos sobre la crisis financiera y sobre los mercados. Desconocemos su valor como estímulo a la competitividad económica.

Pero sin embargo, estamos seguros de que para la actual administración educativa la igualdad de oportunidades “no es estrictamente necesaria” pues entre algunos de los recortes que asume, desde su peculiar estimación de prioridades, genera diferencias entre los ciudadanos que han nacido o viven en un entorno u otro. Lo hace sin disimulo al reducir servicios complementarios, como el transporte, porque la ausencia del servicio, o su no gratuidad, genera diferencias especialmente en el acceso en igualdad al propio sistema educativo.

 

Lleva escrito desde marzo de 2012 y guardado en mi ordenador;con tristeza lo saco hoy pues lo siento hirientemente igual de real.

 



La escuela de Charles Bovary

Fragmento de Madame Bovary (Flaubert, 1856)

Comenzó el sonsonete de las lecciones. El muchacho las escuchaba con los oídos muy abiertos, atento como en el sermón, sin atreverse siquiera a cruzar las piernas ni a apoyarse en el codo, y a las dos, al sonar la campana, el maestro de estudio tuvo que llamarle la atención para que se pusiera con nosotros en la fila.

Teníamos la costumbre de tirar las gorras al suelo al entrar en clase, para quedarnos con las manos  más libres; había que arrojarlas desde el umbral de modo que cayeran debajo del banco y pegaran contra la pared levantando mucho polvo. Era el estilo.

Pero ya se había acabado el rezo, y el nuevo, bien porque no se fijara en la maniobra o bien porque no quisiera someterse a ella, seguía con la gorra sobre las rodillas. [...]

—Levántese —le dijo el profesor.

Se levantó: la gorra cayó al suelo. Toda la clase rompió a reír.

El muchachote se inclinó a recogerla. Un escolar que estaba a su lado volvió a tirársela de un codazo; el muchacho tornó a levantarla.

—¡Vamos, suelte la gorra! —dijo el profesor, que era hombre zumbón.

Las carcajadas de los escolares desconcertaron al pobre muchacho: no sabía si había que tener la gorra en la mano, dejarla en el suelo o ponérsela en la cabeza. Volvió a sentarse y la posó sobre las rodillas.

—Levántese —le ordenó el profesor— y dígame cómo se llama.

El nuevo tartajeó un nombre ininteligible.

—Repita.

Se oyó el mismo tartamudeo de sílabas, apagado por el abucheo de la clase.

—¡Más alto! —gritó el maestro—, ¡más alto!

Entonces el nuevo, tomando una resolución extrema, abrió una boca desmesurada y, a pleno pulmón, como quien llama a alguien, soltó esta palabra: Charbovari.

El estrépito surgió repentino y, de golpe, subió in crescendo, con algunos gritos sueltos (alaridos, aullidos, pataleos, coreando: ¡Charbovari! ¡Charbovari!); luego, el estruendo fue declinando en notas aisladas, calmándose a duras penas y resurgiendo a veces de pronto en la línea de un banco o estallando acá o allá, como un petardo no del todo extinto, una risa ahogada.

Bajo una lluvia de castigos, se fue restableciendo el orden en la clase, y el profesor, una vez enterado del nombre de Charles Bovary mandando a su titular que lo dictara, lo deletreara y lo releyera, ordenó al pobre diablo que fuera a sentarse al banco de los desaplicados, al pie de la tarima profesoral. El muchacho se puso en movimiento, pero, antes de echar a andar, vaciló:

—¿Qué busca? —preguntó el profesor.

—Mi go... —musitó tímidamente el nuevo, paseando en torno suyo una mirada inquieta.

—¡Quinientos versos a toda la clase! —exclamado con voz furiosa, cortó el paso, como el Quos ego, a una nueva borrasca—. ¡A ver si se están tranquilos! —repetía indignado el profesor, enjugándose la frente con el pañuelo, que acababa de sacar del gorro—. Y usted, el nuevo, me va a copiar veinte veces el verbo ridiculus sum.

Después, con voz más suave:

—¡Ya encontrará la gorra, no se la han robado!

 

No he buscado el texto, me ha venido él a buscar a mí y para mi sorpresa, he dudado si mostraba una escuela del pasado, o del futuro.

Los parecidos con la escuela actual ... ¿son pura coincidencia?



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