Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2010.

Presentación.

De pequeña decía que cuando fuera mayor sería poetisa; después quise ser maestra, y luego, ya no quería ser mayor.

Esos deseos los he cumplido un poco y han ido conformando la Nohemí de hoy que, después de unos años de tener la pluma en paro, ha retomado su actividad.

Gracias a "Un cuarto propio" y a Silvia Nanclares por ayudarme a engrasarla.

Y gracias a todos vosotros y vosotras por vuestra lectura.

03/12/2010 21:09 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Me llamo Nohemí.

Suelo poner mis apellidos también, pero justo hoy, con la propuesta de modificación del Código Civil, no sé como hacerlo. Resulta que tengo casi tres apellidos, porque uno es compuesto. El orden alfabético diría que me llamo “Nohemí Gómez Morales Pimpollo”. Como ya tengo unos años siempre he llevado primero los de mi padre, “Gómez – Pimpollo” como uno sólo y de una identidad muy marcada pues aunque “Gómez” existen muchos y muy dispersos por España, el “Pimpollo “de la segunda parte sólo es originario de mi pueblo, La Solana. Sin embargo siempre me ha gustado nombrar, o escribir, o firmar, usando también el de mi madre, como un reconocimiento a ella, y porque también es parte de mí. Nunca me había planteado lo de cambiarles el orden, pero quizá a partir de ahora al firmar, los escriba uno encima de otro, o en círculo para que no tengan principio o final.

Podéis llamarme Nohemí, es más sencillo y me doy por nombrada. Eso sí, llamadme con “h”. Quizá el ordenador tienda a quitarla, pero yo soy “Nohemí” y no “Noemí”, desde que algún día, posiblemente en la adolescencia, decidí poner la letra muda en mi nombre. No puedo negaros que en algunos momentos me he arrepentido. Por ejemplo cuando el ordenador se niega a incorporarla, o cuando hay que rellenar formularios oficiales, o en situaciones importantes de mi vida en las que algún funcionario ha considerado que no es lo mismo “Nohemí” que “Noemí”. Alguno terminó llamándome “Nohemí con hache” y acabó, sin saberlo, con el del orden de los apellidos. Quizá algún día os cuente más cosas sobre mi hache, hoy solo escribo mi presentación.

Trabajo mucho, pero me gusta mi trabajo y lo he incorporado al ocio, aunque muchos digan que debe evitarse. No me gusta que me digan lo que debo hacer cuando tengo claro que hago lo que me gusta. Tampoco ello implica que a veces no me arrepienta. Me gustaría hacer más cosas, pero aunque desde hace unos años pido a los Reyes Magos días de 48 horas, todavía no me los han traído. Casi he perdido la esperanza para el próximo seis de enero. Trabajo en educación. He sido maestra, orientadora, asesora y ahora trabajo como inspectora. No es tan serio como parece y permite conocer mucha gente y mejorar cosas. Todavía no he cumplido un año en el nuevo trabajo, así que, puedo llamarme joven.

Tampoco cuarenta y dos años son muchos años, o a mi no me lo parecen. Me quedan más cosas por hacer de las que llevo hechas; mas lugares por visitar que los que ya he visto; más personas por conocer, … Algunas de ellas seguro que serán muy importantes en mi vida. No diré que más que las que ya me acompañan en el camino o en el recuerdo, pero tampoco menos. Me quedan muchos sueños por lograr e incluso montones de sueños por inventar.

Me quedáis vosotros por conocer y la vida nos ha encontrado en este taller de escritura. Para ser sincera, nunca pensé en vosotros cuando me apunté. No tengo muy claro por qué lo hice. El cambio de trabajo trajo consigo cambio de hábitos, de compañeros y compañias, de espacios, de olores, … y me sentí un poco perdida. Creo que todavía sigo, pero no sé ya si atribuirlo al cambio o a mí misma. No parecía mal momento para retomar otros ocios, como el de escribir y aquí estoy, intentando ser disciplinada con las tareas, sincera con el contenido y un poco hábil con el lenguaje. Me gusta la escritura; me ha gustado desde niña, pero el tiempo se me ha ido llenando de otras cosas y ahora tengo el propósito de devolverle su espacio. Espero que el taller me ayude a conseguirlo. No me gusta la literatura que solo distrae. Prefiero la que cuenta el mundo, y si es posible, lo cambia. Bueno, y me encanta la que, aunque sea imposible cambiarlo, lo intenta. No creo que pueda nunca escribir así,  pero podré leer a los que si lo hacen.

No sé si he respondido a las preguntas guía de la presentación. No voy a mirarlas ahora por dos razones. La primera que escribo en el sofá, con luz ténue y no me apetece ir a buscarlas al estudio. La segunda la dije más arriba “no me gusta que me digan lo que debo hacer …” y menos cuando estoy en una tarea creativa. No me imaginéis demasiado rebelde, solo lo soy en la intimidad, como este rato.

Bueno, creo que para una primera impresión dije bastante. Ya me diréis vosotros que os parece.



La última visita.

La leche vendida a granel en la vaquería era solo una excusa. Nunca bebió esa leche, ni cocinó con ella, ni la dio a ningún pobre o hambriento. Sin embargo, cada día se vestía y se peinaba metódicamente para ir a buscarla. Todo el cuidado en los bucles de su pelo. Un lazo de color al cuello o en la trenza, un poco hueca, que dejaba caer sobre su hombro derecho. La medalla con las iniciales en el cuello, asomando como casualmente, pero dejando ver las iniciales grabadas, años atrás, sobre el oro. Los zapatos lustrados. Las medias rectas. Chal, chaqueta o abrigo según el calendario. El ritual tocaba también a la lechera, enjuagada, escurrida y secada con un trapo de hilo. Con paso decidido pero ritmo pausado recorría, trescientos sesenta y cinco días al año, el camino entre su casa y la vaquería.

En silencio, ese último día, preparó la lechera, se vistió, se enderezó las medias y cambió los alpargates negros por zapatos de piel. Se peinó, se colocó los bucles y se cogió la trenza con una cinta verde. Repitió el camino acariciando con su mano derecha la medalla. Encontró la puerta de la vaquería cerrada y un papel blanco escrito en negro por el que entendió que no debía volver. Supo también que nunca ya el vaquero le diría nada de la medalla.

Y descubrió, con rabia apenas contenida, que su padre nunca ya la llamaría hija.

Me Acuerdo.

Me acuerdo de las patatas asadas en la fragua. Todo el mundo no ha tenido una fragua en casa. Nosotros sí, con sus ventajas y sus inconvenientes. Era el trabajo de mi padre y estaba al fondo del patio de la casa. Un cuarto en el que la luz que entraba por sus tres ventanas, no lograba poner claridad en el color oscuro del humo, el carbón y el hollín. En ella mi padre fabricaba tijeras y cuchillos, con fuego y martillo como casi únicas herramientas. En las tardes de invierno, desde que anochecía y hasta el final de su jornada, yo, y mis siete hermanos por turnos rigurosos, bajábamos a acompañarle. A veces hacíamos de la obligación un lujo y ensayábamos con herramientas y materias pequeños inventos. Otras veces se convertía en un castigo porque nos privaba de un ocio placentero frente al televisor, o de la compañía y el juego de los iguales. Con frecuencia el acompañamiento iba aparejado a distintas tareas dependiendo del momento en que se encontrara el proceso: ayudar a cortar el acero, picar carbón, lijar o limpiar tijeras, etiquetarlas, empaquetarlas, ... Y con frecuencia, aprovechando las ascuas de la fragua, se asaban las patatas que, finalizada la jornada, subíamos para compartir con todos en la cena. Al escribir evoco su sabor dulzón y su textura tierna en la boca que, a pesar de los restos de ceniza que pudieran quedarle, las convertían en el mejor manjar de las noches de invierno.

 

05/12/2010 18:49 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Me acuerdo (II).

Me acuerdo de la leche vendida a granel en la vaquería. La íbamos a buscar a la hora exacta de la tarde en la que estaba previsto que llegara desde la vaquería al pueblo. Siempre era como a media tarde y la mujer del vaquero, en el pequeño portal de su misma casa, la despachaba pasándola de las grandes cántaras de alumnio a las lecheras, que cada uno llevábamos, mediante pequeñas jarras medidoras. Era una casa oscura marcada por el luto; la blancura de la leche compensaba. El silencio dominaba el ambiente y se rompía, como con miedo, por el ruido del líquido vertido de un recipiente a otro. No recuerdo en qué momento las lecheras se fueron sustituyendo por garrafas o botellas de plástico reutilizadas, pero de haber sido consciente del cambio, debí haber adivinado que el final de la leche a granel estaba cerca.

05/12/2010 18:49 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Gracias, maestro

Me he sentado a leer tranquilamente el discurso de Vargas Llosa en la Academia. Llegué alli más preocupada por China y los efectos que el Premio Nobel de la Paz pueda tener en otros ámbitos. Me ha regalado un rato de placer y de aprender, lo propio de un maestro. Copio una cita entresacada por una aprendiz,

"... esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero".

Jerónimo.

20101219174008-img-7324-mm.jpg

Me he colgado el bolso y he salido a pasear. No me importa la lluvia que pueda caer. Tenía necesidad de un largo paseo disfrazada de nadie, así que, los viejos vaqueros y las deportivas gastadas me han parecido indumentaria suficiente.  Además hacÍa mucho que no sacaba a pasear a Jerónimo y debía de estar haciéndosele insoportable la larga estancia al fondo del armario.

Nunca se ha quejado de mi abandono; ni tampoco de mi reencuentro.

Nos conocimos cuando yo cumplía quince años. Mis tías andaban en el negocio de la piel cuando el turismo lo era todo para la costa levantina. Vendían abrigos, bolsos, carteras, cinturones, … todo lo que el bolsillo de cualquier turista europeo podría pagar. Del camión, que cada día convertían en una tienda ambulante en los mercadillos de la costa, rescataron a Jerónimo para hacerlo mío. Nunca supe si lo escogieron por ser el último grito o por irse quedando desfasado entre nuevas modas.

Todavía no llueve, pero el viento es fresco y se agradece caminar rápido para mantener el calor. Quizá no debí salir. Ha visto Jerónimo muchas lluvias y no le importará si hoy, conforme a los pronósticos, le tocara mojarse. Bueno en realidad quizá incluso lo agradezca, porque es un bolso de otoño; tiene ese color ocre de las hojas secas y el tacto cálido, pero sin agobios, de la piel. Y hoy es otoño y el mejor momento para devolverlo a la vida. Su forma rectangular lo hace cómodo en bandolera.

Es un poco hippie y Alicia dice que no me pega. Siempre lo ha dicho y, aunque es curioso, ha tenido en mí un efecto y el contrario. ¿Por qué seré tan poco estable? A veces ese comentario me ha hecho devolver a Jerónimo al fondo del armario o al olvido del perchero. Sin embargo, en otras ocasiones, la misma afirmación me ha ayudado a afirmarme y mantenerlo como compañero invariable. Hubo una temporada en que lo saqué a diario. Creo que estaba en plena crisis de los treinta (está bien tener una crisis al menos en cada década). Había empezado a trabajar en un puesto “importante” y Jerónimo era mi enlace con el pasado; como si el ascenso laboral me alejara de mi vida anterior y necesitara a Jerónimo de puente. Quizá fueron solo tonterías y este bolso de saco, informe, con flecos a los lados y costuras vistas, ha sido solo una pequeña excusa de chica esnob.

Sin embargo ha sido compañero imprescindible en multitud de viajes.

Lo recuerdo a mi regreso de Escocia, después de un año de becaria, lleno de chocolatinas y jabones para aliviar de peso el equipaje. O a la vuelta de un puente en Dublín, con tostadas, fiambre y manzanas para todo el grupo. No habría pasado nada si además no hubiera dejado la navaja dentro, pero ¿cómo íbamos a partir el salchichón sin navaja? A la mujer policía del control del aeropuerto no le hizo mucha gracia y amenazó con detenerme. Se quedó con todo el embutido y la navaja, pero me devolvió a Jerónimo. Creo que es la vez que más cerca estuve de perderlo. También ha estado conmigo en Estambul, en Barcelona y en París. No lo llevé a Nueva York porque la mochila de Coronel Tapioca se me antojó más útil. Espero que no me lo tenga en cuenta.

Me pregunto cual ha sido su última salida, antes de la de hoy, que casi está acabando.  Conserva una pegatina en el asa, que llevo en bandolera en mi paseo. Me identifica como interventora en mesa electoral hace dos elecciones generales, así que, si el cálculo es correcto, debe hacer siete años de su última excursión. Iba a quitársela, pero si la ha llevado desde entonces no debe hacerle daño. Mejor espero a que el tiempo la elimine o la sustituya.  Creo que lo llevé al hospital cuando nació María, pero no le dejaron ninguna marca.

No sé cuando volveré a sacarlo. Voy a dejarlo, por si acaso, reposando en el perchero el vestíbulo. Quien sabe si el último gran jefe apache, retratado sobre la piel de la solapa, vigilará la entrada.

Jerónimo (II).

20101219175608-simg-7328.jpg

¡Qué suerte que has querido salir conmigo! Pensé que iba a disuadirte la amenaza de lluvia y que tendría que pasear sola. No me importa, estoy acostumbrada a hacerlo, pero siempre es mejor pasear en compañía. Es curioso ver como mantienes tu imagen. Yo sin embargo, hoy voy disfrazada de nadie, con mis viejos vaqueros y las zapatillas gastadas.

Tengo que agradecerte tu compañía. Nunca te has quejado de mi abandono, ni tampoco de mi reencuentro.

¿Recuerdas cuando nos conocimos? Yo cumplía quince años  y mis tías te trajeron de sus continuos viajes por mercadillos de la costa. La venta de piel era su trabajo, y casi su vida, y en ella te encontraron. Tú quizá sepas por qué te eligieron. Yo nunca supe si lo hicieron porque eras el último grito o porque te ibas quedando desfasado entre nuevas modas. El caso es que desde entonces has sido mío, mi fiel Jerónimo.

Debemos caminar rápido, porque aunque todavía no llueve, el viento es fresco. Agradezco caminar rápido para mantener el calor. Quizá no debimos salir. ¿Tú qué piensas? Has visto muchas lluvias y creo que no te importará si hoy, conforme a los pronósticos, nos toca mojarnos. Bueno, igual incluso lo agradeces, porque el otoño es tu estación; tienes ese color ocre de las hojas secas y el tacto cálido, pero sin agobios, de la piel. Y hoy es otoño y quizá haya sido el mejor momento para devolverte a la vida. Eres además una cómoda compañía, tu forma rectangular te hace cómodo en bandolera.

¿Qué pensaría Alicia si nos viera? Eres un poco hippie y ella siempre dice que no me pegas. Siempre lo ha dicho y, aunque es curioso, ha tenido en mí un efecto y el contrario. ¿Crees que soy poco estable? A veces ese comentario me ha hecho devolverte al fondo del armario o al olvido del perchero. Sin embargo, en otras ocasiones, la misma afirmación me ha ayudado a afirmarme y mantenerte como compañero invariable. Hubo una temporada en que te saqué a diario, ¿te acuerdas? Creo que estaba en plena crisis de los treinta (está bien tener una crisis al menos en cada década). Había empezado a trabajar en un puesto “importante” y eras casi mi único enlace con el pasado; como si el ascenso laboral me alejara de mi vida anterior y te necesitara de puente. ¿Te he dado las gracias por hacerlo? Quizá fueron solo tonterías y te asumí como compañero por tu forma de saco informe, con flecos a los lados y costuras vistas, solo como pequeña excusa de chica esnob.

Sin embargo has sido compañero imprescindible en multitud de viajes. Vamos a recordar algunos.

¿Te acuerdas de mi regreso de Escocia, después de un año de becaria? Venías  lleno de chocolatinas y jabones para aliviar de peso el equipaje. ¿Y cuando volvíamos  de un puente en Dublín, con tostadas, fiambre y manzanas para todo el grupo? No habría pasado nada si además no me hubiera dejado la navaja dentro, pero ¿cómo íbamos a partir el salchichón sin navaja? Te metí en un buen lío. A la mujer policía del control del aeropuerto no le hizo mucha gracia y amenazó con detenerme a mí y destruirte a tí. Se quedó con todo el embutido y la navaja, pero te devolvió a mis brazos y el resto del grupo celebró tu liberación, la liberación de Jerónimo. Creo que es la vez que más cerca estuve de perderte. También hemos estado juntos en Estambul, en Barcelona y en París. No te llevé a Nueva York porque la mochila de Coronel Tapioca se me antojó más útil. Espero que no me lo tengas en cuenta.

Me pregunto cual ha sido tu última salida, antes de la de hoy, que casi está acabando.  Veo que conservas una pegatina en el asa, que he llevado cruzad en bandolera durante todo el paseo. Me identifica como interventora en mesa electoral hace dos elecciones generales, así que, si el cálculo es correcto, debe hacer siete años de tu última excursión. ¡Cómo ha pasado el tiempo! Iba a quitártela, pero si la has llevado desde entonces no debe hacerte daño. Mejor espero a que el tiempo la elimine o la sustituya.  Creo que te llevé también al hospital cuando nació María, pero entonces no te dejaron ninguna marca.

No sé cuando volveremos a salir juntos.

Voy a dejarte, por si acaso, reposando en el perchero del vestíbulo. Quien sabe si el último gran jefe apache, retratado sobre la piel de tu solapa, vigilará la entrada.

Viernes.

Acabo de llegar, viernes por la tarde y la jornada laboral se ha prolongado. Debería estar prohibido tener que trabajar después del medio día. Durante toda la semana he cumplido con mis funciones: el horario a rajatabla, los documentos actualizados y ordenados, el despacho impecable, el ordenador actualizado, … Y llega el viernes y, porque Juan ha cometido un error en la base de datos, nos toca revisar todo a todos. Debería estar prohibido, sin más. Ya llegará el lunes para revisar las incidencias con mentes frescas y descansadas.

Tengo más de treinta años. He trabajado lo suficiente como para tener experiencia y que se me valore. Sé todo de mi oficio. Pero un hombre de mi edad con prestigio alcanzado quiere disponer de su tiempo y de su vida. Bueno, quizá debería hablar en plural. Tengo mis vidas; la laboral es una, pero la familiar es otra y el ocio otra. Las comparto, pero ¡que nadie me las mezcle que me enfado! Las vidas, como un despacho o un escritorio que se precie deben estar en orden.

En cualquier caso ya ha llegado el fin de semana. Debo recuperar el tiempo perdido y cambiar el traje de trabajo por el traje de golf para mañana. Una persona respetable no solo ha de serlo, sino de parecerlo, en cualquiera de sus vidas. El Emilio Tucci y la corbata descansarán en el galán del dormitorio hasta el lunes. La elegancia  de Dior me vestirá mañana; blanco impoluto y pequeños detalles de color en los guantes, las medias, las gafas y la gorra. La etiqueta discreta pero clara. Entretanto el batín de seda y un rato en el salón me vendrán bien. Juan ya estará en pijama. Me parece imposible que un director de marketing pase en pijama un solo minuto en que no está dormido.

Mañana una mejor rutina. El reloj sonará media hora mas tarde que los días de trabajo. Me levantaré rápido. No entiendo que pueda haber quien se quede en la cama después del timbre del despertador. La cafetera, permanentemente programada, me tendrá preparado el café. Y el desayuno, metódico, ordenado y saludable, será el inicio del día. Siempre tomo tostadas y una fruta.

Jugaré al golf con Rafa. Todos los sábados lo hacemos aunque  a veces  he pensado buscarme un grupo serio. Rafa es un poco ácrata y consigue sacarme de mis casillas. Es increible que siga trayendo a sus hijos de cuando en cuando, a las clases de golf. Los niños interfieren en las clases y ni aprenden ni dejan. No se puede ejercer de padre y jugar al golf al mismo tiempo. Son dos vidas. Ya debería haberse dado cuenta Rafa y mantenerlas separadas. No es bueno poner las cosas de mayores en mundos de pequeños; ni a la inversa. Igual en el último minuto decide no venir. No me sorprendería pues más de una vez me la ha jugado.

Pone cualquier excusa y me deja plantado:

-“Que nos llamó mi suegra para ir a comer al campo”. Y dio al traste con todo lo programado para el fin de semana. Debe de esperar una herencia sabrosa si cambia compromisos y citas habituales con una simple llamada de teléfono.

Es peor todavía como luego lo cuenta:

-“Íbamos a Toledo a cenar con mis cuñados, pero al pasar por Mora decidimos subir a visitar el Castillo. Lo llaman de Peñas Negras, pero no logramos adivinar porqué. Tuvimos que salir de la ruta en la carretera de Tembleque, y luego regresar. Pero valió la pena. Ya os mostraré las fotos que hicimos allí arriba”.

Siempre hay fotos de sitios ni previstos ni datados de las que está orgulloso.  Debería darse cuenta que muestra su incultura y su poco rigor. Un hombre de su edad, si fuera un hombre serio, dejaría la visita para otra ocasión. Y se tomaría el tiempo de prepararla y conocer su historia, y las distancias, y el tiempo necesario.

Pero Rafa es así, bastante poco serio. Le esperaré mañana solo lo razonable y si a la hora prevista ni llega ni ha llamado, me marcharé a jugar al golf yo solo.

No tengo muchos planes para el fin de semana. Creo que no me importa. Salvo que la película del sábado en la noche sea de nuevo una reposición. Podría pasar por el video club a la vuelta y tener alguna peli en reserva por si acaso.

No he quedado con nadie para salir de copas, así que no saldré, me lo agradecerá el hígado. Solo tomo una copa cuando estoy fuera. Nunca lo hago en mi casa. Me suena un poco estúpido prepararme un gin-tonic para tomarlo en la soledad de mi sofá. Parece ser de alcohólicos y yo no tengo esos problemas. Puedo tomar una copa de más en una noche loca, o un whisky inadecuado después de una reunión de trabajo. Pero a mi edad no puedo decir que no a esas cosas y parecer pazguato. Tampoco soy de esos que beben con cualquiera.

Silvia, la secretaria, si es un poco de esas. ¡Y hasta presume de ello!

-“Salí con dos amigas a la Plaza Mayor, y terminé pagando unas cervezas al ex de Susana que pasó por allí”

¿Y qué hizo con las amigas? Eso tampoco es serio. Si estás con una gente pues te debes a ella y no es cuestión de ir de flor en flor con unos y con otros. ¿Y si entre ellos no se hablan? ¿Y si no se caen bien? Pues saludas y punto. Estás con tus amigas y ya quedarás otro día con el ex de Susana, con tiempo suficiente. No es de buen estilo ir mezclando amistades, obliga a mezclar temas y puede crear conflictos. Adultos responsables como nosotros somos debieran evitarlo. Silvia debería darse cuenta sola. Yo no le diré nada pues pudiera enfadarse, pero se comporta a veces de manera infantil e irresponsable. 

Voy a apagar el móvil. No quiero que perturben el descanso del viernes. Es mi vida privada y debo respetarla. En cuanto den las once tengo que irme a dormir. Me he ido a dormir a esa hora todas las noches durante muchos años. Creo que desde que conseguí el trabajo. No cambiaré ahora mi bioritmo; tampoco es necesario.

La última feria.

Este texto fue publicado en el número especial de Feria de Tomelloso del periódico Lanza, de hace algunos años.

Tirando solo de la memoria no puedo ser más exacta en la cita.

 

Una vez más el día y ella habían amanecido al mismo tiempo y casi sin pensarlo, se encontró vestida con su túnica de alegres colores,  caminando por el ferial que la había mantenido ocupada hasta hacía apenas unas horas, y en el que aun quedaban, semidormidos, los ecos de la pasada noche.

Siempre le había gustado pasear en pueblos dormidos justo cuando acababa de nacer el día. Se sentía un poco dueña de esa calma y esas primeras luces, y sobre todo, un poco más dueña de si misma. Hoy al hacerlo, recuerda uno de sus primeros caminares  en este mismo pueblo y en esta misma feria años atrás, cuando apenas conocía ni el lenguaje ni a la gente, y solo tenía un hatillo de pulseras de colores que ofrecer a cambio de unas monedas. Y se sonríe al pensar cómo esperaba que esas pocas monedas que ganaba con sus ventas, se fueran multiplicando para poder vivir y ampliar el negocio con ellas. Esperaba ingenuamente que se produjera el milagro de la prosperidad que no había visto producirse en su país. Tampoco aquí se produjo aunque hoy no puede quejarse, tiene un pequeño coche y unos barrotes de hierro con los que cada noche construye su tienda. Y cada noche es feliz como una niña que ordena sus juguetes al disponer su mercancía de múltiples colores como si de un gran escaparate se tratara. Sabe que ésta será su última feria. Se marcha. Su milagro son solo unos pocos ahorros, suficientes para llegar a la playa y trabajar en una tienda con escaparate de verdad. Hace tiempo que se lo propuso un amigo y ahora va a intentarlo.

Caminando parece que se habla a sí misma, y a veces hasta se sonríe. Le gusta recordarse, lo que fue, lo que es hoy. Le gusta imaginar lo que será o lo que hubiera sido en otras circunstancias. Hoy, casi al amanecer, se ve tan diferente…

Tardó mucho en acostumbrarse a todo. Durante mucho tiempo tuvo miedo. Sentía estar casi sola. Temía equivocarse o haberse equivocado ya y no poder remediarlo. Su camino, su escapada, no tenía marcha atrás y tendría que aprender a vivir con su miedo y con su soledad, a reír con ellos. Recuerda sobre todo un sentimiento, la vergüenza que la acompañó durante años. Cada vez que alguien le dirigía la palabra, por ser cortés o  preguntarle un precio, sentía vergüenza y si su piel hubiera sido pálida, todos hubieran visto como se sonrojaban sus mejillas. Le parecía que el suelo se abriría ante sus pies antes que fuera capaz de dar una respuesta adecuada, y si la daba, volvía a sentirse enrojecer ante la duda de haber sido entendida. Sentía vergüenza si alguien la miraba y la veía distinta. Su piel morena, sus grandes ojos y sus labios carnosos que habían sido el orgullo de su padre cuando era niña ahora le pesaban cada vez que unos ojos curiosos se paraban en ella y una voz maliciosa pregonaba, quizá sin maldad, lo “guaponaza” que era la negra que vendía collares en la feria. De nuevo sentía vergüenza y orgullo al mismo tiempo. Pero también se desconcertaba ante la indiferencia, si pasaban junto a ella sin notarla, si no la miraban. Se sonrojaba si algún transeúnte era cortés con ella y se turbaba si no lo era. Cargaba con toda su cortedad cuando extendía el puesto en el suelo, y para disimularlo, tarareaba una canción que aprendió de su madre como si con ello pudiera olvidar la vergüenza que sentía y evocar la normalidad con que su madre cocía unas tortas o bordaba un delantal. Recuerda especialmente lo mal que se sentía cuando en algunas ocasiones, le obligaron a recoger su mercancía y abandonar el mercado o el ferial porque no disponía de algún papel que nunca supo lo que significaba. Su vergüenza aquí no era por la policía que, a pesar de lo incómodo del momento, siempre la trató bien. Tampoco sentía vergüenza por haber cometido algún error del que no era consciente. Lo que en verdad le avergonzaba era convertirse, sin quererlo, en el centro de todas las miradas y sobre todo de la lástima de algunas. Nunca había querido inspirar lástima; tenía suficiente orgullo como para no necesitarla. Quizá no despertaba amor, ni ternura, ni odio, … pero la lástima le parecía un sentimiento innoble, incapaz de producir ningún fruto bueno.

Todos estos recuerdos se le agolpan y le parece reconstruir los momentos a medida que avanza por las calles y se mezcla entre los coches de vendedores aparcados. Cree recordar el lugar donde hizo una buena venta, o donde perdió parte de su mercancía un año que la feria se inauguró con una monumental tormenta. Reconoce algunos de los coches de los vendedores y saluda al perro vagabundo que merodea por entre los desperdicios. “¿Tendrá el perro vergüenza?” – se pregunta y se sonríe al mismo tiempo -  “¿Por qué había de tenerla? ¿Eligió el nacer perro, o vivir suelto, o ser de nadie?” Y de repente el pensamiento, por un momento distraído se vuelve hacia sí misma. “¿Eligió ella ser negra o ser mujer? ¿Eligió ella misma nacer pobre? ¿Es culpable de querer otras cosas que su propio destino le había negado?” No puede ser un crimen querer vivir algo mejor que vivieron sus padres, ni querer que sus hijos, si le llegan, vivan incluso un poco mejor que ella. No debe de ser malo el valor de arriesgarse a vivir sola y lejos, no debe avergonzarse. Por un momento se sorprende a sí misma con un nuevo rubor que nunca antes había sentido, y lo interpreta al instante, siente vergüenza de sentir vergüenza. Sonríe para sí misma al sentirse sorprendida por sus pensamientos y sigue caminando, iniciando el regreso.

Y mientras se pasea y piensa esto, se le crece el orgullo y va luciendo, con más esplendor que nunca, su larga túnica de animados colores que, con el sol que empieza a tomar fuerza en el cielo de Agosto, parecen más vivos y más alegres, un buen presagio para este nuevo día de su última feria.

19/12/2010 18:48 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Inicio de vacaciones.

 

Creo que escribí este texto en Agosto del 2006, y creo que se publicó también en el especial de Feria de Tomelloso del LANZA del mismo año.

Creo que no hemos superado el miedo, aunque me gustaría que me convenciérais de lo contrario.

 

Hemos construido el monstruo, pero...

 ¿lograremos superar el miedo?

Los extranjeros me habían llamado la atención en el aparcamiento, pero no pensé que iba a dedicar más tiempo a ellos. Toda mi mente estaba concentrada en una única actividad: las merecidas vacaciones que iniciaba, por primera vez en mi vida, en solitario, con la única intención de telefonear, sólo si me lo pedía el cuerpo, a una amiga a quien no había visto durante los últimos diez años.  

Había reservado el vuelo por mi cuenta. Internet se había convertido en un aliado imprescindible, y a pesar de que siempre había tasas que sumar, extras ineludibles no incluidos en el precio inicial, el resultante siempre merecía la pena con respecto a los precios ofrecidos por las agencias a las que me había acercado a preguntar. Dos o tres habían sido suficientes. Años atrás visitaba una por una todas las agencias del pueblo en busca de la mejor oferta; mejor en precio, horarios, extras incluidos,…. Recordaba cuando hace años gestioné mi primer vuelo, entonces por estudios, y tuve que ir a la capital en busca de una agencia de viajes. Definitivamente todos, personas y pueblos habíamos cambiado mucho. Ahora, éramos tantos los que teníamos necesidad de viajar que las agencias de viaje, junto con las de cambio de divisas y las inmobiliarias, parecían ser un negocio seguro a juzgar por la cantidad de nuevas oficinas que se habían abierto.

Había mirado unas rutas por el centro de Europa: Polonia sonaba un poco lejos, Rumania no inspiraba toda la confianza que un viaje en solitario me exigía, Chequia y Hungría eran demasiado desconocidas, nunca había conocido a nadie de estos países en primera persona, Alemania apareció como un destino apetecible. Sí, definitivamente Alemania sería el país elegido. Conservaba un contacto allí de tiempos de estudiante reducido a una felicitación navideña todos los años y alguna carta,  entre felicitación y felicitación, de vez en cuando. Podría quedar unos días con ella y el resto buscar una opción semiorganizada para conocer Alemania.

Así lo hice y todo estaba organizado. Madrid – Berlín a media mañana. Llegada a Berlín tras algo más de tres horas de vuelo para gastar casi dos días de independencia viajera deambulando por la ciudad. Llevaba alguna guía y un montón de información impresa a partir de varias horas de navegación digital. Como siempre, para reducir el volumen, lo había impreso en letra pequeña con escaso margen y el espacio de interlineado reducido al mínimo, nunca sé si por tacañería o por exceso de celo medioambiental. Al tercer día me uniría, durante seis días, a un tour por algunas ciudades. Hamburgo, Nuremberg, Colonia y Rostock eran suficiente iniciación para alguien que las desconoce todas. Para finalizar había reservado dos días más de descanso antes de emprender el regreso. Probablemente en esos dos días visitaría a Stephanie, aunque siempre quedaba la posibilidad de llamarla antes, o de no hacerlo.

Había tomado tiempo suficiente para dejar el coche en el aparcamiento de larga estancia. Llegué con casi tres horas de antelación para mi vuelo.

Todo estaba previsto para no agobiarse. Me puse en la cola para facturar el equipaje no sin antes comprobar que en el neceser reservado como equipaje de mano estaba todo lo imprescindible ante una eventual pérdida de la maleta. Había facturado sin problemas y logrado un asiento de ventanilla. Dudé si dirigirme hacia el embarque ya o comprar un periódico antes y dar una vuelta.

De nuevo los chicos del aparcamiento. Estaban sentados en una de las zonas wi-fi.  Me habían llamado la atención antes, pero ahora, desde la mesa de cafetería donde estaba podía observarlos mejor. ¿Por qué me habían llamado la atención? En una zona tan multicultural como el aeropuerto no era extraño encontrar extranjeros, gente diferente, de cualquier color, o raza o con atuendos y vestimentas sorprendentes.

Eran tres. Uno de ellos podría ser español: cabello moreno, corto, y tez clara. Al verles por primera vez había tomado a los otros dos por marroquíes, pero no, no tenían bigote ni ese aspecto peculiar aunque difícil de definir de los marroquíes. Además había leído y oído muchas veces que los marroquíes viajaban sobre todo por carretera, con los coches cargados hasta los topes y agrupados en una especie de caravana familiar. Quizá fueran pakistaníes aunque llevaban el cabello demasiado corto y arreglado. Probablemente se trataba de rumanos, gitanos rumanos, el color de su piel estaba unos tonos por encima de la media española. Pero sus ropas eran modernas y bien coordinadas, no podían ser rumanos y mucho menos gitanos. Probablemente eran hermanos porque se asemejaban bastante. Uno un poco más alto y más delgado. En realidad era el más alto de los tres. Quizá no eran hermanos y sus rasgos de extranjeros me confundían. Me pasa, como a casi todos, con los chinos, me parecen copias idénticas unos de otros. Era una tontería seguir imaginando. Era evidente que eran extranjeros, de eso no me cabía la menor duda.

Ellos consultaban algo animadamente en su portátil y yo volví a leer mi periódico, más como un premio de relax vacacional que con verdadero interés por la actualidad. Cuando llegué a la última página, sin haber leído las anteriores, apuré el último trago de mi cerveza y decidí acercarme hacia el embarque.

Por precaución y para evitar que nada llamara la atención puse todo lo metálico que llevaba encima en una bandeja del control. Me quité incluso el reloj, los pendientes y el cinturón y vacié mis bolsillos, apenas unas monedas y unas llaves. El móvil y la cámara de fotos iban en el bolso. No tenía por qué haber ningún problema. Sin embargo aquel túnel de plástico y luces empezó a emitir un pitido intermitente. Había olvidado algo que de repente me convertía en sospechosa, pero ante la sorpresa no podía adivinar qué. Dos policías se me acercaron y uno de ellos, de sexo femenino por mi seguridad, aunque me resultara más atractivo el caballero, empezó a cachearme mientras me preguntaba qué llevaba que podría causar tal estruendo. No sabía responder, hasta que el compañero le hizo un gesto indicando mi cabeza. Las gafas de sol en su función de diadema habían podido ser la causa. Volví atrás, las coloqué sobre el túnel misterioso que examina todo, observé durante unos segundos como se perdían detrás de la cortina de plástico negro y volví a pasar bajo el mismo arco cruzando los dedos para que nada volviera a sonar. No sé si fue la ausencia de mis gafas o los dedos cruzados, pero hubo suerte y recogí mis cosas que habían ido quedando arrinconadas a medida que otros viajeros, probablemente menos sospechosos, iban pasando.

Me tomé unos segundos. No estaba dispuesta a que nada perturbara la tranquilidad con que había iniciado mis vacaciones. Respirando hondo y con tranquilidad fui poniéndome el reloj, los pendientes, devolví las monedas las llaves al bolsillo y dudé si conservar las gafas en la cabeza o guardarlas en su estuche en el bolso. Me las colgué en el cuello de la camisa como solución transitoria.

Tenía que buscar la puerta A-45, aunque aún quedaban unos 40 minutos para el embarque. No resultó difícil y encontré unos asientos libres que me permitían, sin estar demasiado cerca, ver cuando se iniciaba el embarque y como se desarrollaba todo en la cola para ello. No tenía intención de estar de pié, esperando mi turno entre viajeros impacientes y oliendo el sobaco a desconocidos. Después de todo, los asientos estaban numerados y nadie iba a ocupar el mío. Tampoco tenía ningún interés en coger periódico al subir al avión.

Saqué mi libro e intenté iniciar un rato de lectura. Había decidido traer “Memorias de una Geisha” en inglés para leerlo con calma. Me había gustado mucho la película y una compañera me lo había regalado para ayudarme a refrescar el idioma que tenía perdido por el desuso y las mil otras cosas que habían ido llenando mis neuronas. Apenas leí dos páginas, pero no lograba concentrarme.

Una jovencita que viajaba sola se sentó a mi lado me distrajo. Sin duda era americana. Lo deduje por el sonido que emitía al masticar el chicle, por su camiseta con una enorme bandera estampada en el pecho y por la botella de Coca – Cola empezada que llevaba en la mano. Además leía una revista en inglés. Sin esas pistas habría dicho que era una estudiante alemana volviendo a casa, pero debía ser americana sin duda.

Una familia japonesa estaba sentada frente a mí. Podrían haber sido chinos, pero les supuse japoneses por la cantidad de aparatos electrónicos que llevaban a la vista: dos cámaras de fotos, una de video, algunos juegos, auriculares y una mini radio. Se habían sentado en una extraña posición dando la espalda a la puerta de embarque. Los dos niños parecían nerviosos o cansados. Tendrían unos seis y ocho años y pedían a su padre cosas en un idioma incomprensible, pero al que éste respondía dándoles objetos para entretenerlos. Primero dio un coche de juguete al mayor y una bolsa de chucherías al pequeño. En unos segundos y alertado por los gritos del primero, recogió el coche y sacó más chucherías a las que siguieron unos juguetes electrónicos que les mantuvieron en silencio durante un rato. La madre acunaba a un bebé y simplemente asentía.

Extraña casualidad, observando a todos descubrí que estaban allí de nuevo los tres amigos extranjeros que parecían haberme seguido desde mi llegada a Barajas. Sería curioso que fuéramos a viajar en el mismo avión después de varias coincidencias por la enorme Terminal 4. Tendría gracia que llegáramos a ocupar asientos contiguos. 

Sin embargo, mas que gracia un nuevo sentimiento de intranquilidad me asaltó. ¿Por qué no estaban los tres juntos haciendo cola o en algunos de los asientos libres? El de aspecto más occidental se había colocado en la fila, posiblemente con intención de embarcar antes. Llevaba el portátil que antes habían compartido. El maletín de nylon negro se delataba como contenedor, sin  duda, del pequeño ordenador. Los otros dos, los extranjeros, se habían sentado por separado. El más alto, cerca de la azafata que recogía tarjetas y revisaba documentación; el otro, apenas a unas butacas de la chica americana. Hablaba por el móvil sin descanso haciendo y recibiendo llamadas breves. Intenté escuchar, quizá se despedía de familiares y amigos o avisaba a otros de su llegada. No entendí ni una palabra. No era español ni inglés y no me pareció francés, aunque  mis conocimientos de este idioma eran prácticamente nulos, pese a haberlo estudiado con buena nota durante tres años. Debía ser algún dialecto árabe u oriental que llegó a incomodarme, no sé si por su origen o por mi desconocimiento.

Volví a mi libro. No me había enterado de nada así que tendría que empezarlo de nuevo por el principio y repetir las dos páginas, pero me tranquilizaría. Después de todo estaba de vacaciones y no iba a permitir que ningún temor injustificado o fobia nueva me las estropeara. El marcador de lectura se me había caído y no quería perderlo. Era un clip de fina lámina de acero inoxidable con un leve grabado cervantino. Había sido un obsequio durante un Congreso y aunque no era mucho su valor, pero formaba parte de mis pequeños tesoros. Me agache a recogerlo y mis ojos saltaron rápidamente del brillo del acero al gris de una mochila. Estaba a los pies del extranjero que seguía hablando precipitadamente por teléfono. Había visto esa mochila antes. En el aparcamiento, cuando los vi por primera vez, estaban metiendo pequeños paquetes en tres mochilas. Había pensado que eran bocadillos, pero … y si no lo eran.

Mi vista y mi mente actuaron rápidamente. El otro moreno tenía una mochila semejante a sus pies, y se disponía a cogerla y ponerse en la fila del embarque que ahora avanzaba con fluidez. El primero, el de aspecto occidental que llevaba el portátil, ya había embarcado, no recuerdo si llevaba otra mochila o no.

¿Por qué, si viajaban juntos, no estaban juntos en la fila? ¿Tenían algún interés en aparentar que no se conocían? ¿Qué habían repartido en las mochilas, que no trajeran colocado de casa? ¿Por qué tanto uso del teléfono justo antes de embarcar?  Yo estaba acostumbrada a viajar y había estado en muchos aeropuertos. No era posible que, de repente, tuviera miedo sin una causa justificada. Había oído en la televisión muchas veces de la importancia de la colaboración ciudadana para evitar desgracias. ¿Debía avisar a la policía?

¿Y si simplemente abandonara la idea de iniciar las vacaciones?

Miedo.

Premio de poesía en el VI Certamen Local "Pan de trigo". Símbolo Trillador.

La Solana 31 de octubre de 2003

Hace años en España, también el Estado, en lugar de garantizar los derechos de todos los ciudadanos y ciudadanas, también los vulneraba, y mataba. Y esa muerte hizo temer al Alba. Porque fue el Alba, en lugar de momento de esperanza de un nuevo día, la hora elegida para la ejecución, para la muerte.

Hoy, la luna vuelve a estar asociada al dolor y a la muerte, porque se dice que hay estados que esperan que se vaya, que sea luna nueva, para esconderse en la oscuridad y sembrar el dolor y la guerra. Quizá algún irakí (o angoleño, o etiope, o servio, o ...) podría hablar así a la luna:

“No te vayas que temo

la noche sin ti,

y la sangre ya mana

de viejas heridas abiertas.

 

No te vayas que temo

morir en lo oscuro,

y llorar en silencio sin nadie

que vele mi almohada.

 

No te vayas.

Protege mi vida

con luz hechizada.

Aleja fantasmas

de niños que han muerto,

de miles de vidas violadas.

 

No te vayas.

Presiento la muerte muy cerca.

Ya inunda mi casa.

No siento mi espalda,

ni  miro adelante

esperando que llegue mañana.

 

Espera conmigo

que se calle el hacha

que hoy es mi verdugo

sin juicio y sin causa.

 

Espera conmigo

que callen los perros

que inundan la noche

ladrando sus rabias.

 

Aguarda tú, luna,

que ya nada espero

de otros que aguardaban.

Aguarda conmigo

que quizá mañana

volverán las gentes

a quienes amaba

a  cantar conmigo,

y reirás arriba, cómplice ignorada,

de unos nuevos tiempos

sin sangre ni espada.

 

No te vayas luna,

que temo la noche sin ti,

que temo la muerte callada

que oculta la nada.”

 

 

27/12/2010 00:14 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Poesía No hay comentarios. Comentar.

Crónica de una mudanza.

Estimados lectores, seguro que pensáis que una mudanza es algo importante. A pesar de haber hecho varias, para mi son una aventura a la que siempre me he resistido.

Sin embargo, remodelado el equipo de redacción de este periódico, no tengo más remedio que hacerlo ahora. Cambiará mi ciudad y mis tareas y lo asumo también como un gran reto. Pero, mis queridos lectores, ésta no es una crónica de despedida. Mantendré mi encuentro mensual desde el particular exilio laboral que en breve inicio.

No tengo muchos muebles y los pocos que tengo no son imprescindibles; se quedaran en un trastero. Tampoco tengo demasiados objetos de valor, salvo el valor afectivo que se transporta también en la memoria. Sin embargo pensar en empaquetar mis libros me produce cierto pánico.

Sin duda he nacido un par de generaciones antes de lo debido. Soy de la generación del respeto al papel, y lo junto y colecciono en todas sus formas. Dicen que las próximas generaciones leerán todo en formato digital y que eso supone una reducción del espacio que los libros ocupan. Laura J. Varo[1] iniciaba su reportaje  el Día del libro de este mismo año, con el dato de que las 2000 páginas que ocupa  “Millenium”, la famosa  trilogía de Stieg Larsson, se reducen a unos 200 gramos en el pack en catalán y castellano puesto a la venta, en esas fechas, por una distribuidora de libros digitales. ¡Y aun se refiere a un paquete para regalar, tangible! ¡Una descarga de servidor a ordenador no pesa nada!

Yo sin embargo, he acumulado montones de libros que será necesario empaquetar para almacenar o transportar, según el caso. Dejaré casi todos en casa de mis padres, ordenados en cajas para aguantar una larga espera. Pero llevaré algunos en mi propio equipaje y he empezado a seleccionarlos. 

Como soy un desastre y al mismo tiempo me gustaría no serlo, he intentado poner criterios a mi elección. En primer lugar he apartado algunos de los que más tiempo han estado conmigo; después de los que más recientemente he leído; y por último, alguna de las obras que me ha hecho sentir algo especial. Os cuento mi listado al tiempo que lo hago.

Entre los primeros tiene que estar inevitablemente mi Biblia. Por formación y por fe me ha acompañado siempre, aunque el ejemplar que me llevo muestra en su primera página junto a mi nombre, una fecha, veintisiete de marzo de mil novecientos ochenta y nueve. Creo que la compré con las mil pesetas que mi padre me dio por mi veintiún cumpleaños, pero no anoté al dador. Ha ido acumulando en sus páginas blancas algunas direcciones, citas o frases célebres; y en sus páginas escritas de Génesis a Apocalipsis, algunas notas y subrayados. Tengo varias versiones de la Biblia, incluyendo algunas digitales y en el móvil, y espero heredar alguno de los ejemplares antiguos o curiosos que mi padre ha ido juntando. Sin embargo, esta edición Reina-Valera, revisada en mil novecientos sesenta y publicada por las Sociedades Bíblicas Unidas, en formato bolsillo, con letra pequeña, pastas de plástico y algunas hojas descosidas, es Mi Biblia, y espero tenerla cerca cuando me instale en mi nueva casa.

Junto a ella he seleccionado un libro que casi ni recordaba, pero que me ha seguido hasta el día de hoy. De pequeña, y sin saber del todo qué significaba, yo quería ser poetisa y por esa razón me regalaron un libro de apenas cincuenta páginas con una selección de treinta y un poemas ilustrados, de cuando en cuando, con fotografías de la naturaleza.  Imágenes que a mi me parecieron siempre impresionantes. Digo “me parecieron” porque cuando ahora hojeo el libro su calidad no es ni por asomo la de las fotos que podemos ver en páginas especializadas de Internet o tomar incluso con nuestro teléfono móvil. Debía yo de tener no más de una decena de años cuando me lo regalaron, porque todavía firmaba sin “h” y no había adquirido el extraño hábito de datar los libros que hoy mantengo. Este “Joyas de la poesía cristiana española” seleccionadas por Alejandro Clifford debe de ser anterior a las reglas del mercado bibliográfico actual porque por más que lo miro no le encuentro más señas de identidad que un “Queda hecho el depósito que marca la ley” y una fecha que me lleva a mil novecientos setenta y dos como fecha probable del trabajo de imprenta. Tiene un tinte de amarillo añejo en sus páginas y los bordes de la cubre portadas, raídos del uso y el desuso al que he debido someterlo.

De entre los libros que me han acompañado mucho tiempo he cogido también un cuento de Pinocho, parecido a los que he visto estos días en mis preparativos navideños, pero que yo recogí como un tesoro antes de que la sociedad de la abundancia y el consumismo nos invadiera del todo. Tiene las pastas duras y las hojas de un cartón fino plastificado del que al abrirse emergen las figuras y los personajes. Mi página favorita es la que narra cómo Pinocho sobrevive en el vientre de un enorme pez; no tanto por lo que cuenta como por la ballena de cartón recortado, con sus enormes dientes y su chorro de agua en el lomo, que aparece de repente al abrir el libro por la página ocho y transforma la lectura en un enorme mar cargado de misterio.

De entre los libros que recién he leído salvaré solo dos. Ello me exige ir alejando muchos que se me ofrecen en los estantes como candidatos en un casting. Pero ni María Dueñas con su “Tiempo entre costuras”, Muriel Barbery y “La elegancia del erizo”, ni “Mira si yo te querré” de Luis de Leante, han ganado el puesto. Junto a otros han ido cayendo, rítmicamente, a la caja de la larga espera. En todos los casos el mismo ritual: un vistazo a la portada, una ojeada a la contraportada, y un vistazo rápido a alguna página interior, a la dedicatoria o la fecha que lo data en mi poder. Mientras van llenando una y otra caja, algunos, indultados, reposan en mi mesa. Finalmente me he quedado con dos y me parece suficiente.

Zola me ha acompañado este verano con su “Germinal” y se vendrá conmigo. Sencillamente magistral la lección de la historia que encierra y la revelación de caracteres que el maestro logra. Y magistral, más si cabe, el momento en que el libro dio el salto desde la estantería a mi mesa de lectura. Era el último agosto y, si os tomáis la tarea de revisar las hemerotecas, constataréis que, desde casi principios del mes, los titulares hacían continuas referencias al accidente sufrido en una mina de Chile. Con intensidad creciente fueron pasando, durante más de dos meses, del pesimismo al optimismo, para llegar a la euforia del exitoso rescate y, después, al silencio. A estos mineros de hoy y a los de  “Germinal” los igualan los rigores del trabajo, las innombrables condiciones laborales, un mundo con enormes diferencias sociales y la cara más dura de la explotación del hombre por hombre. Los separa antagónicamente, más que el siglo y medio transcurrido y los dos continentes en que habitan, la suerte bien distinta del desenlace.

He puesto también en mi maleta bibliográfica a un desconocido que me encontré en el hipermercado. Compré “A siete pasos de la primavera”, de Steven Conte, por su referencia a Berlín y a mi intención de visitar la ciudad en primavera. Y me metí en la primera novela de alguien que es capaz de contar que después de lo malo, todavía puede llegar algo peor.

Por último, os decía que salvaré de la distancia a algunos que me han hecho sentir algo especial. Por eso me llevo a “Paula”. Recuerdo que lloré con su lectura y sin ningún ánimo de auto-tortura lo volveré a leer cuando me instale. Podría haberme quedado con cualquier otro de Isabel Allende. “La casa de los Espíritus” hubiera sido una alternativa. La descubrí como novela después de haber visto la película tres veces en dos días y pasar de la admiración femenina hacia Antonio Banderas,  al papel de la magia y al profundo calado de los personajes. Pero “Paula” es la vida y la muerte en la misma partida, y el dolor de los vivos, el recuerdo, y la historia, … tan mezclados, tan hondos y tan auténticos, que la convirtieron, al menos para mi, en una conversación casi real con Isabel.

Iba a seleccionar, en este último bloque, alguno más, pero me planto aquí. Podéis estar seguros de que hay más libros que me han hecho llenarme de risas y de llantos, pero veo pesada mi maleta.

Sin embargo, os contaré otro mes, en este mismo encuentro, qué libros acaparo en mi nuevo destino y como los enlazo con mi vida allí. Si logro dar el salto al libro sin papel seréis, mis queridos lectores, los primeros en saberlo.



[1] Referencia a artículo real publicado en El País del 23 de abril de 2010.

27/12/2010 00:35 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.


Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris