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Yo pisaré, ....

Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.

Yo vendré del desierto calcinante
y saldré de los bosques y los lagos
y evocaré en un cerro de Santiago
a mis hermanos que murieron antes.

Yo unido al que hizo mucho y poco
al que quiere la patria liberada
dispararé de las primeras balas
más temprano que tarde sin reposo
retornarán los libros las canciones
que quemaron las manos asesinas
renacerá mi pueblo de su ruina
y pagarán su culpa los traidores.

Un niño jugará en una alameda
y cantará con sus amigos nuevos
y ese canto será el canto del suelo
a una vida segada en La Moneda.

Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.

Te propongo.

 

Escucha, traigo un pacto:

Que mi voz no se imponga a tu palabra,

ni tu clamor resuene más que el mío.

 

Que tu paso no me pierda a tu espalda

y que mi andar no extravíe tu camino.

Que mi mano no deje que tu mano me suelte,

ni tu puño se cierre sin mi agarre.

 

Este es el trato, hermano,

que pido que suscribas:

No se llene tu plato si el mío lo llena el aire,

ni se sacie mi hambre con tu hambre.

 

Que para estar de pie no nos pisemos.

Que tener pan no implique tu miseria,

y el ansia no alimente ningún hambre.

 

Así el acuerdo en que nos quiero, amigo,

que el yo y el tú no vayan separados,

y el ellos no esté lejos.

Que ser mejor, no te haga ser peor,

y que tu bienestar no impida el mío.

Que no ganemos ni perdamos nadie

si el otro no celebra con nosotros.

 

Súmate al compromiso, compañero,

y escribámoslo bien, con letra clara.

Si lo ignoro, lo rompo o se me olvida,

el pacto ha de incluir que tú me increpes.

Si lo ignoras, lo rompes, o lo olvidas,

te lo diré en susurros y hasta en gritos.

¿Por qué estoy en huelga hoy?

¿Por qué estoy en huelga hoy?

No lo estoy porque necesite un día de descanso, ni porque no me guste trabajar. Tampoco porque quiera que me aumenten el sueldo, ni porque confie en las iniciativas sectoriales cuando de derechos universales se trata. No voy a la huelga para llevar la contra por sistema a quienes nos gobiernan; ni por fidelidad a quienes la convocan. No lo hago porque me sobre el salario de un día, ni porque quiera contribuir a que la administración recupere fondos.

Estoy de huelga, fundamentalmente porque creo que la educación es un derecho universal que debemos proteger de decisiones mercantilistas y porque ese es el primer acuerdo que me gustaría oír de los responsables políticos. No creo en la educación universal para alimentar la carrera de la competitividad. Por el contrario, defiendo una educación universal que tenga como primer y último referente al ser humano, su felicidad y nuestra convivencia.

Por eso los discursos plagados de “aprender para alcanzar mejores empleos” o “educar para lograr una sociedad más competitiva”, tanto si son explícitos como implícitos, me repugnan.

Tampoco es esa la educación de la LOE; el modelo que sueño está muy lejos.  Pero mover más hacia el este nuestro sistema educativo en beneficio de preceptos ultraconservadores en lo moral y ultra mercantilistas en lo demás, no se me antoja la mejor solución para sus males.

Por eso estoy en huelga.

Porque quiero ese “pacto educativo” del que muchos hablan. Un pacto muy simple desde mi perspectiva: en lo formal dejar las cosas como están (también las que no me gustan), en lo cualitativo, abordar una verdadera revolución en la escuela, de métodos, de voluntades y de intereses.

O dicho de otro modo.

Estoy en huelga porque estoy dispuesta, entre muchas otras cosas, a aguantar algunas que no me gustan  como las religiones en el currículo, o los centros organizados con horarios de oficina; pero no me resigno a renunciar a una auténtica convivencia de todos en las aulas, ni a la prioridad de que todos desarrollemos todas las capacidades, incluidas las éticas y las estéticas.

Reescribiendo a Rymond Carver.

Reescribiendo a Rymond Carver.

Reescritura de Mecánica Popular de Raymond Carver (De qué hablamos cuando hablamos de amor, 1974-1981). Propuesta de Santiago en el curso de Un Cuarto Propio en Ciudad Real, octubre de 2011.

 


“El día de los hechos amaneció nublado, pero con mejor temperatura que el día anterior.

Terminé de recoger mis cosas. Lo que quería llevarme entraba en una maleta y la tenía abierta encima de la cama. Había guardado la ropa; solo un par de trajes y una equipación deportiva, la bolsa de aseo y un par de libros. Estaba revisando la documentación que me llevaba, el pasaporte, la cartilla del banco y el DNI. Sólo quedaban encima de la cama algunas fotos que para mí son importantes y me quería llevar. Una de mis padres, otra de nuestra boda y la más reciente del niño que había estado hasta entonces en el mueble del salón.

Ella entró y se quedó mirando las fotos. Yo pensé que no quería que me llevara la de la boda y estaba preparado para responderle que, aunque se había terminado, era una parte de mi vida a la que no renunciaba. Sin dejar de mirar a las fotos empezó a hablarme, al principio de manera civilizada. Me dijo muchas cosas; que era lo mejor para todos, que tenía que pasar, que se alegraba de que lo hubiéramos resuelto y no sé qué más. Pero a medida que hablaba ella sola se iba calentando, subiendo el tono y adoptando a intervalos una actitud amenazante con periodos de llanto entrecortado. Creo que estaba entrando en un ataque de histeria y no le respondí porque sabía que contestar en ese estado siempre era contraproducente.

Cuando vio que me giraba a coger mis gafas de la mesita de noche, cogió arrebatadamente la foto del niño de encima de la cama y salió corriendo hacia la cocina insultándome a voces mientras lloraba. No recuerdo todo lo que decía, pero entre insulto y reproche me gritaba que se alegraba de que me fuera, de que la dejara en paz. Yo no perdí la calma, aunque me costaba, pues me estaba pareciendo una rabieta de niña pequeña que había que frenar como es debido. No le toqué un pelo.

La seguí despacio hacia la cocina donde la encontré con el niño en brazos, llorando también. Lo apretaba tanto en su ataque de locura que estoy seguro de que le hacía daño. Le ordené un par de veces que soltara al niño y lo mantuviera al margen de nuestras disputas. Le dije que yo también soy su padre y me lo quería llevar, por lo menos hasta que ella estuviera más tranquila, y después en los periodos que acordáramos. Pero cuanto yo más le hablaba más apretaba ella al pequeño. Temí que le hiciera daño, así que no me quedó más remedio que acercarme a ella e intentar liberar a mi hijo, aunque fuera por la fuerza.

El resto no sé exactamente como ocurrió. Ella había dejado de llorar y yo de darle órdenes. Una maceta de perejil que solíamos tener en la encimera cayó al suelo y golpeó al niño que había caído primero.

El final usted ya lo conoce y solo querría añadir una cosa. Si el día anterior no hubiera nevado o si yo no hubiera hecho caso de la DGT, creo que nos hubiéramos ahorrado este incidente. Ella y yo habíamos acordado que me iría, pero como amaneció nevado, la Dirección General de Tráfico aconsejó no salir a la carretera de no ser estrictamente necesario. Por eso me quedé un día más”.

El imputado lee nuevamente la declaración, escrita de su puño y letra, y la firma, pausadamente. Sin mediar palabra, entrega el folio al abogado de oficio que le ha sido asignado y permanece sentado, sin inmutarse, en la mesa del despacho de la comisaría.

III. Poesía

Tercero y último. De la palabra a la poesía.

 

Yo te llamé “Poesía”.

Tu floreciste.

Y lo sublime,

hizo de ti un prodigio inenarrable.

 

Yo te llamé “Poesía”,

y tatué tu nombre

en la débil entraña de mi alma.

 

Y te inscribí,

con ese mismo nombre,

en el surgir de cantos y palabras,

donde hoy nace y florece la alegría

y mañana se muere la esperanza;

donde nace el deseo

y la impotencia

no encuentra,

- sin nombrarte -

las palabras.

 

Yo te llamé “poesía”.

Y he perdido,

en el ingenuo acto de nombrarte,

mi propia voz

- la que gané contigo -

pues ahora tu gobiernas mis palabras

y tienes el sentido de mi habla.

 

“Poesía”

sin pluma y sin secretos;

consciencia o inconsciencia;

mas tú mandas

y pones a mi voz

las muchas voces que negara el orgullo,

y a esas voces

los coros y los ecos que le faltan.

 

“Poesía”.

 

Y al llamarte “Poesía”

lo mágico te invade

y te desborda, superando

tu condición estricta de palabra.

II. Palabra

Segundo de tres; del silencio a la palabra.


Y Dios me dio este lápiz,

y esta musa,

casi siempre dolor,

mueve mi habla.

Y transforma el silencio que me envuelve,

en multitud de voces y sonatas.

Y el puñal de mi pecho y mi garganta,

trasciende mi callar con sus palabras.

 

No es un elfo, ni un arte, ni una gracia.

Es milagro en mi ser

-hondo y sublime-

que riega mi silencio con palabras.

I. Silencio

Primero de tres.

Podría haberlo escrito hoy mismo, aunque con razones bien distintas a las que lo inspiraron hace un puñado de años.

 

Leve el silencio que cerró mi boca

para no delatar lo que me mata;

y consiguió con ello hacerme roca,

incapaz de emitir una palabra.

Leve el silencio, que nació prudencia,

y volvió cárcel mi ser y mi mirada

selló mis labios,

y agrandó mi alma.

Leve el silencio que hoy pesa a mis espaldas

de historias, de sentires y palabras

mutilados en celdas interiores,

sin aires que oxigenen mi garganta.

Fue leve y fue, en un tiempo,

agradable tenerlo por compaña.

Mas se creció en verdugo

y hoy me acosa

como injusta condena a mis espaldas.

Presentación.

Escrita según la pauta de un curso de escritura en el que participaré (si no me aburro antes) durante las próximas seis semanas. Tenía pauta, pero me la he saltado.

Esto de presentarse es complicado, y hacerlo de una manera tan ordenada aún más difícil para quien tiene el defecto del desorden en los genes, y de la rebeldía contra pautas impuestas. Os diré que pronto cumpliré 45 y sin embargo cuando la gente habla de los jóvenes pienso que lo hacen de mí. Me nacieron, como dijo Clarín, en La Solana, un pueblo entrañable en el corazón de La Mancha, en la provincia de Ciudad Real, y aunque ahora ya no vivo allí, sigue siendo el lugar donde cargar las pilas. Quizá sea solo un ejemplo de mi fidelidad. Tengo pocos amigos y pocas certezas, pero creo, que en lo que de mi depende, los tengo para siempre. ¿Os apuntáis a ser parte de ellos? Dicen, las malas lenguas que también soy tenaz; lo llaman cabezota, y aún hoy no sé muy bien si es halago o insulto.

No os mostraré una foto. Sería muy normal: chica más bien baja que nada, morena, de ojos castaños que se tornan verdosos en función de la luz, y de las emociones. Pasaría desapercibida entre muchas mujeres, por eso no frecuento grandes círculos, e invierto  en cursos como este, de escritura de cuentos. Mientras leo, por recomendación de mi maestro, a Kundera, entre otras cuantas cosas que caen en mis manos. No penséis que me olvido del signo zodiacal, ni lo creo, ni lo quiero. Prefiero sentirme dueña de mis propios caminos.

¿Me conocéis ahora?

Os prometo que he sido muy sincera y que estoy encantada de escribir esta noche.

Los detalles.

“Sin entrar en detalles, bien” dice un amigo, en un esfuerzo de optimismo, cuando se le saluda con la rutinaria pregunta sobre el estado de las cosas.

Podría convertirlo en mi personal balance de 2012 pero no estoy segura.  Quizá estoy demasiado influida por el río de mensajes que pasan por mi móvil, con intención de felicitar el año nuevo, teñidos del permanente deseo de que 2013 sea mejor que 2012.

Preguntar a Google ratifica una valoración cargada de pesimismo.

Los políticos, aunque lo intenten, dejan poco lugar a la esperanza. Vean si no como la presidenta regional, en referencia al año que nos deja, afirma que "ha sido un año difícil donde se han hecho muchos sacrificios"; y como el responsable del principal partido de la oposición asegura que “ha sido un año para olvidar”. Los esfuerzos de los responsables nacionales por reconstruir las maltrechas esperanzas de los ciudadanos tampoco dan para muchos.  En un solo discurso del presidente cabe decir de 2012, que "las cosas han sido más difíciles de lo que esperábamos", y en referencia a 2013 que “tenemos un año muy duro por delante”. Y el propio monarca, en su cada vez menos popular mensaje de nochebuena, da por hecho que “vivimos uno de los momentos más difíciles de la reciente historia de España”.

Confirmado, el contexto en el que abordo mi reflexión es proclive al pesimismo y tengo la tentación de no entrar en más detalles por si este se convirtiera en crónico.

Mi personal recuento tampoco orienta el ánimo al contrario. Me embarga una sensación generalizada de que no ha sido un buen año. Evoco con facilidad años mejores. Las condiciones y relaciones laborales tienen mucho que ver en esta nota. Cerraría aquí con el convencimiento de que sin entrar en detalles, 2012 ha sido un año malo. Pero no me resisto a ignorar los detalles y a destacar aquellos que compensan tan negativo análisis.

Ha sido 2012 el año de completar la familia numerosa que me acoge. El número de sobrinos alcanza el undécimo, número poco simbólico pero perfecto para el ejercicio de los afectos. Un año en que cambié de casa y esta se fue transformando poco a poco en un hogar. Ha bajado la cuota de la hipoteca, y cuando también lo ha hecho el salario se agradece doblemente. Fue también el año de la salud, pues aunque no hayamos matado el bicho hemos podido con su protagonismo.

Trescientos sesenta y cinco días en que sentí cerca a los amigos que abandoné lejos y sin embargo siguen estando próximos y dispuestos. He podido este año, sentir el apoyo y el respeto de amigos y compañeros en circunstancias nunca imaginadas, y quizá sea, el final del año, el momento también de agradecerlo.

Ha sido un año húmedo y en tierra seca la lluvia siempre es bienvenida; no se inundó el Molino, por exceso.

Hablé, callé, reí, lloré, amé y eché de menos, agradecí, compartí y pedí prestado.

Un año repleto de detalles que me llevan de vuelta hasta el inicio: “Gracias a los detalles, un buen año”.

Pasatiempo.

Otra vez Mario, 

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta,
un charco era un océano,
la muerte lisa y llana
no existía.

Luego, cuando muchachos,
los viejos eran gente de cuarenta,
un estanque era océano,
la muerte solamente
una palabra.

Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta,
un lago era un océano,
la muerte, era la muerte
de los otros.

Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad:
el océano es por fin el océano,
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

Cuando sonríes, ...

   Para tí, por el esfuerzo de poner una sonrisa, en medio de tu amargura.

When you are smiling

ocurre que tu sonrisa es la sobreviviente,

la estela que en ti dejo el futuro,

la memoria del horror y la esperanza,

la huella de tus pasos en el mar,

el sabor de la piel y su tristeza.

When you are smiling

the whole World,

que también vela por su amargura,

smiles with you.

Mario Benedetti,

Deudas.

Para Rosa, con un respeto inmenso por su decisión de irse discretamente y con el enorme dolor de no haberle dado mi último abrazo.

 

Quiero escribir una canción

a quienes debo una sonrisa

y no podré pagarla

porque dejé el camino en que ellos andan;

porque olvidé las coplas que ellos cantan.

A quienes pude haber dañado un día

por exceso indebido de palabras,

o por ausencia de palabras dulces

que poner en sus penas amargas.

A quienes no miré, por si miraban

con sus ojos muy dentro de mi alma,

que creí que era mía, y para mi guardaba.

Quiero dejar esta canción en el silencio,

de la tarde solemne y soleada

en la que el viento me devuelve el eco,

extraño y conocido,

de una letra que apenas susurraba.

Quiero sembrar esta canción,

junto a mis huellas

en la senda que queda a mis espaldas

cuando al andar el tiempo nos aleja,

y la memoria permanece anclada.

19 de noviembre de 2012

Ausencia.

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Jorge Luis Borges.

De cómo decir una cosa y la contraria.

Suena, en una emisora de radio a través de  mi televisor, una vieja copla “… lo que me dicen tus ojos, me lo desmiente tu boca…”. La tarareo. No me acabo de enterar cual de los dos órganos expresivos dice amor y cual odio. Es mi sino, estar a lo mío hasta que algo, sin permiso ni licencia me trae a otra cosa.

No me preocupa quien canta, solo me ha parecido tan cierto que he sentido la tentación de cerrar los ojos y llevarme la mano a la boca para evitar tamaña contradicción. Pero como lo mío no es, en esencia, hablar de mi, la sevillana ha arrancado mi mente por peteneras, y he acabado viendo en todo y en todos, ojos y bocas que se desdicen.

Un sencillo paseo por la actualidad me trae numerosos ejemplos en los que palabras y hechos, como ojos y boca en el cantar popular, se me antojan opuestos. Pienso, por ejemplo, en la negación que supone que a una ley que recorta las prestaciones sociales se la llame, Ley de Medidas Complementarias para la Aplicación del Plan de Garantías de Servicios Sociales. Se me ocurre pensar en la bondad de lo malo cuando una de las soluciones propuestas para salvar los problemas de la economía es un “banco malo”. He asistido recientemente a alguna mesa redonda en la que, desde el inicio,  no se han permitido los diálogos entre participantes. No sé a quien llamar ojos y a quien boca, pero la confusión entre una cosa y la contraria, está servida.

“Ay cabeza, loca, …” sigue el compás, y mi neurona, alienada como la cabeza de la amada, encuentra permanentes desmentidos en situaciones y discursos recientes en mi entorno profesional. He oído que se recorta en recursos educativos para aumentar la calidad de la educación; que se segrega a alumnos por sexos o capacidades para mejorar su integración; que se evalúa el sistema educativo cuando se sobre examina a los alumnos. He oído y leído que se pretende avanzar en modelos educativos reproduciendo los del pasado o hablar, a gritos casi, de participación, mientras se niega la toma de decisiones a los ciudadanos. He oído llamar evaluación interna a la que siempre termina atribuyendo a variables externas los resultados negativos. He oído y leído tantas cosas que no sé si a las palabras les han cambiado el significado sin contar con los hablantes o si yo, en lo que a comprensión se refiere, “soy como una ola que siempre muere en la roca”.

La sevillana acaba, mis peteneras no. La locura lingüístico mental que me ha generado escuchar una canción, se me ha quedado crónica; quizá la sufriera antes sin diagnóstico. Es posible que el trastorno de amor entre el lenguaje de los ojos y el de la boca, a fuerza de cantarlo, se haya convertido en esquizofrenia genética del castellano, ¿o quizá sea a la inversa?

Posiblemente, no quede otra que la eterna contradicción. Vean si no que la sevillana que ha desencadenado el texto sonaba en una emisora de radio que yo escuchaba por mi televisor. Y es que ya no se sabe, tampoco, si radio y tele son la misma cosa, o la contraria.

 

"Me lo contó tu mirada que me querías ...pero tu boca me dijo chiquilla que no eras mia. ¡Ay, cabeza loca! lo que me dicen tus ojos me lo desmiente tu boca, y yo soy como una ola que siempre muere en las rocas".

Poema 20.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Tarde de lluvia con Neruda.

¿Cómo sabía él que era este el "último dolor" y que serían estos "los últimos versos"?

Nana del niño ausente.

Dentro de la casa,

la cuna dorada

que albergó mis sueños,

conserva tu almohada.

 

La cuna dorada

acoge en la noche

tus sueños, y al alba,

alberga fantasmas.

 

Acoge en la noche

tu risa callada  

y torna al silencio

si la noche acaba.

 

Tu risa callada

acuna en mis brazos,

con seda bordada

la ilusión que fuiste.

 

Acuna en mis brazos,

y esconde mi cara,

de ingrata certeza

que trae la mañana.

 

Y esconde mi cara,

preñada de sueños,

de esta triste nana

que rompe el silencio.

 

Preñada de sueños

se despierta al alba,

la verdad hiriente:

que tú ya no estabas.

 

20 de septiembre de 2012.      Un poema que nació, estos días, leyendo en la prensa sobre niños robados.

Apagón.

Necesita encontrar el biberón.

Sabe que siempre lo deja en la cocina, normalmente al lado del microondas, pero aunque mueve la mano de arriba abajo continuamente, al tiempo que la desplaza lentamente de izquierda a derecha, no da con él. Quizá Moisés lo dejó en otro lugar. A veces simplemente lo deja en la mesita después de que la pequeña Aroa tome su contenido. Más de una vez han discutido por ese desorden masculino que Moisés introduce cada vez que quiere echar una mano. Hoy no discutirían, lleva horas echándolo de menos.

Cuando se fue la luz por primera vez simplemente encendió, por toda la casa, las velas decorativas, aromáticas y mágicas que habían ido acumulando en los últimos meses. Daban una atmósfera bonita al ambiente, como de romántica penumbra, en el pequeño apartamento que era su hogar. Instaló a Aroa en el cochecito en el salón a su lado e incluso se puso a leer una revista que había por allí mientras la pequeña dormía. Le apetecía que Moisés llegara antes de lo previsto y disfrutar juntos de ese ambiente relajante.

Pero habían pasado ya más de dos horas y las velas se habían ido agotando una a una. Empezaba a sentirse incómoda pero tenía que aguantar. La pequeña estaba despierta pero por suerte estaba tranquila. Sabía que la avería no podía durar mucho más. Ya llevaban más tiempo a oscuras del que nunca había durado cualquier corte de suministro eléctrico.

Después se había ayudado de la tenue luz de su teléfono móvil para ir a buscar los pañales al baño. Moisés la había llamado entonces. Tardaría en volver porque por alguna razón que no habían podido explicarle el corte de suministro eléctrico afectaba a toda la ciudad y no funcionarían los transportes públicos hasta que se restableciera. Le había dicho que estaban bien, que tenían velas y que la niña había estado durmiendo la mayor parte del tiempo.

Ahora la batería del móvil se había agotado e intentaba recordar donde había dejado el mechero después de encender las velas. Seguía moviendo la mano como una autómata de arriba abajo con intensidad y, simultáneamente, de izquierda a derecha con lentitud. Daba golpes con objetos insospechados que caían con el ímpetu. Nunca pensó que tuvieran tantas cosas en una cocina tan pequeña y refrenó un ansia de tirarlas todas. Aroa lloraba intensamente; tenía hambre y probablemente miedo.

Desesperada rompió a llorar. No serviría de nada encontrar el biberón. ¿Cómo iba a prepararlo? En su llanto gritó esperando que Moisés le devolviera la respuesta como lo hacia en las discusiones cotidianas, “¿por qué te empeñaste en poner equipamiento eléctrico en toda la casa? Debíamos haber pensado en lo que pasaría si por alguna circunstancia fallaba el suministro”.

Siete pimpollos.

Un poema que mi padre regaló a mi madre el día de su cumpleaños, y ambos nos regalaron a todos los demás con el orgullo de ser sus hijos.

Siete pimpollos tengo yo en mi huerto,

fruto de unión con fértil compañera:

la tierra virgen que mi Dios me diera

para juntos cruzar este gran puerto.

 

Cinco rosas, dos lirios, que en concierto

de olor fragante en dulce primavera,

retoñan nuevos brotes por doquiera

al cruzarse con brotes de otros huertos.

 

Nuevos retoños, once hasta el momento,

van ampliando el huerto peregrino

en bendición, dulzura y gran acierto.

 

En esperanza cruzo este camino

con la mirada puesta en el evento

de que la eternidad sea su destino.

 

Rafael Gómez - Pimpollo Sevilla

24 de junio de 2012

¡El afilador!

Un afilador que es un extraño en un universo femenino. Un texto de ficción en un contexto real. Quizá un extraño juego de recuerdos y palabras.
Nohemí

 

 “¡Afiladooooor!” -  Y el afilado sonido de la armónica se expande por el barrio.

Nunca ha utilizado los servicios de un afilador, y sin embargo le cuesta imaginar el pueblo sin él. Se imagina que, en su itinerante laborar, también visita otros pueblos, pero tienen menos mérito.

Catalina siempre ve pasar al afilador en su pueblo. Es un pueblo de La Mancha, y sin embargo, tiene cuestas por todos sus costados. Parece como si a la gran llanura le hubiera salido un grano, y en el grano, hubieran creado un pueblo.

¿Los pueblos se crean o se construyen? En eso piensa Catalina y se ratifica en que el suyo es un pueblo creado. No es un pueblo moderno, diseñado y planificado previamente. Ha estado allí durante muchos años y se ha ido creando poco a poco con las aportaciones de muchos. Ella nunca ha vivido en otro pueblo.

De tarde en tarde escucha el aviso y oye a las vecinas salir con sus tijeras y navajas. Le gusta quedarse tras el cristal y ver como, en apenas un momento todo el instrumental queda afilado y fino.

Piensa Catalina cuántos pueblos habrá visto este hombre; y si los diferencia o le parecen todos el mismo. A ella le resulta difícil orientarse si sale de su barrio,  aunque ha vivido en el mismo pueblo, todos sus veinte años.

Piensa que tiene suerte, porque por tan solo unos metros, vive en la parte llana. Hay, delante de su casa, un pequeño jardín que hace las veces de rotonda para el tráfico que llega siempre desde la izquierda. Al frente, a la derecha, lo que fueron quiñones y hoy son un barrio nuevo. Algo más a la izquierda, casi recta, una calle empinada que, por si fuera poco, termina en escaleras.

Podría bajar, abrir la puerta, salir, cruzar la calle, y sin llegar al inicio de las cuestas, unirse a las vecinas.

El hombre ha parado su bicicleta al lado de la acera, donde las cuestas que ve desde su ventana, eligen caminos diferentes. Allí mismo ha puesto en marcha el pequeño motor que mueve la piedra de afilar. Una a una va atendiendo a las mujeres y recogiendo las pocas monedas que ellas le dan a cambio. Debe de ser parco en palabras; del saludo a la despedida pasando por el precio y el agradecimiento.

Algunas de las mujeres se marchan enseguida, otras, sin embargo, se han hecho su huequito en la calle, y al pie de las paredes encaladas, cerca de la bodega, en difícil ángulo con la inclinación de la calle, permanecen hablando de sus cosas.

No son cotillas, solo hacen un poco de repaso a lo que cada una ha sabido de nuevo.

Manuela, la del moño, tiene costura en casa. Cose para una fábrica y le ayudan un par de chicas, aprendices, si la tarea se extiende. Entre hilo y puntada siempre hay lugar para el alboroto. Y entre alboroto y calma siempre cabe algún chisme. La fulana que se ennovia, la preñez de una vecina, o el flirteo indiscreto de un casado.

Andrea siempre fue viuda. Catalina no conoció a su marido. Tampoco le ha visto ningún traje claro. Vive dos puertas antes de su casa. Es una casa enorme con portada y tres balcones. Tampoco ha estado nunca Catalina más allá del umbral, ni ha visto nunca entrar a nadie. Sacó a afilar un hacha y la navaja.

Hoy se les unió Aurora, la hija del droguero. Como el negocio es próspero han hecho obra este verano. La casa es diferente a todas las demás. Todas tienen el patio dentro y la fachada sobria. Ellos hicieron un pequeño jardín delantero y pintaron el muro de color rosa palo. Es más joven que el resto, pero le gusta hablar y estar con ellas.

Si las noticias salen del taller de Manuela, es Aurora la voz que las confirma. Si ella no sabe nada es que el rumor no es cierto.

Por un momento han captado toda su atención y ha perdido de vista al afilador. “¿Qué camino ha tomado?” - se pregunta.

Si escogió la cuesta del quiñón habrá subido andando, tirando de la bici con las manos, y ya es probable que haya llegado arriba. Después de dos manzanas la cuesta se suaviza. No tocará la armónica hasta llegar más lejos, porque la acera derecha la ocupan casas nuevas, sin vecinos, y la de la derecha el parque chico. No encontrará clientela hasta el final del parque.

Por la segunda calle también tendría un descanso. Toda la acera izquierda la ocupa la bodega. Se encala de año en año, por vendimia. En frente las casas de las viejas.

Sonríe Catalina al escuchar su propio pensamiento “las casas de las viejas”. Recuerda, siendo niña, cuántas veces jugó delante de ellas. Entonces el tráfico no era un problema y el tiempo se medía de otra manera. Un trozo de yeso seco para pintar los cuadros, un tejo para el salto y dos o tres amigas. Hoy le llaman rayuela pero ella y sus amigas siempre jugaron al truque; es lo mismo.

Era divertido el juego, por sí mismo y porque las mujeres siempre salían a gritarles que tuvieran cuidado. “Vais a esconchar el zócalo, que está recién pintado”, “Jugad más arriba que no tienen enfermos”, o “Niñas, marchad a casa, que es muy tarde y va a salir la bruja”. Cada tarde, al iniciar el juego, habían intentado adivinar quién gritaría primero.

Pero no, no ha subido el afilador por esa calle. Alcanza a ver el fin desde la ventana y no hay rastro del hombre. No le resultaría fácil subir la bicicleta y toda la herramienta por las escaleras que la enlazan con el centro del pueblo. Aunque quizá podría, en el jardín enano de la fuente, descansar un momento. La fuente está cerrada, pero queda el pilón seco, un ciprés y la vieja cabina de teléfono que casi nadie usa.

Cuando la edad del juego fue dando paso a la de las tertulias confidentes  gastaron allí no pocas tardes de verano.

Ha debido tomar el camino llano dejando detrás el camino andado. No alcanza a verlo sin perder la discreción de su ventana. Llegará hasta la plaza por aquí, pero no podrá hacerlo sin pendientes. Si toma la primera alcanzará pronto la espalda de la iglesia. Si toma la segunda bordeará la casa de los condes.

Siguen hablando las mujeres. Es el turno de Aurora. Catalina no puede oír sus palabras pero lee en sus gestos extremos su total desacuerdo.

Volverá el afilador en unos meses con su silbo afilado como anuncio.

Otoño.

Texto escrito el 23 de noviembre de 1997 para participar en un certamen local de narración relacionado con la tolerancia del que resultó ganador.

 

Otoño. Noches frías.

Más frías aún, para quienes en esas noches como también en esos días, se encuentran solos, lejos y diferentes.

Todos, alguna vez, hemos sentido ese frío.

Todos, de cuando en cuando, hemos aumentado el frío de esas noches viendo a los otros como una amenaza, como fantasmas.

I

Andrés temía también a los fantasma de la estación y sin embargo, estaba un viernes más, solo, sentado allí viendo pasar los trenes y deseando al mismo tiempo que el suyo llegara un poco antes que de costumbre. Deseando que el reloj corriera para ayudarle a salir de allí, a alejarse, aunque sólo fuera por unas horas, de una ciudad que no era la suya. Había sobrevivido a otra serie de días en una ciudad que no era la suya, rodeado de gente que no era su gente. Obedeciendo, porque no le quedaba otro remedio, aunque muchas veces, tampoco le quedaban ganas. Y aguantaba, porque tenía que aguantar. Porque la vida seguía aunque no del modo que él quisiera, porque había asumido ir al cuartel, y tenía que resistirlo.

Como otros viernes, se dedicó a observar a los viajeros que iban y venían. También estaba el mendigo de siempre. Sin duda, debía vivir en la estación. A los demás no los conocía y algunos, a fuerza de repetir el mismo horario, le parecían familiares. Cuando la gente se amontona, no puede evitar el parecerse. Deja de ser un poco como es para parecerse un poco más a quienes le rodean, y así nos vamos convirtiendo en nadie. Eso, al menos, pensaba Andrés mientras veía viajeros ir de un lado a otro. Eso, pensaba también, le estaba pasando a él en el cuartel.

Sin embargo, los chicos del cuartel empezaban a parecerle diferentes. No le había hecho falta hablar con todos ellos para irlos agrupando según sus caracteres. A quienes no se atrevía a juzgar así era a sus amigos, pero eran muy pocos. Muchos de estos chicos se mostraban contentos de ser soldados, aunque él sabía que la mayoría, lo decía por parecer más machos, más valientes. A veces decían cosas feas sobre otros, incluso eran crueles entre ellos. Andrés sabía que, casi siempre, ocultaban la misma angustia que él sentía y que escondía también a su manera.

Los que como él, habían salido hoy con su permiso, parecían de repente diferentes. Algunos ya estarían con sus familias, sus amigos o sus novias. Otros, viajando en trenes o autobuses, durmiendo o pensándolo mientras tanto. Él seguía observando a la gente, era una forma diferente de esperar. Había encendido un cigarrillo que fumaba con placer. Empezó a fumar muy pronto, cuando todavía estaba en la escuela y lo hacían en pandilla, escondiéndose en los rincones y en los parques. Todavía no se había planteado dejarlo.

Entre todos los viajeros que iban y venían, uno llamó de repente su atención. Ya había visto muchos inmigrantes. Incluso a su pueblo llegaban en ferias y mercados, africanos, árabes y asiáticos. Este era moro. Así lo habrían llamado en el cuartel. Algunos de sus compañeros habrían hecho chistes o bromas, y todos, aunque con disgusto, las hubieran seguido Otros, incluso, lo hubieran provocado para ver si contestaba o huía atemorizado. Algunos se hubieran sentido más incómodos entonces, pero, sería muy raro que alguien hubiera defendido al moro; era mejor no ganarse antipatías. A Andrés, en realidad le daba igual quien fuera. De vez en cuando le gustaba imaginar de donde venían los viajeros que se encontraba en la estación. Reconstruía mentalmente su vida y parecía conocerlos un poco más. En el fondo le daba igual que fuera moro; que llevara mercancía en su pequeña bolsa o que viajara con o sin documentación. Era un viajero más, recién bajado de un tren y que parecía tener mucha prisa. No estaba seguro si se trataba por llegar a algún sitio o por salir de otro.

II

Musttab acababa de llegar a la ciudad. Bajar del tren le suponía un gran alivio, un nuevo alivio seguido de una, no menos nueva, tensión. Había superado una etapa pero al mismo tiempo temía, infinitamente más, a la que ahora empezaba. Ya no lo detendrían en el tren, pero ¿adónde dirigirse?

Su amigo había sido muy bueno con él, y de una gran ayuda en sus primeros días como extranjero. Después de un poco de descanso todo le parecía un sueño. No parecía el mismo que se escondió en la costa hasta la noche. Ni el mismo que compartió con otros (no se acuerda ni cuantos), un trozo de madera y una noche. No reconoce en sí mismo a aquel que, en la oscuridad del mar, olió sus mismos miedos en sus compañeros. Ni el mismo que nadó los últimos metros. No, han cambiado tantas cosas en tan pocos días que hasta saber quién es le causa confusión.

A veces querría poder volver atrás. ¿Haría lo mismo? ¿Qué cambiaría? En realidad el no tendría grandes ideales. No venía de la cárcel ni huía de persecución alguna. Tenía hambre y al mismo tiempo hastío, y por eso se decidió a intentarlo. Era hambre de otra vida, de otras cosas que sabía que existían y no habían sido nunca suyas, ni de sus padres, ni de sus vecinos. ¿Serían eso ideales? ¿Merecía la pena arriesgarse tanto?

Llevaba documentación falsa y  una dirección anotada en una servilleta de papel. Su amigo, que había saltado el charco unos meses antes, le dijo que allí le ayudarían. Para empezar aceptaría cualquier trabajo, pero en cuanto tuviera la ocasión aceptaría poner las cosas en regla, aunque ganara menos. Ahora, urgía salir de la estación. ¿Hacia dónde? No importaba. Un militar, fumando un cigarrillo le llamó la atención. ¡Cómo deseaba él tener un cigarrillo entre los dedos!

En realidad no tenía prisas. Sí le habían entrado ganas de correr cuando, en el tren, medio adormilado, y ocupando un asiento que no era el suyo se había sentido poco grato. El último asiento del vagón en ocuparse fue el que estaba justo a su lado. La joven que por fin no tuvo más remedio que ocuparlo, estuvo rígida todo el tiempo y ocupando solamente la mitad del sillón; curiosamente la mitad más lejana a él. Después, cuando ella se bajó, su trayecto era corto, un anciano lo miró con extrañeza, quizá por su color, y siguió buscando asiento en el siguiente vagón. Más tarde, un niño que viajaba con sus padres se negó a sentarse a su lado. Por no forzarlo, los padres viajaron con el pequeño entre  los brazos mientras el asiento, con sólo un pasillo en medio, seguía vacío. Hubiera sido Musttab quien se hubiera bajado del tren entonces sin dar explicaciones, pero debía llegar a su destino. Su osadía ya no tenía retorno.

Por fin estaba en la estacón y ahora, de repente, le había crecido el miedo de ser sorprendido por uno de esos grupos violentos de los que le había hablado su amigo. La noche y la soledad aumentaban esos miedos. Joseph le había dicho: “Huye. Si te causan problemas, huye, o los tendrás mayores”. Y ese era su dilema. ¿Adónde? Ya estaba huyendo de algún modo, de muchos a quienes ni siquiera conocía.

Podía tomarse un café antes de dejar la estación. Le serviría para aclarar ideas, tranquilizarse y preguntar a algún camarero. Quizá no lo necesitaba, y además, debía prescindir de lujos. Siempre podía preguntar a alguien en la estación por la pensión más próxima, y así no gastaría nada del poco dinero que tenía.

Pero no, no podía pararse a preguntar. Cuando se decidía, se quedaba helado por dentro y entonces ya no podía detenerse. Sentía además que, cuando se acercaba a alguien, viajeros, limpiadoras, vigilantes, … aceleraban el paso mirando para otro sitio. Tampoco ellos podían detenerse. Le evitarían. ¿Se le notaría en la cara el miedo? ¿Llevaba marcas de ser ilegal? ¿Era, otra vez, la oscuridad de su piel? ¿Les disgustaba su aspecto, limpio pero no cuidado? ¿Eran figuraciones suyas? ¿Se estaba volviendo loco?

No preguntaría a nadie. En algún lugar de la estación habría un plano de la ciudad. Caminaría hasta encontrar dónde pasar la noche, y, mañana, de día, volvería a buscar la dirección dónde le ayudarían. Ya se las arreglaría. Ante todo, debía parecer seguro y no despertar sospechas.

Con este pensamiento y su acelerado paso hacia la salida, estuvo a punto de chocar con una limpiadora que, al verle, cruzó aceleradamente de una a otra papelea de la entrada para vaciarlas. Musttab ya había decidido que no necesitaba preguntar a nadie.

III

Otra vez le tocaba el turno de noche. Lo odiaba. Sencillamente lo odiaba y no podía evitar trabajar de mala gana. En casa, por ayudarle, le decían: “Mujer, no te preocupes, incluso hay menos trabajo por la noche. Hay menos gente, luego ensucian menos”. Claro, ellos pueden decirlo, que se quedan tranquilamente en casa, o se van de juerga si les apetece. Ella era la que tenía que recorrer los interminables pasillos de la estación y limpiar los servicios. Nunca se sabía lo que te podías encontrar. Ya había visto jeringuillas, vómitos, y cosas peores. Era ella la que se sorprendía con andenes oscuros y vacíos que de repente se llenaban de gente. Ella era la que tenía que cruzarse en esos mismos pasillos y andenes con gente, a veces muy sospechosa. Porque para María, cualquiera que viaja de noche, o va de un sitio a otro, amparándose en la oscuridad, se convierte automáticamente en sospechoso. No sabría decir sospechoso de qué (ya se lo habían preguntado con burla sus amigas y sus hermanos), pero si a ella le infundían un poco de temor o miedo, era indiscutible que eran sospechosos. Y en una estación, de noche, hay muchos, a pesar de la aparente calma que se aprecia.

Hacían la limpieza por parejas, y aunque eso ayudaba un poco a sobrellevar la noche, no era suficiente. Las compañeras de día eran divertidas, con sus chismes, sus risas y esa alegría o genio, según el caso, que iban esparciendo mientras trabajaban. Pero para las de la noche siempre hablaban menos. Si contaban historias tenían un algo de suspense. Y hasta los chismes estaban marcados con ese tono. Si alguna vez reían, volvían a oír sus risas retumbando en pasillos como si la misma noche les devolviese una alegría que no quería compartir con ellas. Si veían a alguien, de esos considerados sospechosos, se callaban y seguían trabajando con una seriedad y unas prisas de las que ellas mismas se extrañaban. Prefería a las compañeras de día. No le cabía la menor duda. Esta diferencia entre compañeras sería normal si fueran personas diferentes, pero tratándose de las mismas mujeres resultaba algo más extraño, y eso mismo, confirmaba a María que la noche tenía un algo diferente que cambia a las personas, y que, por eso, era mejor trabajar siempre de día.

Con estos pensamientos había terminado de ponerse, malhumorada su uniforme, y estaba empezando su tarea vaciando  las papeleras de la entrada. Acababa de llegar un tren y un montón de viajeros se agolpaba en la entrada para salir de la estación. Nada extraño: ejecutivos, familias, obreros y algún moro de esos que había siempre en la ciudad. Ahora iría a la cantina a encontrarse con su compañera, y con Julio, el camarero. Tomarían un café mientras charlaban y así se enteraría de alguna de las novedades del día. En una media hora estarían juntas recorriendo pasillos hasta el amanecer.

De nuevo la noche le trajo un mal presagio. Casi en la puerta de la cantina se agolpaba una familia de gitanos; con sus montones de bolsas y liotes; con sus niños. No era racista, pero no le gustaba verlos allí, y menos a esas horas. Entró a tomar su café. Mejor no detenerse.

IV

Su mujer y sus hijos se habían quedado en un rincón de la estación, entre los bultos, colchones, mantas, ropas, trastos de guisar, una guitarra, … Era su vida, al menos durante una buena parte del año. No tenía más remedio que aguantarlo. Así había nacido. Así había crecido. Así debía mantener ahora a su familia. Aprovechaban lo que fuera para ganar dinero y poder seguir adelante el resto del año. Lo peor era cuando había que salir al extranjero. Siempre iban juntos. No iba a dejar a la familia mientras tanto. Al y al cabo él era gitano y no le parecía tan mal vivir así, aunque fuera incómodo en ocasiones.

Pensaba todo esto mientras había ido a comprar tabaco. Lo de las máquinas para venderlo era un buen invento. No tenía que hablar con nadie para conseguirlo. No le gustaba dejar sola a su mujer, aunque como hoy iban todos juntos estaba más tranquilo. El tío Francisco era el alma del grupo, en la estación y en el barrio, y se había quedado con ellos. ¿Qué pasaría cuando se muriera el tío Francisco?

Era una estación muy grande. La conocía muy bien, de otros viajes y de sus correrías de niño. Todo el mundo parecía tener prisas. Él no las tenía. Aún faltaban unas dos horas para su tren. Habían venido temprano para comprar el billete. De todas maneras tendrían problemas en el tren, porque querrían ir juntos y no los dejarían. Ya se las arreglarían.

Aprovechó la excusa del tabaco para pasear un poco. Un policía caminaba, de lado a lado de la estación. Esto le inquietaba. Siempre le inquietaba cruzarse con gente en las estaciones, con toda la gente, sobre todo con los vigilantes. Le miraban mal y él se ponía nerviosos, se le notaba que era gitano y no se avergonzaba de ello. Vivía como vivía, pero tampoco le hacía mal a nadie. Tenía sus amigos y su gente y tampoco le gustaba que se metieran con ellos. En el barrio le respetaban y él respetaba a los demás. Pero eso de que un desconocido lo mirara mal no podía soportarlo. Sentía que en el fondo se estaban metiendo con él, y se le despertaba el coraje.

Dejaría de pasear, por si las moscas. Volvería con su familia. Ya tenía el tabaco que buscaba. Suficiente para todo el viaje. Los billetes los guardaba el tío Francisco en el bolsillo interior de la chaqueta. Solo tenían que esperar. Mientras tanto, si se animaban, cantarían algo. Pero no quería molestar. Mejor hablar, haciendo hora, mientras las mujeres cuidan de los niños.

Un mendigo coloca unos cartones en un banco para dormir. Pronto vendrán a despertarle. Se sentía privilegiado. Aunque era gitano, no era como él. 

Sigue haciendo frío.

Los megáfonos anuncian la llegada de un tren, y de pronto, una nueva multitud, apresurada, invade la estación.

Es casi media noche y todos se parecen a sí mismos un poco fantasmales mientras buscan la salida.