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Bárbara

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Apenas una milésima de momento antes de que la habitación se haya iluminado de súbito para volverse a oscurecer, una masa caliente ha cruzado el firmamento ajena a la tristeza infantilmente humana de la niña.

La energía calórica en esa masa de vapor celeste alcanza temperaturas inconmensurables. Por suerte el fenómeno ha sucedido muchos pisos por encima de la humilde habitación que soporta el llanto mudo de la pequeña, porque de otro modo, el cumulonimbo de la tarde, dilatado por efecto del calor, habría dado al traste con su llanto, con su aposento y con su historia. La nube caliente, perdida su imagen de inocente pedazo de algodón, se sorprende a sí misma entre vapores fríos a quienes imitar, y para hacerlo, se repliega y contrae sin poder evitar la expansión que de su misma fiebre se deriva. Y es ese involuntario crecimiento y autoconfinamiento, el que le arranca un grito que retumba como estruendo desde el cielo.

Pero Bárbara no escucha gritos celestiales mientras atiende sin consuelo a su vieja muñeca que ha perdido un ojo, y solo eso es, en este instante, lo importante.

 

Nohemí, tu texto me despierta una desazón y una inquietud muy sugerentes. Me parece que en este microtexto has desplegado una cara desconocida de ti, más poética, extraña, casi surrealista, pero certeramente cerrada en ese ojo de cristal final. ¡Felicidades!

(Silvia Nanclares, mi profesora en Fuentetaja Literaria)

Confesiones postales.

A partir de "Declaración de amor en comisaría".

Max Frisch

Querida Trini,

Hace mucho que no te escribo, pero es que no te imaginas la racha que llevo de sucesos extraños. No es que me pasen cosas de fuera de este mundo, ni de expediente X, pero últimamente no tengo tiempo de aburrirme.

Hemos hecho un poco de obra en casa y he estado ocupada con la pintura y los arreglos finales.

Además, hasta he pasado una noche en la comisaría. Pero no te asustes. No he hecho nada malo. Hay veces que las casualidades se van juntando solas. Bueno, casi he empezado por el final, pero con esta carta aprovecho y te pongo al día.

Te echo de menos. Te contaría todo esto largo y tendido sentadas las dos en el sofá, como cuando de estudiantes nos saltábamos las clases para contarnos todo. ¿Te acuerdas? Fuiste tú la primera que supiste que Andrés ocupaba un huequito en mi vida, y me fuiste ayudando a hacerle el hueco grande. ¡Qué tiempos más felices! ¡Como los añoro! Ya ves, lo cacé a él pero ahora te tengo a ti lejos.

Bueno, pues voy a contarte antes de ponerme melancólica. Tiene hasta su gracia lo que me ha pasado aunque me dice Andrés que no debo parecer superficial cuando lo cuento.

Ya sabes como soy para mis cosas. De vez en cuando necesito un día solo mío, y lo aprovecho. Pues aproveché el miércoles pasado que Andrés había salido. De esas veces que dice que tiene reunión de trabajo y yo ya sé que no vendrá a cenar, o incluso que no le voy a ver en un par de días. El piensa que me enfado, pero no, entiendo que necesite su canita al aire, sin pasarse, y sobre todo agradezco que me deje para mí todo el aire de la casa.

Me preparé. La bañera llena con doble dosis de espuma. La música muy flojita. ¿Te he dicho que hemos puesto el hilo musical por toda la casa? Es una gozada y nos han hecho un precio muy bueno. Si te animas me lo dices y te mando a los chicos, que trabajan muy bien. Te decía, la bañera, la música, la espuma, … y me pasé un buen rato en remojo. Al salir me puse mascarilla en el cabello. Una de karité que me compré en Australia y, en la cara, una crema muy fina que me trajo Andrés de París en su última escapada. Como ambas había que dejarlas reposar un rato aproveche para ponerme unas rodajas de pepino en los ojos, como cuando éramos jóvenes y no teníamos dinero para cremas. ¿Te acuerdas como devorábamos los consejos de belleza de todas las revistas? Que gracia. Debía de estar monísima, ¡como para un anuncio! Calculé diez minutos de reposo y, aprovechando el hilo musical, pensé irme al sofá de la salita para tumbarme un rato.

¡Pero que susto! Al salir al pasillo me encontré con un chico que, al verme o casi antes, cayó redondo al suelo. Pensé que era algún técnico que había mandado Andrés. Como el hilo musical es nuevo y está en garantía. Lo llamé muchas veces pero no se movía así que empecé a asustarme y llamé a la muchacha que estaba en la cocina. Tenías que haber visto los gritos que daba. “¡Está muerto! ¡Está muerto!” Decía. Tanto gritó, que las vecinas sordas del piso de abajo subieron asustadas y empezaron a ponerle agua fría al muchacho en la cabeza. Luego llamamos al 112 porque no reaccionaba. Vino la policía y la ambulancia. Y yo, todo el rato, con mis cremas y mis pepinos puestos. Ahora me río, porque debía de parecer un cromo. Pero entonces no me dí ni cuenta. Imagínate que dijeron que teníamos que ir todos a declarar a la Comisaría y si no es porque la chica me lo dice, me voy en albornoz y pintada con crema y con pepinos.

Pensarás que soy frívola por contártelo así, pero es que visto ahora, me hace mucha gracia. Lo siento por el hombre. Dicen que sería un ladrón de los normales que pasó aprovechando una ventana abierta a ver que se llevaba. Tenía un reloj de Andrés y algún dinero en el bolsillo. Creo que el dinero era el que yo dejo en el taquillón para que la chica vaya comprando el pan y algunas cosas sin pedirme a cada momento. Le tomaron las huellas y supongo que habrán localizado a algún familiar. A nosotros nos dejaron marchar con el aviso de estar disponibles por si algo en la investigación se presentaba.

Las solteronas sordas del piso de abajo son muy malas. Cuando estábamos en la comisaría empezaron a insinuar que yo lo había matado. Pero no es cierto. Yo andaba por mi casa con mis cosas. Dijo el policía que seguramente le había dado un ataque al corazón, pero hay que esperar a la autopsia para estar seguro.

Puedes estar segura de que yo no le hice nada. Andrés también confía en mi. Eso me ha dicho hoy por teléfono cuando se lo he contado todo, aunque me ha pedido que no me ría cuando lo cuente en otros sitios. Quizá tenga razón, pero me sigue haciendo mucha gracia imaginarme, con mi crema y mis pepinos asustando a un ladrón hasta la muerte. Que digo yo que para ser ladrón hay que tener un corazón algo más fuerte.

Bueno Trini. No te preocupes que yo estoy bien y no he matado a nadie. Tengo ganas de verte. Si Andrés me avisa de su próximo viaje, te lo digo y te vienes a hacerme compañía. Te servirá de vacaciones y volveremos a hablar de nuestras cosas y hacernos cremas y potingues con huevo, miel, … y rodajas de pepino. Pero te aseguro que vigilaremos antes que todo esté cerrado y no pueda colarse ningún ladrón de corazón flojo.

Un abrazo de tu amiga de siempre.

Estrella.



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