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Mira esa estrella.

            Escribí este poema hace dos dígitos de años, pero no recuerdo cuántos. Podría volverlo a escribir hoy mismo mirando al cielo de verano.

Mira esa estrella.

Te mira en la distancia

y te dice de las propias proezas de tu vida.

Te recuerda tu infancia de supuesta inocencia;

tu juventud de logros,

tus vivencias.

Te muestra el hoy, que vives sin sentirlo.

 

Mira esa estrella.

En ella,

dejamos ilusiones algún día;

pusiste el corazón con la mirada;

cantaste al son de un vino nuevo

apenas inventado.

 

Mira esa estrella

que hoy brilla refulgente

haciéndote señales desde lejos,

para que vuelvas a contar con ella,

porque es su luz,

tenue, ligera,

quien en tu soledad,

guía tu noche.

 

¡Cuántas veces antaño la observaste

esperando poner tu vida en ella,

esperando que, al darle u pensamiento,

te devolviera el logro de tu idea!

 

¡Cuantas veces le diste de tus lágrimas

en noches sin sentido

y dejaste que fuera - solo una estrella -

quien te diera el consuelo!

 

¡Cuántas noches, entonces, la mirabas,

dándole el corazón con un suspiro,

constriñendo el temor de tus entrañas,

o ahogando aquel amor entre suspiros!

 

 

¡Y cuántas otras veces la ignoraste

fingiéndote capaz de ser - tú misma -

la estrella de tu vida,

el centro de tus centros!

 

Mira hoy la estrella.

Aún hoy,

en noche clara o turbia,

tu estrella brilla.

Y tú, pensando en todo,

lo que ella significa para ti,

miras la estrella.

Profundamente callas.

Tiemblas por dentro,

y sigues adelante.

El Escritor.

El Escritor.

Fragmento de "Escribir es vivir" de José Luis Sampedro y Olga Lucas, con quienes he tomado mis últimas clases en la tranquilidad de mi casa y con la flexibilidad de mi propio horario.

     Pensemos en una forma sencilla de definir a un escritor. Podemos recurrir a varios ejemplos. Yo me inclino por aquellos que desmitifican al escritor, que lo bajan de su peana, le despojan de su aureola mágica y lo muestran como un trabajador cualquiera. El ejemplo más directo, sencillo y, a la vez, muy ilustrativo del oficio es la comparación del escritor con una vaca. Como, además, nos encontramos en un escenario geográfico en el que abundan las vacas, espero que me sigan, que puedan visualizar al escritor comparado con una vaca.

     Veamos, ¿qué hace la vaca? Ustedes imaginen la vaca en un prado, tan tranquila, detrás de una cerca mirando a la carretera. Por la carretera pasan infinitas cosas. Pasan los labradores que van a labrar los campos, pasan los turistas, pasa la guardia civil, pasa el coche de línea. Y la vaca lo mira todo. Ustedes, los que viven por aquí, se habrán fijado en los ojos de las vacas. Los ojos de las vacas son maravillosos, son un prodigio, merecen tantos madrigales como los ojos de las mujeres hermosas y no los tienen las pobres. El único poema que yo conozco sobre los ojos de una vaca es un poema de Joan Maragall, pero es un poema a una vaca ciega, de modo que no me sirve. Los ojos de las vacas son asombrosos, son grandes, tremendos, son protuverantes, casi esféricos, se salen casi de las órbitas. Además están uno a cada lado de la cabeza, con lo que tienen seguramente un campo visual, un gran angular que los humanos no tenemos. Un campo tremendo. Los ojos de la vaca son sensacionales. y ¿qué hace la vaca viendo todo aquello? Se lo zampa, lo observa todo. El escritor también. El escritor es un voyeur, confesémoslo de una vez, y lo digo en francés para que no parezca indecente. El escritor lo ve todo, lo oye, lo huele todo - no digo que lo toca porque eso ya sería pasarme -, pero el escritor, verdaderamente es un cotilla. Volvamos a la vaca. ¿Qué pasa con ella al cabo de un rato? La vaca agacha la cabeza, arranca con sus dientes unas briznas de hierba, las mastica y se las traga. ¡Ah!, pero como ustedes saben muy bien, la vaca es un rumiante. Y, además, tiene cuatro estómagos, quién los pillara, ¿verdad?, para disfrutar más de la comida. La vaca se saca de uno de sus cuatro estómagos lo que ha tragado, lo vuelve a la boca y lo mastica de nuevo. El escritor actúa también como un rumiante: a todo lo que ha visto, todo lo que ha tocado y oído le da vueltas y más vueltas. Yo, por ejemplo, voy por la calle, y como  el de escritor es mi oficio permanente, tengo siempre a mano mi ordenador de bolsillo.

(En este momento el profesor Sampedro saca de su bolsillo un pequeño bloc, lo agita en alto para que todo el mundo lo vea; la clase sonríe y él ironiza)

Mi mutante.

Tomelloso, 16 de julio de 2011

 

¡Hola mamá!

Perdona que haya tardado tanto en escribirte, me ha costado organizarme para el nuevo trabajo. Creo que te conté por teléfono que iba a tener a un hombre en casa para observar y anotar todo lo relevante de su comportamiento. Cada dos días voy por el Departamento de Investigación y todos los días paso un informe por correo electrónico. Los días de entrevista allí aprovecho para preguntar alguna cosa, especialmente de lo que puedo hacer o no. Además me han dado uno de esos teléfonos permanentemente conectados al profesor de manera que puedo llamarle a cualquier hora si es necesario.

Durante el día estoy inevitablemente pendiente de este hombre, pero en cuanto anochece se queda dormido y me permite dedicarme a mis cosas. El primer día se quedó dormido en el sofá y le dejé pasar allí la noche. Después el profesor me dijo que mejor lo llevara a su dormitorio cuando empezara a atardecer. Ahora es de noche. Por eso te escribo sin interferencias. Ya he escrito el diario que tengo que mandarle al profesor, un registro minuto a minuto de lo que ha hecho, pero a ti voy a contarte algunas cosas que me van llamando la atención.

Puedes estar tranquila, el trabajo está bien pagado y no supone ningún riesgo. A veces es aburrido porque el hombre no habla. Solo a veces hace un ruido extraño, como un zumbido que parece que sale más de su estómago que de su boca.

Hoy el día ha transcurrido con normalidad; bueno, con la normalidad de los últimos seis días que lleva en casa.

Despertó con el alba, pero se mantuvo en el lecho hasta que el ruido de la calle fue entrando en la habitación. Me encontró en la cocina, con la radio encendida y un par de periódicos sobre la mesa. Madrugo mucho porque me gusta desayunar tranquila aunque no pueda privarme de su presencia durante el resto del día.

Le miré a los ojos. Ya lo he hecho otras veces, igual que hoy. A veces, cuando le miro fijamente a los ojos me asusto, pues me parece que dentro de su iris hubiera millares de otros ojos que me están mirando a mi y me da un poco la sensación, de que cada uno de estos puntitos que me miran desde dentro de su iris, es capaz de escudriñar un aspecto de mi vida o de mi entorno, que ni yo conozco. Sin embargo, otras veces me da la sensación de que ni me ve. Como si pudiera detectar el movimiento, las sombras y las luces, pero no entrar en más detalles. Un poco como cuando la abuela decía que solo veía los bultos. 

Te decía que esta mañana le miré fijamente a los ojos, y hoy no pareció tener visión escudriñadora, sino visión de bulto. Y eso que puse empeño en parecer inquisitiva con mi mirada, levantando pausadamente la vista del periódico, por encima de mis gafas y apartando, sin mirarla, la taza de café que podría interferir entre su mirada y la mía. No he vuelto a clavar mis ojos en los suyos en todo el día.

Tomó su leche sin decir nada. Pero yo salí de la cocina porque me incomoda enormemente oírle sorber. Alguna vez he intentado observar la posición de su boca. Me parece imposible tomar así los líquidos, succionando como si tuviera una pajita de refresco integrada a sus propios labios. Pero no logro verla. Nada aparentemente es distinto en su boca a la de los demás mortales. Quizá si me preguntan, diría que sus labios son muy hermosos, carnosos, sonrosados y bien dibujados; por eso me inquieta más su modo de comer. Realmente no ha tomado sólidos desde que está en casa. Un tazón de leche muy dulce es su menú habitual tanto en el desayuno como en la cena. A veces le pongo miel en lugar de azúcar y si me queda un hilito del dulce elemento en el borde del vaso, lo reserva cuidadosamente hasta el final. Cuando ha sorbido el líquido con el extraordinario procedimiento de succión que no logro descifrar y que acabo de contarte, lame del borde del recipiente los restos de miel. Y lo hace también de una manera asombrosa. Mueve la lengua de un lado a otro alternativamente a una velocidad de vértigo, sin que apenas sobresalga unos milímetros de la abertura de sus labios, pero con la precisión suficiente para dejar el vaso limpio. Así toma también algunos sólidos como las frutas, que prefiere del tiempo y muy maduras, por lo que me reservo para mí las frescas. Ha tomado un poco de fiambre y pan, siempre mojado en algo. Aparte de estas cosas no le he visto todavía nunca mover la mandíbula para masticar nada, ni siquiera cuando le dejo, como a escondidas, chicles o caramelos para ver como actúa. Ignora todo alimento que esté envuelto.

Después del desayuno parece trastornarse como si estuviera poseído de una energía sorprendente y no pudiera dejar de moverse de un lado para otro. En la próxima entrevista preguntaré al profesor si puedo ponerle un podómetro, pues creo que en ocasiones camina a más de quince kilómetros por hora. Se mueve de manera imparable de un lugar a otro, por toda la casa. Pero no sigue una rutina fija en sus itinerancias. Diría que va con más frecuencia al cuarto de baño y a la terraza de la cocina. Empiezo a sospechar, pero tengo que constatarlo, que va al baño siempre después de mí, y sobre todo, por escatológico que parezca, siempre después de que yo haya hecho necesidades mayores. Estoy pensando instalar una cámara oculta para ver qué hace allí pues me intrigan tantas entradas y salidas. Pero temo que, si me descubre, se vuelva violento y creo que no está bien vigilarle también en el baño acabando con la poca intimidad que le permito. Lo he anotado para preguntar también al profesor.

Ayer, sin embargo ocurrió algo nuevo en este ir y venir constante. Se quedó quieto, como paralizado al medio día. Luego se alejó del sofá para sentarse en una silla que yo había dejado apartada al lado de la ventana. Me parecía incomprensible que, con ola de calor en toda España, prefiriera pasar la sobremesa recibiendo los rigores del sol sobre su espalda en lugar de disfrutar del aire acondicionado que encendí más horas de lo debido.

Al principio iba descalzo pero ahora ya ha aprendido a andar con zapatillas. Le compré unas de felpa, de esas de andar por casa, aunque a duras penas consigo que se las ponga. Prefiere andar descalzo por la casa y lo hace con una marcha muy peculiar. A veces me parece que danzara, como si en la planta de los pies tuviera almohadillas o algún muelle que le hace encadenar un paso con el siguiente. Sin embargo insisto en que se calce, porque deja en las superficies que pisa, pequeñas manchas de un color pajizo. Seguramente tiene un sudor extraño consecuencia de la medicación que estén probando con él.

También he observado que le gusta caminar sobre objetos y creo que especialmente sobre los que son muy lisos y resbaladizos. Ya lo he visto otras veces pero hoy especialmente, ha pasado un rato intentando caminar sobre la mesa del salón, esa que tiene un cristal grueso encima, debajo del cual dejo a veces las fotos o las notas. A veces pega el pie sobre los cristales de la ventana del balcón, que son muy grandes, o sobre el espejo del pasillo, como si quisiera caminar por ellos. Y en ocasiones tengo la sensación, por extraña que te parezca, de que lo conseguiría si yo no apareciera de repente para impedírselo.

Bueno, ya no te escribo hasta después de la próxima visita al profesor. Me dijo que mi colaboración duraría apenas tres semanas y ya casi he pasado una. La cantidad que va a pagarme por observar y anotar lo que este hombre hace no es nada despreciable, así que seré capaz de sobrevivir a las dos que quedan.

Lo peor es el secretismo con que ha envuelto todo el tema. En otras ocasiones me daba más información sobre el experimento. Cuando yo he participado en la prueba de medicamentos siempre me ha dicho qué se esperaba de ellos y qué efectos adversos podían tener. También cuando he tenido que observar a otros, como cuando estuve casi un año entero yendo al hospital diariamente para ver como jugaban entre sí los dos pequeños siameses que habían sido separados.

Pero esta vez, por no decirme la verdad, me dijo que se trataba de tener en casa a una mosca convertida en hombre. Lo primero que pensé fue en enfadarme por su poca confianza para desvelarme las líneas básicas del estudio o para confesarme que no podía decirlas. Pero después me entró una carcajada de manera que solo acerté a preguntarle si se trataba de una mosca doméstica o del vinagre, y luego él rió también cuando me oyó decir que a lo mejor sería tan solo una mosca cojonera.

Bueno, mamá, tengo que despedirme.

Cuídate mucho y ve preparándolo todo, que en cuanto acabe este trabajo y me lo paguen nos vamos a la playa una semana.

Un abrazo grande, de tu hija que te quiere,

      Narcisa

Reducir los gastos para incrementar los beneficios.

Hemos llegado pronto de la comida.

Ella quería descansar y prepararlo todo antes de la conferencia de apertura de la empresa. Me ha pedido que la acompañe, por precaución, hasta la misma puerta de su habitación. Distinguir cuando mi presencia es necesaria de cuando es inoportuna es una de las tareas difíciles de mi trabajo. Con ella, nunca tengo las claves y atribuyo la decisión que toma a alguna superstición congénita que desconozco. Hoy la he dejado a las cuatro en punto en la puerta de su habitación, sin más instrucción que esperarla en recepción para acompañarla al evento según el plan previsto.

Se ha cerrado la puerta tras de ella y he vuelto por mis pasos.

Al otro lado, en la habitación todo está dispuesto.

El traje reposa en el galán, preparado como si aguardara a que le dieran vida para cumplir un papel importante. Cree que ha elegido bien; el rojo era demasiado llamativo, el gris no parecía un buen presagio y el negro lo reservaba para la cena que seguiría. El estilo marinero era suficientemente elegante sin saturar de formalidad su imagen.

La peluquera había hecho su trabajo, dar vida a una media melena que había dejado de ser canosa por efecto de un tinte mensual que recibía de manera tan sistemática como si se tratara de un medicamento imprescindible.

Reposa en la cama de la habitación de un hotel que diligente y discretamente, su secretario reservó para ella. No duerme. No es momento para hacerlo. Mantiene el cuerpo relajado y la mente activa, revisando uno por uno algunos aspectos del protocolo que no quiere olvidar. Después repasa la lista de asistentes. Algunos se han disculpado, pero aún así espera que el salón esté lleno. Ha reservado unas butacas para sus padres en un lugar discreto. Ya están en la ciudad, pero no los ha visto todavía. Una sobrina se está encargando de ellos, de que se sientan cómodos y no les falte nada. Tendrá que tener un detalle luego con la niña; es una joya, siempre dispuesta a echarle una mano en ocasiones clave.

Ha revisado uno a uno los puntos del discurso, se siente segura con lo que quiere decir y lo que debe no decir. Lo ha escrito ella misma, siempre lo hace. Como siempre, ha dejado leer alguno de los primeros borradores a los asesores, pero nadie conoce el redactado final y será una sorpresa si incorpora alguna de las críticas que estos le hicieron. A veces les molesta este hermetismo, pero han asumido a fuerza de vivirlas, las normas del trabajo.

Ella está preparada. Cree que le ha sobrado tiempo suficiente y desearía empezar ya para terminar pronto.

Por un momento duda de si ha dormido un poco.

El teléfono, un móvil viejo y desfasado que la acompaña desde hace algunos años, ha empezado a sonar en la mesita. Al otro lado, el secretario aguarda ansioso la respuesta. Nunca tarda más de tres o cuatro toques en llegar la respuesta.

Responde.

Definitivamente ha debido de dar alguna cabezada.

Mira la pantalla e identifica el origen. Responde quedamente. Nada importante. Alguien ha mandado unas flores al despacho y, siguiendo sus instrucciones, el secretario fiel lee la nota adjunta desde los varios cientos de kilómetros donde se encuentra. Nada importante, es solo cortesía cuyo agradecimiento delega en su interlocutor. 

Cuelga sin más y empieza a prepararse.

Un vaso de agua fresca, la ducha, el maquillaje, el traje marinero prenda a prenda, un poco de perfume sin hacerlo excesivo, el reloj, la medalla que lleva desde niña, la revisión del bolso, el teléfono móvil, el portafolios, dos copias del discurso, la pluma y unas hojas en blanco, los zapatos que aguardan lustrados al lado de la puerta, ….

Abre decididamente la puerta y se encamina por la misma alfombra roja que un par de horas antes recorrieron jefa y escolta juntos.

Abajo, en un lugar discreto cerca de la recepción le espera el guardaespaldas que no necesita más que una mirada para seguirla de cerca por los pasillos del pequeño hotel de provincias.

 

Oigo el acompasado sonido de sus tacones a pesar de la alfombra.

Último trago de café y me incorporo alisando la americana con la mano y colocando la corbata recta sobre los botones de la camisa. Me toco los bolsillos de manera instintiva para confirmar que en uno está el arma y en el otro el teléfono y las llaves del coche.

Dejan de oírse los pasos y siento su mirada sobre mí. Con ella llega el gesto necesario e iniciamos un desfile ágil y silencioso hacia el salón previsto. Revisamos la estancia el día anterior y quedamos en entrar por la pequeña sala que hay detrás del estrado. Así evitaremos periodistas y curiosos y se dará un efecto sorpresa al aparecer de frente al auditorio cuando estén todos dentro y aguardándola.

Ordenó ayer, en mi presencia, al resto de colaboradores que se mezclaran entre el público. Lo tenía  decidido y fue muy contundente. Quiere obtener con ello información hasta de los murmullos. En el fondo yo creo que pretende evitar compartir atenciones y fotos con algunos rivales escondidos entre los allegados.

Hemos  llegado a la sala sin ningún incidente.

Se amontonan a un lado algunas sillas que no usaron y algunas cajas con copias de folletos que sobraron de otras actuaciones. La espera antes de un acto transcurre siempre en silencio. La observo. Con la mano derecha flexionada hacia el hombro sostiene el bolso con mucha ligereza; mientras, la izquierda agarra con firmeza el portafolio de piel que hoy lleva su futuro. Lo agarra como si  perderlo pudiera suponer el fin de su carrera. Pero yo se que no es por eso, porque conoce una a una las palabras que vienen. Pero nunca se arriesga. El portafolio le añade imagen de firmeza.

Permanezco al lado de la puerta por la que hemos accedido a la pequeña sala y no pierdo detalle de cuanto hay en ella. Tengo que estar especialmente atento a las otras dos puertas. Por una de ellas ha de salir la jefa a cumplir su tarea y yo quedaré en la sombra, sin perderla de vista.

Suena la música.

Sale ella agitando, con una soltura casi ingenua, su media melena de mechas impecables y deja en una silla el bolso de mujer para abrir sobre la mesa el portafolios y sacar, entre aplausos y flashes, solo los folios blancos y la pluma.

Se sienta y espera sonriente a que vuelva el silencio.

Escucha las palabras de su presentador que prometió ser breve; aunque se le hacen largas. Le parece que omite detalles importantes. Ya dirá al secretario que revise las notas de su presentación.

Empieza su discurso.

”Señoras y señores,

He asistido como todos ustedes al cambio de los tiempos y he visto el crecimiento que ha tenido la empresa. No les diré los números que pueden consultar en los archivos. Me interesa llevarles hacia la cualidad de nuestra historia para llegar después a los retos que prepara el futuro.

Para ello, empezaré narrando alguno de los hechos que me han traído hasta aquí y a los que debo el haber adoptado decisiones difíciles a la par que importantes.

Destacaré de ellos que me tocó luchar desde la infancia, porque  todos pensaban que la niña, si no casaba pronto, podría dedicarse al magisterio o a la enfermería, que eran ocupaciones buenas para las mujeres. 

Y la niña, que soy yo, empezó a renegar de ese determinismo y a defender su puesto en otros puestos.

Tengo que agradecer a mis padres, que hoy nos acompañan, que entendieran mi opción y que me hayan acompañado en todas las opciones que vinieron después; aunque implicaran renunciar al descanso y a veces, hasta a la cercanía de su única hija. Hoy, desde mi condición de mujer adulta, entiendo más su apoyo y sus renuncias y quiero, desde esta tarima, agradecerles, más todavía que su presencia aquí, su presencia a mi lado en todas las decisiones de la vida.

Después me fui enredando en un mundo de números y leyes que, permítanme confesarles, es a veces tan aburrido como otras es apasionante.

Ya han oído en mi presentación mucho de esto, pero reseñaré, por la conexión que tiene con el tema que les ha traído aquí, mi temprano acceso a responsabilidades importantes. Gracias a ello he conocido la empresa desde distintas ópticas que hoy me permiten presentar el proyecto para el que quiero pedirles su apoyo”.

Y así, entre alegatos afectivos y argumentos matemáticos, presenta la propuesta de reducir los gastos para incrementar los beneficios.

Al final, como siempre, suenan aplausos.

Para algunos el premio a una mujer que ha tenido el coraje de llevar una empresa hasta ese extremo. Para otros la garantía de un puesto de trabajo. Otros simplemente dan por finalizado el trámite y abandonan la sala discretamente por el fondo.

Uno de ellos, que aplaudió con fervor, se aproxima ahora con paso decidido al estrado que todavía ocupa la conferenciante. La sombra del guardaespaldas lo mira desde los pliegues de la cortina de la pequeña puerta.

¡Indignaos!

Stéphane Hessel

"Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es un valor precioso. Cuando algo te indigna como a mi me indignó el nazismo, te conviertes en alguien militante, fuerte y comprometido. Pasas a formar parte de esa corriente de la historia, y la gran corriente debe seguir gracias a cada uno. Esa corriente tiende hacia mayor justicia, mayor libertad, pero no hacia esa libertad incontrolada del zorro en el galllinero. Esos derechos, cuyo programa recoge la Declaración Universal de 1948, son universales. Si os encontráis con alguien que no se beneficia de ellos, compadecedlo y ayudadlo a conquistarlo."

Votaré.

20 de mayo de 2011

La mayoría de los políticos y hasta algunos ciudadanos se están poniendo nerviosos, pero a mi me gusta que la gente sea capaz de plantearse una meta colectiva, en forma de reivindicación, y se siente a defenderla. Me gustaría, y confieso mi escepticismo, que pasada la euforia inicial, la atención de los medios, la tensión del momento, mantuvieran la meta y la alcanzaran. 

No creo que si la situación hoy planteada se hubiera dado días antes o después, cambiara en sí misma drásticamente. Ni la crisis dejaría de serlo ni sería más grave. Ni las listas de parados crecerían o decrecerían a ritmo desconocido. Ni las expectativas de los universitarios serían diferentes en esencia a las de hoy. Sería distinto el interés de la prensa, el miedo del candidato, la fiesta del acampado.

Me pregunto, qué pensarían y dirían quienes se expresan hoy con radical contundencia si lo convocado fuera, por ejemplo, manifestación religiosa, o a favor de determinados valores morales (simultáneamente considerados inmorales para otros), o un movimiento de apoyo al tercer y lejano mundo, o un desfile de colores y sonidos, … ¿Son temas ajenos a la política? No en mi criterio, y mal hemos andado alguna parte del camino si hemos logrado aislar de la política la parte que es gestión quitándole la esencia de las ideas, de los valores y de las palabras.

Yo ya he decidido mi voto y lo sabéis. Iré a votar con diligencia el domingo y pondré mi empeño en que la torpe maquinaria que hoy tenemos funcione. Tenerlo decidido no me impide soñar con una máquina mejor. No condicionará mi voto la protesta. Y sin embargo, asumo muchas de las propuestas que ando oyendo sin orden en las calles.

Reivindico, desde mi usual teclado, la posibilidad de hablar y de votar el mismo día. Me gustaría, mañana como cualquier día, explicar por qué voto lo que voto sin tener que llegar a las guerras absurdas de la confrontación sin más esencia. Y escuchar por qué votan o no votan los otros; conocer lo que esperan y sueñan.

Votaré pasado mañana. Y me indignaré mañana ante cualquiera que lleve en mi presencia la reflexión al absurdo de negar la palabra. No nos tomen por tontos, un pueblo que es maduro no se deja influir sin más ni más.

Hoy, con Blas de Otero

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

La tortuga.

Final del cuento del mismo nombre de Patricia Highsmith.

Víctor no pudo probar bocado de la cena, aunque el guiso de tortuga se serviría a la noche siguiente, y su madre no pudo obligarlo a comer, aunque lo sacudió por los hombros y lo amenazó con darle otra bofetada. No dijo una palabra. Se sentía muy distante de su madre, incluso cuando ella le gritaba en las narices. Se sentía muy raro, como esas veces cuando tenía ganas de vomitar, pero en ese momento no tenía ganas de vomitar. Cuando llegó la hora de acostarse, tuvo miedo de la oscuridad. Veía la cara de la tortuga en todas partes, con la boca abierta y los ojos desorbitados en una mirada de dolor. Víctor hubiera querido salir por la ventana y flotar, irse adonde quisiera, desaparecer y al mismo tiempo estar en todas partes. Imaginó las manos de su madre atenaceando sus hombros, si lo veía intentando salir por la ventana. Odiaba a su madre.

Se levantó y fue en silencio a la cocina. La casa estaba completamente a oscuras, pero Víctor dirigió su mano con precisión a la hilera de cuchillas y tomó con suavidad la que buscaba. Pensó en la tortuga, convertida en pedacitos, mezclada en la salsa de crema y huevo y jerez en la cacerola dentro de la heladera.

El grito de su madre pareció desgarrarle los oídos. La segunda puñalada penetró en su cuerpo y le perforó la garganta otra vez. Sólo el cansancio lo hizo detenerse y, para entonces, oyó gente afuera que trataba de abrir la puerta. Víctor se dirigió a la puerta, corrió la cadena del pasador y abrió.

Lo llevaron a un edificio enorme, lleno de enfermeras y médicos. Víctor era muy callado y hacía todo lo que le pedían y contestaba las preguntas que le hacían, pero sólo eso. Como nadie preguntó nada de la tortuga, no mencionó el tema.

¡Hogar, dulce hogar!

Suspense, ¿reto o atrevimiento?

Con el ligero giro de la llave abre la puerta del pequeño estudio que alquilan hace un año. Simultáneamente arroja sus zapatos de tacón hacia dentro de la casa y lanza un suspiro de satisfacción por el final del día. El pasillo deja ver que la luz del fondo está encendida y en la televisión suena el partido. El final del pasillo es casi toda la vivienda. Termina en dos ventanas que miran a la calle y le dan amplitud. No pasa de unos treinta metros cuadrados pero aloja, incluso con cierta coquetería, toda una casa. Es la vivienda que soñaban pese a algún problema con grifos y desagües que a veces la saca de sus casillas. Por otra parte pueden permitirse el alquiler y llegar a fin de mes tranquilamente.

Cierra la puerta y deja el manojo de llaves en el vaciabolsillos de piel que hay en el pequeño estante detrás de ella; empieza a hablar con monotonía y tono alto, indiferente al acto mismo de la escucha del otro.

- He llegado tarde porque al jefe se le ha ocurrido una reunión de última hora. ¿Has cenado? Te traje una pizza a media tarde.

Apenas dos pasos adelante y empuja el tendedero para poder abrir la puerta del servicio.

- Ya sé que el apartamento es pequeño, pero podías esforzarte en mantenerlo recogido. La ropa lleva seca varios días y no te has molestado en recogerla.

Se ha quitado el traje ejecutivo, clásico gris con los ribetes pespunteados que compró en las rebajas. Lo deja en el perchero del pasillo para terminar de cerrarse el albornoz que ha alcanzado extendiendo la mano desde la puerta del baño.

- ¿Has estudiado hoy?

Tan solo un paso más y el pasillo se ensancha para dar lugar  a la cocina sin dejar por ello de seguir siendo pasillo. El monótono relato del partido de fútbol es la única respuesta. Sigue con su discurso que suena a cotidiano:

- Menos mal que he venido sola; le dije a Marta que viniera a tomar algo. No aceptó. Hubiéramos dado mala imagen con este desastre de casa. ¿Por qué no has recogido los restos de tu cena. Voy a ducharme y ya hablaremos.

Vuelve a abrirse la puerta del baño y aparece con el mismo albornoz y una toalla de casi tantos colores como años, liada a la cabeza. Instintivamente vuelve con rapidez al baño y cierra fuerte el grifo de la ducha.

- Deberías llamar a un fontanero que revise los grifos.

Avanza un par de pasos. El televisor muestra ahora la predicción del tiempo: “Cielos despejados en el centro y riesgo de tormentas por la tarde”. No hay nadie en el sofá y se dice a sí misma.

- No está de más que aproveches el tiempo del descanso para tirar la basura, después de toda la tarde vagueando en la casa. 

Retorna  a la cocina para buscar su cena. Aprieta el grifo bien; parece que gotea y le pone nerviosa el soniquete. A veces se produce en el piso de arriba y no queda más remedio que aguantarlo. Pone en una  bandeja los restos de la pizza y una cerveza fría y vuelve hacia el sofá. No necesita hablar pero se está inquietando.

- ¡Qué extraño que te pierdas un minuto de fútbol!

Se reanuda el partido, y salvo por el monótono discurso del locutor deportivo, todo es silencio en torno suyo. Empieza a inquietarse y confiesa en silencio su extrañeza.

- ¿Has ido a por cervezas o me estás vacilando?

Apura su bebida y se levanta mirando de soslayo hacia los lados. Primero no se mueve, como si lo dudara. Tres pasos la llevan de regreso a la cocina para volver, de nuevo silenciosa al salón. Le parece adivinar tras el biombo que sirve de pared al sofá, que hay alguien en la cama. Lentamente se acerca. Apenas dos zancadas de silencio con palabras escritas en su mente que grita de repente:

- Si me estás asustando, te juro que te mato.

Tira del edredón mientras las grita y nadie se levanta.

La camiseta blanca brilla como un insulto encima de las sábanas. La segunda mirada se las muestra manchadas de algo muy rojo y muy oscuro que la asusta y le impide gritar.

Escucha nuevamente el ploc, ploc, y observa en una esquina un charquito de sangre que, al crecer, avanza lentamente de la cama al sofá.  

La "morosa" le saca las perras a Orange.

 Utilizando el titular encontrado en

www.laverdad.es (13.04.11)

Estimado Orange,

Disculpe que me dirija a usted en estos términos,  pero no sé el nombre de la persona a la que debo dirigir mi escrito.

Cuando fui consciente del problema llamé al número de teléfono que indicaba los folletos y hablé con Carla, quien amablemente me pasó con un chico de acento hispano, llamado Richard que me dijo estar comprobando mi expediente. Como la llamada se cortó durante la espera no sé si logró comprobarlo o no.

Unos días después volvía a llamar al mismo número. No debía de estar Carla, porque me atendió Andrea. Yo siempre pensé que Andrea era nombre de chica, pero tenía voz de chico quien me atendía. No me atreví a aclararlo con él y me quedé con la duda de si se trataba de un tema de hormonas, politonos o identidad sexual. En cualquier caso fue amable, y volvió a comprobar mi expediente sin encontrar, por cierto, ninguna referencia a Richard. Me dijo que debería ponerme en contacto con el Departamento de móviles y amablemente me facilitó el número.

Hice la llamada inmediatamente y, después de un rato de música y “todos nuestros operadores están ocupados, permanezca a la escucha”, me atendió Natalia. Por cierto, que como llamo desde un teléfono móvil pude aprovechar para tender una colada mientras así permanecía; sujetar el teléfono entre hombro y oreja solo me produjo un ligero dolor en el cuello que ya se me ha quitado. Le decía que me atendió Natalia, a quien expliqué nuevamente la incidencia. Intentaba contarle también mi trayectoria de llamadas pero no me dejó. No fue maleducada, pero parecía tener peor carácter que los anteriores. En cualquier caso me pareció eficaz pues me dijo que en cuarenta y ocho horas mi solicitud estaría atendida.

Dos días más tarde todo seguía igual. Esperé un tercero que según mis cuentas, aunque nunca las matemáticas han sido mi fuerte, pasaban de las setenta y dos horas de mi conversación con Natalia. Volví a llamar al Departamento de móviles y pregunté directamente por ella. Imposible localizarla. Para mí que ni la conocían, así que volví a contar mi historia a Alejandro y tuve la paciencia de esperar a que mirara en mi expediente si el tema estaba resuelto o por resolver. No encontró nada, pero me dijo amablemente que me pasaba con el Área de clientes. De nuevo música y espera, y otra vez la misma sintonía de clásico electrónico que no me gusta nada. Me permito sugerirle que varíen la programación de la espera; se hace aburridísimo escuchar la misma pieza siempre. ¿Ha pensado que conectar con KissFM o Cadena Dial, sería más entretenido para sus clientes?

Sigo contándole. En el Área de clientes  Juan, que tanto podría ser hispano como andaluz o canario, me informó de que debía, al hacer la primera solicitud de rescisión del contrato, haber remitido copia de la última factura y del contrato original. Me ofrecí a enviárselas ahora pero amablemente, aunque hablando más rápido de lo que yo podía escuchar sin esfuerzo, me indicó que había superado el tiempo permitido para ello y, por lo tanto, tenía la obligación contraída con la empresa de abonar las facturas e iniciar de nuevo el procedimiento mediante una solicitud en forma. Para entonces yo iba tomando nota de lo que me decía y, pese a la velocidad de su verbo, creo estar reproduciendo sus palabras casi al pie de la letra.

No sé si en mi silencio o en mi posterior respuesta debió notar mi enfado. Solo me dio tiempo a decir, después de un suspiro que yo creí de resignación, que preguntaría en la Oficina de consumo. Directamente me pasó con Grandes clientes, y me sorprendí al no volver a escuchar la música entre clásica y metálica a la que ya me estaba acostumbrando. En unos segundos estaba hablando con Andrés Sánchez. Dudé si tutearle, porque era el único con apellido, de todos los trabajadores de la empresa con quienes había hablado hasta el momento. No tuve que contarle mi problema. Creo que tenía delante mi expediente; o a Juan al lado para irle contando. En cualquier caso se ofreció, de inmediato y de motu propio, a enviar a un representante de la compañía para aclarar el tema y hacer cualquier gestión directamente conmigo en mi domicilio.

Dos días después pasó lo que ya sabe. Un asesor comercial llamado Esteban se presentó en mi casa. Parecía agradable y comprensivo, pero llegados al tema del pago de los recibos no fue nada tolerante. Empezó a hablar de números y cláusulas, de las obligaciones contraídas, de facilidades de pago a bajo interés, …

Yo solo quise asustarle un poco para que se marchara y me dejara tiempo para pensar qué hacer. Las perras estaban en el patio. Habían ladrado un poco y no habían salido al campo desde el día anterior. Tan pronto abrí la puerta se echaron sobre Esteban. No son violentas y apenas le mordieron, solo le hicieron algún rasguño y los moratones del golpe de caer. En cuanto yo silbé volvieron al patio y él se marcho corriendo y asustado sin tomar ni siquiera el vaso de agua que le ofrecí para el susto.

Me ha dicho mi abogado que, si pido disculpas, todo este lío terminará pronto. Por eso es que le escribo. Por cierto, ya no quiero reclamar. Pagaré las facturas pendientes como pueda, aunque son malos tiempos para los despilfarros, pero me da igual si no me dan línea nunca ni me envían los regalos que me ofrecían.

Acepte mis disculpas y delas de mi parte a Carla, Richard, Andrea, Natalia, Alejandro, Juan, Andrés Sánchez y a Esteban; especialmente a Esteban por lo de las perras.

Atentamente,

“La Morosa”

Inicio.

27 de marzo de 1968

La casa se ha ido llenando de actividad. Hace una semana vinieron los abuelos.

Hoy, al caer la tarde llamaron también a Vicenta, la vecina que es como si fuera parte de la familia. La fecha es la prevista y María parecía estar de parto. Los dolores iban en aumento y, aunque las aguas estaban en su sitio, procedía ir preparando el acontecimiento.

A la niña mayor se la llevó una prima. Tiene apenas dos años y había empezado a ponerse nerviosa con el revuelo instalado en la casa. La madre ha preguntado varias veces por ella. Después ha preparado una pequeña bolsa con algunos juguetes y una muda para que se la lleven.

En la sala la radio está encendida. Solo el abuelo parece hacerle caso, aunque a veces una cabezada involuntaria le sorprende y descubre que ha perdido el hilo del discurso. Escuchaba una novela antes de la cabezada y están hablando de toros cuando reacciona.

Ramón ha ido a avisar a la matrona. Cuando le ha dicho que los dolores aún están distanciados y que no ha roto aguas, lo ha mandado de vuelta en solitario. Tendrá que volver a buscarla cuando todo esté más cerca. Quizá se pase ella antes si termina su ronda y sus obligaciones antes de nuevo aviso. Ha pedido que preparen toallas y tengan agua caliente, que compren algodones y unos botes de alcohol.

No ha gustado a Ramón que le den largas. Además no está la tarde para andar saliendo a cada rato. Hace frío de invierno, sin lluvia ni humedades, pero frío de hielo que congela los huesos. La noche amenaza con ser peor porque empieza a hacer viento.

Entretanto María ha estado yendo de la mecedora a la cama por momentos y con ello cambiando de la sala a la alcoba. Siempre la sigue alguien, su madre o la vecina. En el fondo desearía que no hubiera tanta gente, pero agradece a todos las atenciones y cuidados que le dispensan.

Los líquidos han empezado a fluir y su madre y Vicenta, le han ordenado quedarse en la cama mientras esperan la vuelta de Ramón con la matrona. Se le hace grande para ella sola. Su madre ha puesto sábanas limpias y alguna entremetida para proteger el colchón. Quiere dormirse, pero cuando está a punto de lograrlo, de nuevo el dolor punzante la despierta. Aprieta los labios y los puños para no gritar y coge el pañuelo que le han dejado en la mesilla para morder, pero el dolor remite y solo lo encierra entre sus dedos.

Ramón ha llegado a casa. Pasó por la farmacia. Toma un vaso de leche preparado por su suegra y se dispone a bajar para sentarse al lado de la cama de María. Desde la puerta escucha que están dando noticias en la radio; hablan de una guerra en Vietnam que imagina tan lejana como cruel. Por la ventana se escucha el viento que sopla cada vez con más fuerza. El árbol del jardín se agita con intensidad creciente, como también es creciente es la oscuridad de la noche que llega.

Acaba de entrar al dormitorio cuando alguien golpea el llamador de la puerta. La conoce por la voz, la comadrona se ha adelantado al segundo llamado. Lo agradece, no quiere andar por las calles en una noche que se presenta tormentosa, pero menos quiere volver a dejar sola a María.

La mujer, alta y delgada, con su maletín de trabajo apretado en la mano derecha camina hacia la alcoba. La recuerda del anterior alumbramiento. Es además la única habitación de la planta baja con la luz encendida y, para cuando ella alcanza la puerta, Ramón está asomado aguardándola. Intercambian unas frases que no llegan a conversación mientras se acercan a la cama: la mala noche escogida por la criatura para nacer, el estado de la parturienta y los preparativos realizados.

La vecina entra en el cuarto detrás de ellos y cierra la puerta.

La abuela sube al comedor y regaña a su marido que, ajeno a la radio y al momento, ha dado una nueva cabezada.

Al cabo de un periodo incalculable, la vecina irrumpe en el comedor. “Es una niña”  - dice – “y las dos están bien”. 

En la radio, que sigue encendida aunque nadie le hace caso, una voz femenina con acento extranjero canta “Cállate niña, no llores más, …”

Por un momento quien se calla es la radio y en su lugar, un golpe de viento sopla afuera y hace estremecerse la casa como si el temporal hubiera nacido dentro de ella.

Poesía.

21 de marzo, Día Mundial de la Poesía

Hoy la he visto en los ojos tristes de un viejo que gastó las palabras, y ahora, solo mira pasar un día tras otro sabiendo que ya nada será nuevo. La vi al mirar sus manos con los ojos aguados para evocar quién fueron, en su cabello cano, y en su mirar perdido.

He visto a la poesía en la pelea de niños cargados de razones contrarias para el final de un juego. Sus profundos motivos les llevaron al grito, y un grito frente a otro hicieron un poema de fuerza inmensurable. A esta elegía de infancia siguió espontáneamente, de forma inevitable, una nueva tonada al ritmo de otro juego con razones comunes.

He visto la poesía en un hombre llorando por un amor perdido pese a vivir rodeado de amores más sencillos. La he visto al mismo tiempo en la mujer que espera que le alcancen migajas de un cariño que nunca había pedido.

Y la he visto en suspiros andando por las calles, montándose en los coches, caminando al mercado, huyendo de las guerras, evitando el olvido. La he visto entre las prisas, en ruidos e ignorancias, en el dolor ajeno y en risas compartidas. La encontré en los olores que han vivido conmigo y en los que me llegaron viajando de otras tierras. La observé estremecerse al encontrar amigos y temblar de tristeza en casa de mediocres. La he visto retratarse y no reconocerse. La vi evitar a aquellos que ignoran que ella existe.

La he visto en tantos sitios, y ser tan diferente, que le abrí mis ventanas, ... puede vivir conmigo.

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Recuerdo aquel paseo ...

Un poco de nostalgia con José Corredor - Matheos

"Recuerdo aquel paseo
solitario
en que sólo el silencio
era lo que alcanzaba
a oír entre las hojas,
y podía sentirme
como un árbol,
sentirme como un pájaro.
Y recuerdo también
un único paseo
acompañado,
hace ya mucho tiempo.
No puedo recordar
quién pisaba las hojas
a mi lado."

Autorretrato.

 

Está sentada en el sofá, un sofá extraño que la acoge mientras se piensa. La televisión le cuenta las mismas noticias de siempre, comentadas con un tono nuevo o con algún toque de agenda que se cuela en la actualidad, y que ella escucha con una indiferencia que se ha ido creciendo en los últimos tiempos. No necesita mirar al televisor, su mirada depende del folio en blanco que está dispuesta a llenar y se distrae, solo lo imprescindible, lanzando un ojo por la ventana que le devuelve el cielo azul y frío de febrero.

Tiene que presentarse, ¿mas quién es ella? Duda qué destacar. Ya ha escrito otras presentaciones. Si el folio hoy no se llena o se emborrona, puede tirar de ellas; son sinceras.

¿Debería empezar por lo físico?

Se lo toma como un ejercicio escolar. Es posible decir que es más bien baja; que no se siente fea aunque no es guapa; que lucha contra unos kilos que no llegan a angustiarla, … Puede empezar por dar detalles: lleva media melena castaño natural y se empeña en mantenerla lisa contra la voluntad del propio pelo. Sus ojos son marrones, aunque alguien le ha dicho en tiernas ocasiones que pueden alcanzar un reflejo verdoso al mostrarse más vivos. Su tez es clara, pero no pálida, …

Mira por la ventana de soslayo y le parece inútil lo que ha escrito. La quietud de la tarde la despista y quiere empezar de nuevo su retrato.

¿Qué tal si contara algo de su historia?

Nació en el sesenta y ocho pero no fue elección y no es por tanto mérito. Ignora si eligieron por ella, y se siente querida desde entonces.  Cree que ha sido feliz y tiene decidido seguir siéndolo.  Su casa siempre ha sido bulliciosa; siete hermanos en tiempos de distracción nada electrónica. Y frecuentes visitas por distintas razones: la fragua del padre siempre estuvo en la casa, una familia extensa que era también numerosa, adscripción religiosa en minoría que fue causa de frecuentes reuniones en casa, … Se sorprende. Su historia de algarabía parece no encajar con la imagen que muestra de mujer solitaria, independiente, emancipada en una casa en la que al escribir no se escucha más ruido que el de un televisor a medio tono que emite su monólogo.

Pero hablar de su origen no es hablar de su historia. Pudiera ser tedioso para quien lo leyera seguir toda su infancia, después la adolescencia, juventud, madurez, ... ¡Se siente tan pequeña! ¡Pero ha vivido tanto! Que de nuevo abandona y vuelve a la ventana. Unos niños inician un juego en el jardín.

¿Podría quizás hablar de su presente?

Trabaja, quizá eso la defina. Y se siente feliz con el trabajo que ha vivido como un continuo cambio dentro de su querer. Le satisface. Se sigue definiendo como maestra aunque hace ya diez años que no ejerce. Echa de menos el ruido de la escuela. La educación le gusta (iba a decir “le pone” pero suena excesivo para el primer contacto y pueden “ponerle” muchas cosas que no debe contar en la primera imagen). Dirección, orientación, formación, asesoramiento, … y ahora inspección. Demasiado sonoras las palabras para el sentido humano que deben encerrar.

Mejor cambia de tercio y empieza nuevamente su retrato.

Es mujer.

Se llama Nohemí y le agrada su nombre.

Ha terminado su jornada en el despacho y se ha sentado a escribir. Tiene que presentarse para empezar el curso y quiere ser sincera.

Se siente cómoda en el recién inaugurado estudio en el que pasa la mitad de la semana por razón de trabajo. Le encanta la luz que tiene y las vistas a la ciudad tranquila, especialmente hoy que es casi primavera y se le antoja que tiene luz de otoño.

Quiere escribir. Lo sabe desde hace tiempo, pero necesita ayuda para hacerlo e impedir que la vida se le pase tan rápido que quede lo importante sin hacer por atender tan solo a las urgencias.

Despedida.

Dejadme compartir este texto que acabo de reencontrar

en un cuaderno viejo y amarillento.

Por si el adiós no llega,

y el tiempo y la distancia nos separan,

déjame pronunciar, desde el silencio,

tan solo algún suspiro, entre palabras.

 

Déjame que te diga que he vivido,

hasta el último instante de jornada;

que no me arrepiento del camino,

y que guardo imágenes muy claras.

Déjame que te diga que no quise,

herirte a tí, ni aún dañar tu casa,

ni arañar la fachada de las cosas,

ni cambiar la apariencia de la nada.

Déjame que te diga que cultivo

el recuerdo en el centro de mi casa

y sigue floreciendo hacia adelante;

madrugaré a cuidarlo, tras mañana.

Déjame que te pida que perdones

lo que en mi tierra creció como cizaña,

y no arranques con ella el mucho trigo

que mi mano sembrara al trabajarla.

Déjame que agradezca tantas cosas

que asumí sin pensar que las amaba.

Incluso las que hirieron y dolieron

merecieron su tiempo y mi mirada.

Déjame que en momentos como éste

las lágrimas inunden mi mirada

y pretenda evitar la despedida,

o adelante el sabor de imaginarla.

 

Por si el adiós no llega,

y llega el tiempo

en el que compartir huele a distancia,

déjame recordarte dónde vivo,

déjame que me piense aún en tu casa.

 

Y si el adiós no llega

y el tiempo y la distancia nos separan,

déjame que no fuerce las palabras;

ya sabes lo que queda en mi mirada.

En las orillas del Sar.

Otro de los favoritos que van en mi memoria.

Alma que vas huyendo de ti misma,
¿qué buscas, insensata, en las demás?
Si secó en ti la fuente del consuelo,
secas todas las fuentes has de hallar.
¡Que hay en el cielo estrellas todavía,
y hay en la tierra flores perfumadas!
¡Sí!... Mas no son ya aquellas
que tú amaste y te amaron, desdichada.

Ramón y el resto.

Podéis entreteneros en buscar el "acróstico escondido".

La reunión era discreta. Ricardo era el referente y los había convocado en la barra de un bar. No era el sitio habitual, era un pequeño restaurante alejado de la oficina. Antonio, Manuel, Olga, Nuria y Ramón llevaban un rato charlando animadamente cuando él se ha incorporado. Hablaban de cosas intrascendentes, sin evitar alguna referencia a la situación de la empresa; diálogos cruzados poco comprometidos. Ha pedido una cerveza y se ha unido a la conversación. Enseguida ha invitado a todos a sentarse en una mesa alejada de la barra.

De camino hacia la mesa, con toda normalidad, ha iniciado el tema. “Ramón, por el momento, …

Por el momento ..., Ramón era un compañero más. Antonio y él habían coincidido en el pasado en algunas tareas y cree que las resolvieron bien. Ahora las recuerda. Tampoco habían intimado, pero habían sabido estar cada vez que se encontraban. Tuvieron alguna discrepancia que en ocasiones se había resuelto a favor suyo, y en otras de acuerdo con el criterio de Ramón. Le ha sorprendido que Ricardo los convocara fuera del despacho, pero debe tratarse de alguna nueva gestión que quiere mantener un poco en secreto; quizá algún cambio en la organización, o algún nuevo programa que requiere de un cambio de estrategia. No le importa, sea lo que sea cree que podrán hacerlo con tal que se organicen bien.  En estas cosas Antonio siempre se ha fiado de Ricardo; no cree que sea mal jefe. Será imprescindible que cada uno haga bien su parte. No tiene por qué dudar del resto de los convocados, tampoco de Ramón, pero cree que el compromiso debe quedar claro desde el principio. Si Manuel no lo decía se encargaría él mismo de hacerlo.

Por el momento ..., Ramón era solo un aspirante al puesto de dirección. Eso pensó Manuel. Lo había pensado desde el principio, eran los primeros que habían llegado a la cita y no habían tenido más remedio que hablar un rato. Manuel lo tenía claro, Ramón era un trepa. Pero no lo pensaba solo ahora, Manuel siempre había pensado que tenía aspiraciones. Lo pensó el día que se incorporó a la empresa, con su imagen impecable y sus buenas palabras. Detrás de su cortesía y su dedicación solo había pretensiones ocultas. Lo había sabido desde el principio. Además, una vez que lo conocías, ya no parecía tan inteligente ni tan capacitado como al principio. Tampoco era tan atractivo. Era solo cuestión de imagen y eso cualquiera de ellos podría superarlo con un poco de empeño. Quizá debería aliarse con Olga; juntos serían la mejor opción para la empresa.

Por el momento ..., Ramón era un hombre casado. Olga lo sabía desde el principio y nunca le había pedido otra cosa. No recuerda cuando empezó todo. Debió de ser a partir de un proyecto complicado que les tocó compartir. Fueron muchas horas de trabajo intenso, y algunos viajes. Recuerda haberlo admirado desde el principio, por su dedicación y su cortesía; y por dar siempre con la palabra y el tono adecuado.  A veces la sacaba de sus casillas. Sobre todo cuando mostraba esos episodios intermitentes de frialdad hacia ella sin razón alguna. No por el aparente distanciamiento, que podía llegar a entender, sino por cómo era capaz de mostrarse normal en todo lo demás. Sin embargo lo seguía admirando, y tenía una disposición inevitable a ayudarle en sus tareas y a defender sus mismos argumentos. Al contrario que Nuria, con Nuria parecía tener siempre un motivo de discordia.  

Por el momento ..., Ramón era el más inexperto. Nuria lo veía así. Demasiado inexperto para dejarlo solo. Demasiado inexperto para tomar decisiones. Y hasta demasiado inexperto para mostrarse siempre tan seguro como parecía. Su poca experiencia podía poner en peligro el éxito de la tarea que fueran a iniciar. Además algunos se dejaban llevar por sus opiniones y perdían de vista el criterio que durante años había funcionado.  Algunas de las chicas sestaban deslumbradas por él, y eso podía ser un serio riesgo para el trabajo. No era solo una cuestión de edad, era más bien de tiempo dedicado a la compañía y de experiencias vividas en ella. Ricardo no debía haberlo convocado.

Se habían sentado. Ramón había quedado, casualmente, entre las chicas y enfrente de Ricardo. Cada uno había traído, desde la barra, su pensamiento y su cerveza. El camarero les había seguido con unas raciones para acompañarlas. Tan pronto como se hubo alejado, Ricardo retomó el discurso:

Como os decía, Ramón por el momento, ... ”.

Escuela.

Muchas veces he dicho que lo que sé lo aprendí en la escuela.

A quienes hicieron mi escuela posible, este breve texto como homenaje.

En uno de mis textos anteriores prometí hablaros de mi escuela. Pues aquí estoy y voy a intentarlo. Empezaré diciendo que soy, sin duda, una mujer joven porque hoy creo que asistí a la escuela del futuro. No puede ser de otro modo si la comparo con la educación de la que hoy casi todos hablamos.

Mi escuela fue la mejor escuela, una  escuela privilegiada, no por lo que tuvo, los presupuestos debieron ser sin duda muy austeros. Tampoco por quienes asistimos, nos llevo allí el azar. Pero fue, gracias a quienes pusieron su empeño en ello, una escuela avanzada a su tiempo.

Mi vida escolar empezó en unas pequeñas aulas, próximas al campo, donde curse preescolar. El patio y el campo eran uno, por eso las llamaban “las camperas”. Pocos recuerdos tengo de esa etapa y no los califico. No son gratos ni ingratos. Mi familia era lo suficientemente animada como para no necesitar a otros iguales para socializarme. Mis amigos fueron llegando después, pocos conservo de mi tierna infancia.

Después tengo memoria irregular de mi colegio y sus distintas sedes. Los recuerdos se han ido borrando o haciendo nítidos a su propio capricho. Cuando de mayor, estudiante ya de magisterio, aprendí de la lateralidad y la psicología infantil entre otras cosas, entendí algún recuerdo de mí misma.

Por ejemplo, aprendí en mi escuela a diferenciar la derecha y la izquierda. Lo aprendí en el aula de primero. Entonces las ventanas quedaban a mi espalda. Eran ventanas antiguas, con cristal recio, como si siempre estuviera sucio. Solo la parte superior se abría y lo hacía hacia adentro, al tirar de una cadena. La apertura se regulaba en función del eslabón de la cadena que se fijara en el pequeño gancho clavado en el marco. Pues bien, con esos cristales a la espalda, en el puesto del aula más lejano de la pizarra, mi derecha era siempre la mano que tocaba la pared. No sé si la maestra de mis primeras letras, (que aprendí a fuerza de puntitos en cuadrícula y de gestos de manos como código de apoyo), me ayudó a recordar que esa era la derecha. Si sé que durante años, para identificarla, tuve que evocar en mi memoria esa ventana opaca a mis espaldas y la fría y blanca pared al alcance de mi mano.

Recuerdo en esa escuela, sentada en un poyete, que no tuvimos clases porque Franco había muerto. ¿Habría mejor motivo para alegrarse de la muerte de alguien?

Recuerdo el comedor y a Valentina, la eterna cocinera, con su mandil de cuadros blanco y negro. Y el olor de cada día que anunciaba el menú. Nunca he vuelto a comer aquel pollo partido en trocitos pequeños  y cocinado en salsa de algo fuerte y sabroso, pero no he olvidado aquel olor que se extendía por el patio desde la hora del recreo.

Recuerdo aquel despacho al que fuimos entrando poco a poco, a leer, a pedir material, a trabajar, … Los libros blanco y rojo pasaron por mi mano. Las máquinas de alcohol, la grabadora, fueron los instrumentos del periódico que empezamos a hacer. Las reuniones eternas después de la jornada escolar, la elección de delegados, los consejos de centro, las reuniones de padres, …

Y hasta el edificio fue cambiando. Cavamos en el huerto para hacer un jardín y en él, sobre un césped que nacía a trompicones, en uno de los árboles que ya estaban allí, colgamos un panal. Pintamos un armario para recuperarlo. Azul de fondo sembrado de estrellas, lunas y planetas blancos que fuimos dibujando con plantilla. Me han dicho que lo han visto olvidado en algún almacén municipal guardando polvo.

Recuerdo, ya en los últimos años en mi escuela haber aprendido casi todo. Recuerdo los debates, comentarios de texto, los talleres, mi inicio en la escritura, el placer de leer, los viajes, a visita a la charca a coger renacuajos, los planes quincenales, las notas personales en cada corrección, … Hablábamos allí de guerra fría, de las dos Alemanias, de Polonia y solidaridad, su sindicato. Preparamos meriendas a modo de guateques, y bailamos. Aprendí de mi pueblo y de sus calles, sus negocios, sus gentes. Conocí allí a Quevedo, Hernández, Sénder y a Rosalía de Castro. No tuvimos un libro, tuvimos muchos libros y hasta pedimos otros a embajadas del mundo, alguno de los cuales debe andar todavía por mi casa.

Justo es también decir que allí hice mis primeros amigos, y enemigos. Algunos ya no están, se han ido pronto. Otros se han ido diluyendo en los años y emergen en algún encuentro fortuito en el mundo de adultos. Con otros, la vida nos ha dado oportunidades nuevas de aprender y crear juntos. Todos cabíamos en aquella escuela, y allí fuimos felices.

¡Perdón! No os he dado los datos de tiempo y de lugar, un poco imprescindibles si pensáis que mi vida se ha movido entre escuelas. Pero no os confundáis, no hablo de la escuela que yo he hecho. Con todas sus virtudes y defectos, con mi pequeño empeño, esa escuela no alcanza a mi escuela de infancia que os evoco. De ésta es que os hablo y permitidme, queridos lectores, que lo haga con cariño, lo merece.

Las desiertas abarcas.

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Miguel Hernández