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Adiós.

La mañana había transcurrido con normalidad. Saludos matutinos a diestra y siniestra del pasillo a medida que, junto con otros compañeros de turno matutino, se iba incorporando. Los cuidadores del turno de noche aún deambulaban por allí. Algunos llevaban la bata puesta y parecían dispuestos a quedarse junto con el nuevo turno. El empeño por terminar sus tareas, o el retraso en hacerlo, les hacía parecer más diligentes que el resto. Otros habían cambiado la indumentaria tan pronto como se habían leído las ocho en el reloj, un ejemplar enorme que presidía, desde su alcayata, la sala de juntas.

Casi no había hablado con nadie. Las ocho horas de rutinas laborales habían transcurrido con normalidad. En el primer descanso había tomado café con los compañeros y luego salido a fumar un cigarro a la puerta con los bedeles. En el segundo, unas tres horas más tarde, se había comido su almuerzo en solitario. Algunos compañeros comían en la cafetería. Él siempre traía comida de casa y la tomaba con tranquilidad y en silencio en la sala de juntas.

El nerviosismo empezó a apoderarse de él a medida que se aproximaba el final de la jornada. ¿Y si se había equivocado?

Cuando el enorme reloj de acero inoxidable y números romanos marcó las cuatro de la tarde se quitó el uniforme y lo dejó cuidadosamente doblado en su taquilla. Cogió su bolsa y empezó el camino de retirada. No pudo evitar, al salir, hacer una breve pausa y recorrer con la mirada, como para grabarla en la memoria, la sala de juntas.

Suspiró e inició la marcha hacia la puerta por la que ocho horas antes había entrado por última vez. A su espalda quedaba, a golpe de decisión tomada, un  número importante de años que nunca habría previsto gastar juntos en el mismo sitio.

La puerta se cerró tras él sin ruido alguno. Al salir a la calle sintió el aire fresco golpear su rostro. Miró al cielo y suspiró de nuevo. Al día siguiente iniciaba sus vacaciones y después ya no volvería.

Hacía algún tiempo que había decidido marcharse discretamente. Hoy, se había marchado.

Resaca.

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¿Qué alba es ésta que llega como el fin de un eterno letargo? ¿Cuánto hace del inicio del día? ¿Fue narcosis o hipnosis? ¿Efecto cataclísmico de un impacto mental? ¿Dónde estoy? ¿Yazco en mi cama o me alberga un destierro forzoso? ¿Quién puso oscuridad sobre mis sueños cerrando los canales por los que anhelan luz? ¿Cuándo huyó él dejándome dormir en soledad desnuda? ¿Cómo perdió la cabeza su constante equilibrio de razones y se llenó de vértigos ajenos? 

¿Por qué volví a beber de madrugada?



El extranjero.

Por alguna razón, la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros de hoy me ha recordado esta canción, que con poco más de doce años me sabía de memoria y que los tiempos me obligan a recordar.

Dichoso tú naranjo iluminado
que Dios te ha dado certidumbre en los pies
y sabes que no has sufrido
sino al amparo de un paisaje conocido
y consideras tuyo todo cuanto ves

Oye la campana que se anima con el viento
ella puede volar,
pero no dejar bajo la tierra sedimento
no tendrá raíces solo cicatrices en su repicar

Yo solo soy de mi niñez y se la dieron
al país de las crisálidas viajeras
sobre pájaros en flor que no supieron
de raíz ni de fronteras

Soy ciudadano de una patria inadvertida
del camino y no la tierra soy granjero
dando tumbos voy y vengo por la vida
cada vez más extranjero.


Dichoso tú naranjo enardecido
que me has parido y me has visto crecer
a ratos por los marjales
y no sabías que ya no éramos iguales
que el autocar nos alejaba sin querer

Antes que tu sombra perfumada me pregunte
si me voy a quedar
déjate cantar por mi guitarra transeúnte
No me pidas nada
dame tu posada y hazme caminar

Yo solo soy de mi niñez y se la dieron
al país de las crisálidas viajeras
sobre pájaros en flor que no supieron
de raíz ni de fronteras.

(Joan Baptista Humet, 1980)

 



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