Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2012.

No menú para una no cena.

Algún extraño impulso me ha tentado a obsequiarte con uno de los platos compartidos antaño y he andado hurgando entre notas y recuerdos para orientar mi decisión.

Despacio y sin quererlo he visto algunas de las viandas compartidas.

“Bocadillo de carne fría con trocitos de lechuga y patatas chips intercaladas”. Tu madre siempre dijo que era una guarrería poner las patatas dentro del bollo, pero tú defendías la textura crujiente del bocata. Discutíamos el nombre como si inventáramos algo de la nueva cocina y dabas la receta a tus amigos. Tú lo llamabas sándwich. Solías comentar que te recordaba nuestra primera excursión cuando, de estudiantes, formando parte del ceremonial del primer cortejo, me llevaste a ver un río que nunca encontramos y que todavía hoy dudo que exista. No te diré más. Tengo en la nevera una pechuga asada que podría pasar por carne fría, pero no me parece un menú oportuno para la ocasión.

“Pizza galardonada”. Así llamabas a la pizza prehecha, comprada en cualquier supermercado, a la que después, entre risas y jolgorios, íbamos añadiendo un poco de todo lo que encontrábamos por la nevera. Mejillones, huevo, jamón añejo, pisto manchego o berenjenas podían convivir sobre una pizza que ya traía su carne y su tomate, con tal de que al final quedara rematada con abundante queso. Mi madre siempre puso el queso, que compraba en cantidades repartideras para que un mes sí y otro también, pudiéramos traernos un buen pedazo después de visitarla. No recuerdo cuando galardonamos nuestra última pizza compartida aunque mantengo la costumbre de prepararla cuando tengo visitas repentinas o un partido de fútbol compartido la merece.

“Croquetas resultantes”. Así nombraste a mis croquetas que no eran de pollo ni jamón y nunca supe si con agrado o con ironía hiriente para vengarte de que siempre fueran diferentes. Pero las comías a placer cuando las encontrabas recién fritas al volver del trabajo. Recuerdo especialmente unas de salmón ahumado que estaba preparando para la fiesta de los niños cuando llegaste cabreado de un encuentro de amigos. Te reíste a carcajadas, nunca las habías visto de salmón ahumado ni pensabas que serían del agrado de nadie. Sin embargo, como si no hubieras comido en tu vida, las devoraste en el tiempo que yo tardé en ir a comprar unos refrescos para la fiesta. No tengo que explicarte por qué no me apetece prepararlas.   

“Puchero cómodo”. Si no recuerdo mal, fue lo último que tomaste en casa. Era un cocido completo que te iba a servir como plato único porque siempre protestabas porque la sopa te saciaba y no podías tomar el resto. Por alguna razón te disgustaste y me culpaste de escatimarte cosas o de ahorrarme el tiempo de prepararlo bien. Enumeraste uno por uno los cocidos de tu infancia que no habías vuelto a probar. Te fuiste calentando, creo que porque veías que yo seguía comiendo casi sin inmutarme, hasta que decidiste que había llegado el fin y lanzaste tu plato por los aires y la olla caliente al fregadero ante los ojos asombrados, casi llorosos, de tus hijos. No he vuelto a hacer puchero ni a probarlo. Supongo que habrás recuperado tus cocidos de infancia, y no sé si me alegro.

No prepararé nada. Cenaré fuera con los peques. Tampoco voy a dejarte entrar en casa para buscar tus cosas. He puesto todo lo que era tuyo en un par de maletas que dejo a la portera, y por si tienes hambre, te dejo en una bolsa unas manzanas que sé que no te gustan.

 

Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.

20120307233629-1267990433130-f.jpg

Por ser mañana 8 de marzo, me han obsequiado con este bello poema que quiero compartir con todas vosotras, con todas aquellas que no tienen quien se lo obsequie, y con todos los que piensen al menos en una mujer a quien regalárselo.

Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres,
¡Qué poco es un solo día, hermanas,
qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas!
De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos
-toda la atropellada ruta de nuestras vidas-
deberían pavimentar de flores para celebrarnos
(que no nos hagan como a la Princesa Diana que no vio, ni oyó
las floridas avenidas postradas de pena de Londres)
Nosotras queremos ver y oler las flores.

Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras
en vez de machos,
Queremos flores de los que nos cortaron el clítoris
Y de los que nos vendaron los pies
Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado
Y del que nos corrió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas
Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir
a riesgo de nuestras vidas
Queremos flores del que se protege del mal pensamiento
obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo
Del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas
Y nos encerraron por locas
Flores del que nos pega, del que se emborracha
Del que se bebe irredento el pago de la comida del mes
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos
Flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras
Y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género
Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos
donde el agua de nuestros ojos se hace lodo;
arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos,
de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.

Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
Queremos flores hoy. Cuánto nos corresponde.
El jardín del que nos expulsaron.

 

Gioconda Belli (Managua, 1948)



Ponerlo todo perdido de palabras.

20120319234001-letras.jpg

Uno de estos días, de camino al trabajo, escuchando la radio, con cierta desatención de la tarea de viajar, a riesgo de ser víctima de mi propia conducción, escuché a alguien decir que le preocupaba mucho "no ponerlo todo perdido de palabras”. Otros lo habían dicho antes. Yo lo visualizaba de manera instantánea; con más nitidez si cabe que la propia carretera que iba quedando delante y detrás de mis recién estrenados neumáticos.

Imaginé mi mesa, apenas montada en mi recién recompuesto estudio, vacía de enseres, de libros, de lápices, incluso de papeles, y en su blanco casi inmaculado, grafías que aparecen y se reescriben por sí mismas, y se agrupan para dar lugar a mágicas apariciones lingüísticas.

Seguí mi propio juego, y acaricié con la mente las letras que aparecían sobre mi escritorio, para pasar a ordenarlas por múltiples secuencias.  Montones y filas de palabras agrupándose a veces por tener tamaños o colores iguales, y otras veces por ser bien diferentes. Nacían y crecían, se agrupaban,  se alejaban, se unían y se soltaban por significados parecidos o enfrentados. Un criterio por milésima de segundo que podía transformarse en el contrario a medida que más y más palabras florecían en mi mente y en mi mesa.

Las hubo para la risa y para la tristeza, para la armonía y para el desorden, para el recuerdo y para el olvido, para la lucha y para la calma, para el amor y para el odio, … Pese a mi esfuerzo por clasificarlas mi escritorio se mantuvo lleno de otras palabras vivas que no se dejaban limitar porque encerraban sentidos que eran ciertos para más de un criterio.

Encontré vocablos que creí estar inventando allí mismo, pero que me sonaron contundentes haciéndose un sitio digno en el tablero. Y las dejé quedarse en algún hueco, solaparse con otras y sobreponerse a las anteriores. Allí quedaron escritas, entre otras, el verbo “malportarse” que hice mío en un gesto de consciente rebeldía ante formas impuestas; y el sobrenombre de “zascanvecino” con el que bauticé a algún compañero que pasaba de lo grato a lo ingrato sin aviso y sin perder el beneficio de lo próximo.  Ambas, como otras, habían nacido en mi discurso interno mucho antes de presentarse ante mi pluma.

Kilómetros más adelante y miles de palabras evocadas, empecé a entrever el destino que diluía los montones de términos derramados sobre mi mesa imaginaria. Me oí decir que no bastaba con poner un pupitre perdido de palabras. Que debían soltarse igual que se desatan los barcos de las amarras del puerto, o como se vuelan los globos de la mano de un niño, o de la forma en que flotan los vilanos en el aire cuando llega el verano.

Soplé, igual que se sopla a las velas de un cumpleaños generoso. Imaginé entonces infinitas palabras con alas de colores saliendo del escritorio, pegándose a las paredes, filtrándose por las rendijas, volando en todas direcciones para, por fin, ponerlo todo, perdido de palabras.

Gracias Ángel Gabilondo y Juan Ramón Lucas, por ponerlo todo perdido de palabras y por dejar la frase, desinteresadamente, al alcance de cualquier inquieto pensamiento.

La sonrisa de una dama.

Me la han regalado y, aunque para nada me la merezco, os prometo que me servirá de acicate para acercarme en este año un poquito más a esa dama.

He querido regalarte en un día tan especial
Un baúl imaginario donde puedas ensoñar
Con detalles de tu mundo y paisaje de colores
¿qué otra cosa puedo darle a una linda dama blanca?
Sino una lista de esas cosas
Que se guardan de verdad
Una flor
Un hermoso amanecer
Una foto con amigos y una gran beso al corazón
Un barquito de papel
Y una niña con un sol
Y una tarde en los jardines del edén
Un lugar donde soñar y otro donde realizar
Y una vida por delante para dar
Mucha más felicidad brillando a tu alrededor
Todo envuelto en un lazo de ilusión
Para que asi nunca te olvides
De mostrar al mundo entero
La sonrisa de una dama como tú...
Un lugar donde soñar y otro donde realizar....
Feliz cumpleaños.

Miguel Bosé


Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris