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Mudanza

Pensar mi vida a veces me hace verla como una continua mudanza. Diría que algún recóndito lugar de mis genes no biologicos quedó grabada la esencia del nomadismo. 

He cambiado de casa y de trabajo de manera cíclica y satisfecha durante toda mi vida, y lo he hecho en una especie de espiral que me permite conservar lo imprescindible el pasado y aventurarme hacia un futuro que siempre se presenta incierto.

Así hoy, la mudanza se escribe en mi blog.

Queda atrás la etapa de “ponteAescribir” que se abría también  asociada a mis mudanzas personales de 2010 y a mi reencuentro con la palabra escrita.

Por delante un nuevo “ponte A escribir”, con dominio propio, y muchas páginas en blanco, pero que carga en la mochila toda la tinta compartida en estos cinco años.

Os llevo conmigo y os invito a seguirme.

Me encontraréis en ponteaescribir.com mi nuevo blog y vuestra nueva casa.  

Carta a 2016

"Señor, enséñanos de tal modo a contar nuestros días,
que traigamos al corazón sabiduría"

Salmo 90.12

Querido “Año Nuevo”,

Es mi deseo que al recibo de la presente te encuentres bien. Así empezaban las cartas que años atrás me enseñaban a escribir, con el deseo de hacer de mí, como de tantos, ciudadanos educados. Sin embargo la vida me enseñó que hay cartas que se inician de otro modo porque también depende del destinatario y porque hay muchos modos de hacer incluso fuera de los llamados “buenos modales”.

Por eso, querido “Año Nuevo”, creo que debería haber cambiado mi comienzo, porque en realidad mi deseo es que nos encontremos bien nosotros cuando tú te marches. Nos has encontrado en buen estado, sin perjuicio de que todos lo creamos mejorable. El hecho de que llegues después de Navidad facilita las cosas, porque siempre nos hallas en un estado de postcelebración que ayuda al optimismo, y así te recibimos. Sin embargo, una visión objetiva de tu llegada nos haría recibirte con más cautelas. Los deseos de cómo acompañar tu compañía serían diferentes. Comer menos, o ejercitarse más no tendrían que ver con días de excesos cuando hay muchos que no te celebran que querrían comer más y caminar menos para salvar la vida.

Quisiera aprovechar para pedirte algo que creo que te ayuda.  Me permito pedírtelo porque sé que  te harán bien mis deseos para ti y que serán beneficiosos para todos. Quiero pedirte que cuando te vayas porque otro año venga a visitarnos, dejes detrás de ti un poco más de logros colectivos. Quisiera que en tu estancia el bien común no esté sujeto al bien prioritario de algunos y que el mal de muchos no consuele, sino aliente a espantarlo.  Quisiera que la injusticia  nos encuentre a todos de frente y abandone. Que no gane más el que más gana, sino quien más gana le pone a ganar para todos. Que contigo la indiferencia no gane terreno al compromiso, ni la confrontación habite las estancias en que debió vivir la convivencia.

No abusaré de ti ni de la confianza que dan un par de días vividos juntos. Creo que puedes hacerte una idea de lo que quiero y de que quiero que lo traigamos juntos. Tenemos muchos días por delante, pero no podemos confiarnos y encontrarnos al fin de tu visita con la tarea pendiente. Trabajemos desde el primer momento y que la inspiración, si llega, nos encuentre ocupados; que sea igual si quienes vienen son la mal llamada suerte, o la oportunidad. Y que al final, miremos hacia hoy con la satisfacción de las tareas cumplidas, de la conciencia satisfecha, y con la inquietud de esperar a otro año para hacerlo aún mejor, aunque las circunstancias sean adversas.

Y no me despediré sin felicitarte al menos por haber llegado, y por haberlo hecho con normalidad pese a alarmas de miedo que tienden a expandirse. Con lo injustos que somos tantas veces, y a veces tan ingratos, te felicitaré también porque has venido para quedarte más de trescientos días, por dejarnos quererte, y porque al despedirte, no queramos atarte a nosotros ni a nosotros contigo.

Mi querido “Año Nuevo”, bienvenido a tu tiempo con nosotros.



Feria 2015

Pregón inaugural de Ferias que tuve el honor de pronunciar el 24 de julio de 2015 en el Teatro Tomás Barrera de La Solana.

 

Tengo en primer lugar, que agradecer la oportunidad de estar aquí, en el escenario y seguidamente, tengo que pedir disculpas anticipadas porque no sé si lo que he preparado es un pregón propiamente dicho o una serie de pensamientos hilvanados, En cualquier caso,  nacen del corazón y me ponen ante mis propios nervios. Creo que me siento más cómoda con la palabra escrita que con la oralidad; pero ahora toca que se encuentren.

Era un 17 de marzo, llegaba yo, con mi maletín y mis prisas, a uno de los Institutos de Villanueva de los Infantes, cargada de tareas que ya apuntaban a un fin de curso emocionante. Saludaba en la puerta a quien, hoy Alcalde de la Villa vecina, me recibía desde la secretaría del centro. Sonó el teléfono. El móvil personal que yo tenía por moderno cuando lo adquirí hace apenas un par de años, y que es, a criterio de algunos, un vestigio casi inútil de la historia reciente de las comunicaciones. Pues eso, que sonó y mostró en la pantalla un número desconocido pero familiar, porque empezaba por sesenta y tres. Y allí una voz femenina me avisaba de que el alcalde de mi pueblo quería hablarme. La amistad, la confianza, el buen trato, el conocimiento mutuo, …. no restan seriedad a esos momentos en que “el alcalde” quiere hablarte. Allí nació el pregón; Antonio, Reme, Luis estabais ya en ello anticipando que yo querría que las personas fueran lo importante.

Y de manera casi simultánea, en esa necesidad de construir un pregón que mi aceptación telefónica provocaba, aparecía la sensación del vértigo ante el paso del  tiempo en los pueblos y en las personas. Parecía escaso el tiempo transcurrido desde la última feria, incluso casi nada el correr de los últimos años, y sin embargo, el futuro se avecinaba sin que nada ni nadie pudiera volver atrás. ¡Qué distinto sería mi pregón si hubiera tenido que decirlo unos años atrás! ¡Que emocionante estaba siendo mi vida en los últimos meses!

Esos dos pensamientos incipientes, las personas y el continuo avanzar, fueron el germen una idea que lucharía en mi mente con otras durante los 129 días que habían de transcurrir hasta hoy. Yo sabía que quería, desde el primer momento, dedicar el pregón a las personas, porque son (somos) al fin y al cabo, los que hacemos la vida, la historia, y hasta la feria, … Y quise que sonara aquella hermosa canción que primero fue un poema, dedicado por José Agustín Goytisolo a su hija Julia.

¿La recuerdan?

Tú no puedes volver atrás,
porque la vida ya te empuja,
como un aullido interminable,
interminable.
Te sentirás acorralada,
te sentirás, perdida o sola,
tal vez querrás no haber nacido,
no haber nacido.
Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso.
 

La Solana, a mis ojos, no es más que un puñado grande de hombres y mujeres, tomados de uno en uno, que solos no son (no somos) nada pero que juntos tienen (tenemos) el empeño de un pueblo imparable. La feria, es acaso lo mismo, un manojo de almas que una a una son como el polvo, pero que juntos construyen la alegría y marcan el calendario. Mi vida, mi propio modo de entenderla, está también en esas letras que son a la vez alegres y tristísimas.

Personas y fortaleza para seguir adelante, eso quería, desde el momento cero, poner en el pregón. Y el retorno desde Villanueva de los Infantes, en ese mismo 17 de marzo, hasta Ciudad Real, con escala inevitable en La Solana, lo viví con el eco de la llamada y de la invitación golpeando más en el corazón que en los oídos. El camino por la siempre hermosa carretera de Infantes, me devolvía la imagen de un pueblo real, fuerte y discreto, asentado en el horizonte, al que sentía mío sin tener que enfrentarme al resto del mundo por ello. Y me lo imaginaba, aunque era primavera, en una calida noche de verano, empezando sus ferias y dedicando roces y voces a propios y visitantes, que de un modo u otro se reencuentran cada año.

 ¿Pero cómo decirlo?

La idea estaba clara. Pero la mente que es viajera producía otra idea traicionera de inmediato, como si fuera imposible que el pregón que habría de lanzarse al viento, fuera el mismo que estaba naciendo en el pensamiento. Hasta hoy mismo la mente y el papel han estado luchando por llevar el pregón por otros derroteros. ¿Y si les hablas de tu trabajo? ¿Y si te inventas una bonita historia? ¿Y si buscas fragmentos de autores que te hablaron y los hilvanas con un poco de tu letra?

Me parecía más fácil; lo complicado es siempre ser sincera y ponerse, de algún modo ante el espejo de la palabra hablada. Pero yo quería encontrar el pregón que ya había visto en escasos segundos, en aquella visita de trabajo al Campo de Montiel. Los pueblos,  como las personas, pueden sumarse de uno, y es la suma la que da al Campo de Montiel su fortaleza frente a las ganas de volver atrás cuando el futuro es incierto y el pasado todo esplendor. Así La Solana en ese Campo de Montiel, del que es puerta certera, es para mí también un símbolo de que las gentes suman y avanzan.

Con la idea afianzada se hizo necesaria una libreta en la que irla anotando de cuando en cuando. José Luis Sampedro la llamaba su ordenador portátil. Y así, la imagen de la libreta de las notas me fue enlazando a una persona con otra de cuyos afectos no puedo tampoco volver atrás. 

Hubo un tiempo en mi vida en que me acompañaba siempre una libreta gorda, encuadernada a propósito de folios reciclados, a la que yo llamaba “mi memoria”. Y entonces también las “Palabras para Julia” estuvieron conmigo. Fueron entonces esas palabras un regalo de Mª Carmen. Me recuerdo en el despacho de la que siempre llamaré “mi escuela” con los afectos muy rotos y muchas ganas de huir, asumiendo la dirección del colegio en el que hasta entonces trabajaba. Mi colegio. Un colegio público centrado en las personas, que las sumó una a una, sin que ninguna en ningún caso, quisiéramos ni supiéramos volver atrás. De un segundo plano en las decisiones me tocaba el primero; de sentirme cuidada, me ví en la responsabilidad de cuidar de los otros; de pedir lo necesario, en tener que garantizarlo, … y entonces esa libreta gorda, encuadernada en espiral de alambre, con unas pastas de cartón plástico también reutilizados me fue acompañando. En las hojas en blanco que se podían arrancar y tirar sin cargo de conciencia, lo mismo se anotaba una tarea pendiente, que un teléfono, o un primer verso que mandaban las musas y que llegaría (o no) a ser poema muchos días más tarde.

La memoria de esta libreta negra, “mi memoria” me ha acompañado desde marzo, sin encontrar nada que en eficacia la haya sustituido.  Cuando en las horas de soledad en el coche, o en las noches en que al sueño se le ha hecho difícil visitarme, … un post-it, una hoja suelta mal reciclada, o uno de los cuadernos de otras cosas que habitan por mi casa, han servido para hacer un apunte. Incluso el viejo nuevo móvil que me conecta al mundo, ha podido servir de grabadora de una idea, pero nada más parecido a “mi memoria” ni al “ordenador” que siempre envidié a José Luis Sampedro y cuya carencia me hace hoy sentir casi desasistida ante ustedes, que esperan un pregón de feria, mientras yo hablo, un poco de mis cosas.

Y mientras hablo, pienso que quise desde el principio, dedicar el pregón a las personas, ya lo he dicho. Pronto aparecieron otras relevantes en que yo fuera pregonera. Menciono solo alguna, aún a riesgo de que lo sientan otras; no es exclusión no nombrarlas a todas. Cada una que cito, representa un puñado de hombres y mujeres que se van sumando.

Empezaré por Conchi. Solo diez días más tarde de la primera llamada y coincidiendo con el día en que amanece y una es, sin apenas sentirlo, todo un año más vieja, volvió a sonar mi móvil. Me sorprendió de nuevo en tarea de trabajo, pero en este caso en el despacho en el Servicio de Inspección que comparto, desde mi llegada hace ya más de un lustro, con dos buenos compañeros. Es la ventaja de tener despachos compartidos, no hay que contar las cosas, porque se cuentan solas. Sonó el teléfono y, por el tono, no se trataba de una felicitación más en un día de besos cumpleañeros; no eran tampoco deseos de final de trimestre que parecía se tardaba en llegar; ni planes de vacaciones para Semana Santa; ni tareas comunicadas por sorpresa de alguna de las responsabilidades extralaborales que yo empezaba a contraer.

Era Conchi. mi amiga Conchi, desde el Ayuntamiento quien más allá de su obligación de hacer el acta del pleno en que se había ratificado la propuesta de nombrarme pregonera de las Ferias 2015, había levantado el teléfono para hablarme. La cabeza, que es muy suya, se fue muchos años atrás a aquella clase de mis últimos años de EGB en el colegio Romero Peña en que fuimos felices. Ví a Conchi, y a todos los demás … a muchos de los cuales casi ni he vuelto a ver o ya no podré verlos. De algún modo todos están en mi feria aunque solo sea en la referencia a una lágrima feliz que nació de hablar con Conchi. Vi al equipo docente; los planes quincenales, las lecturas,  el motor de mecánica, las tareas de aprendices de alfareros, el periódico escolar, el comedor, los cromos de Camilo Sexto y de los Pecos,…. Vi tantas cosas en un tiempo tan breve, que mientras hablaba con ella y le confirmaba que la vida me había tratado bien, que no me había permitido volver atrás, y que podía enviar la carta a casa de mis padres, mis ojos no pudieron retener esa lágrima.

Al verterse, derramaba con ella un hondo agradecimiento a las personas, de nuevo las personas, que hicieron de mi escuela y de mi infancia una infancia feliz. Ahora que he visto un puñado de infancias y un puñado de escuelas, ratifico el agradecimiento, porque la escuela igual que puede dártelo todo, te lo puede negar y a mi me puso en el grupo primero.

Y lo que llamo escuela no es solo la escuela de EGB, hoy centro de Primaria, a la que me referí. Es todo mi paso por las aulas como alumna oficial. Es mi recuerdo de niña muy pequeña que va a la feria con sus padres y un número de hermanos que crece de año en año, para encontrarse de forma sorpresiva con maestros y maestras o compañeros de aula de quienes me había despedido cada Junio hasta Septiembre, pero a quien saludaba, si coincidíamos,  en el ferial antiguo a mitad del verano.

Destaco el gesto de quienes asumieron no ser solo maestros en horario escolar sino pararse, darte un beso, preguntar por las cosas, comentar los sucesos  o ir ahondando en la conversación a medida que la edad nos hacía a todos mayores, y por ello y al tiempo, más iguales. Con algunos he compartido luego otras vivencias y tienen que estar doblemente mencionados. Fernando que me dio la posibilidad de seguir aprendiendo y trabajando por la educación de nuestra tierra sin pensar que veríamos destruir lo construido de una manera tan arbitraria. O Juan José y el gustazo de compartir conversaciones en días de feria pero lejos del bullicio, al lado del Azuer, un río que ya no lo parece, pero que no podemos permitirnos que deje de serlo.

Y la escuela dio paso al Instituto, y allí las redes de personas se fueron aumentando. El pregón y la feria han traído de nuevo a mi presente algunas que pareciera se habían quedado desdibujadas en el pasado. Otras, no han dejado nunca de estar ahí. Todas son necesarias. Todas merecen  un segundo mental, una palabra que ahora no soy casi capaz de arrancarle al diccionario. Un recuerdo especial para los compañeros de los pueblos vecinos que venían cada día a La Solana a estudiar. Ahora que el trabajo me ha llevado a conocer de cerca el lío de las rutas de autobuses escolares, en un tiempo ingrato en el que la excusa de la crisis ha castigado más a los pueblos pequeños, la memoria me devuelve a este grupo de compañeros viajeros como héroes.

Actualmente las jornadas escolares son solo de mañana y ellos, años atrás, a los que no podemos ni debemos volver, salían de casa, apenas despertados, con una mochila llena de libros y bocadillos para aguantar días largos porque haber nacido en un pueblo más pequeño les obligaba a ello. Ahora que la historia reciente nos ha llevado a hablar de la austeridad mal entendida que ahorra en autobuses y comedores escolares, por ejemplo,  la canción que me inspira, vuelve a hacerse real, y es ahora el deseo de no volver atrás el que se crece.

Venían a compartir con nosotros las aulas, y a cambio, nos compartían sus risas y su fraternidad. No sé si conocíamos el término hospitalidad, o acogida;  no sé como lo llamábamos, si sé que aunque venían de fuera eran un poco solaneros. Personas que me han acompañado de curso en curso y quizá de feria en feria y a quien la vida me regala de nuevo con pequeños encuentros que cada vez más revelan que las personas somos lo importante.

Y volviendo al pregón de las personas, la palabra y la música van siempre un poco juntas y entre las personas que han sabido de este discurso antes de construirlo está mi amigo Pedro.

En esos tiempos de instituto que cito y que no volverán, Pedro era la rebeldía y las risas en una sola cosa. Y luego era la música, que cantaba en inglés y en castellano perfectamente para envidia de los que acertábamos más en los exámenes y menos en los cantos (malditos los exámenes que parecen ser todo cuando apenas son nada). Aún hoy le debo que en el recuerdo resuenen bilingües los acordes de alguna balada heavy, o de alguna canción de amor.

¡Sonaban a eternidad y a lengua universal entre el bullicio de las clases y nuestras propias hormonas efervescentes de aquellos años!

Os confesaré que he invitado a mucha gente a venir a escuchar este pregón. Lo he hecho a mitad de camino entre muchas emociones, con sentimientos encontrados. Desde el choque que surge entre el pudor de  hablar de una misma y el deseo de volver a ver, y a besar, a todas las personas que, desde el último 17 de marzo se han ido paseando por mi mente. A los que habéis venido gracias. A los que no habéis venido gracias también. Pero os confesaré otra cosa. He invitado a Pedro Reguillo no solo a estar, sino a compartir el pregón en ese deseo de que personas, música y palabra no pueden separarse. Y de algún modo el retorno a las músicas bilingües de mi memoria, a las personas de mi adolescencia, a mis ferias de los ochenta, sin excluir a otros, habrían estado perfectamente representados en el músico solanero de mi generación. Por cierto que en feria o fuera de ella, tenéis que conseguir que Pedro dé un concierto en La Solana.

Y en casi último lugar, tengo que mencionar un grupo de personas imprescindibles, que están en el pregón. Desde ese 17 de marzo en que recibí la llamada de La Solana, mi familia ha estado en esto. Mis padres a la vez preocupados y orgullosos. Mis hermanos, tanto los que lo son de sangre como de afinidad, y suman muchos, han estado aquí, bombardeados una y otra vez para guardar la agenda. O mis once sobrinos, pensando en lo que entenderían y lo que no, de lo que yo dijera.

Mis padres merecen, de manera especial, al menos un párrafo.

A ellos debo mi identidad que es casi todo lo que tengo. Ellos son mis ferias. A ellos debo mi fe y poderla vivir en minoría sin renunciar por ello a un montón de relaciones, de amigos, y de participación social y ciudadana. De ellos aprendí primeramente a no celebrar a Santiago y al mismo tiempo a disfrutar de la Feria. En ellos tengo las raíces de mi laicismo cristiano que se hace más vehemente con los años. Y a ellos, a mis padres, en sus ya más de cincuenta años de casados, debo las ferias que siempre disfrutamos desde niños, con la humildad de quien administra el salario para que alcance al disfrute, pero sin permitir que el disfrute agote el presupuesto de las prioridades.

Recuerdo, como una estampa que hoy parece increíble, el fin de un día de feria, o de un domingo de verano, cuando en el camino de vuelta a casa, ellos ejercían un poco de flautistas de Hamelin, con una corte de niños alrededor que siempre fueron cuidados con cariño, y al mismo tiempo aprendieron a cuidar los unos de los otros. Y en esa imagen no falta, de cuando en cuando, medio helado del corte para cada uno comprado en la tienda amiga de Felipe el Pollo, y cortado cariñosamente para que el lujo de un helado no agotara la economía familiar.

Mis padres son la Feria y son La Solana, también cuando la casa se llena cada año de gente que ha ido avanzando en vidas diferentes pero que necesitan (necesitamos) el bullicio del reencuentro, la convivencia, el olor a persona, el debate permanentemente abierto,…  para sentirnos vivos.

En esas personas que llenan mi casa en ferias está la familia extensa, tíos que nacieron aquí, o cerca,  pero que la vida, que es la lucha siempre hacia delante, de pobres y de obreros, se fue llevando lejos.

A todos quise tenerlos hoy conmigo y con mi pueblo que es el suyo. Las olas de calor, los planes previos, la edad o la salud, han traído a algunos y dejado lejos a otros. (Curiosamente esta es la feria en que menos han venido, porque los años empiezan a no perdonar).

Pero al intentar cerrar este pregón las redes familiares que me llenan de orgullo se me evocan muy en paralelo con La Solana y la Feria. Los ausentes, volverán a estar presentes cuando, acabado el pregón, empiece a sonar el móvil o a vibrar en la recepción de mensajes importantes que acortan la distancia.

La relación de mi familia con la feria es un poco como la de los otros solaneros. Los hay que viven la feria de primera mano, bien porque están aquí y además eligen quedarse a disfrutarla o porque estando lejos, apartan estos días en su agenda para vivir cada caseta y cada minuto de volver hacia el futuro de su pueblo. Hay otros que evitan la feria sin ser  menos paisanos; si viven aquí eligen salir a otros lugares en estos días entre calor, fiesta y vacaciones; y si viven lejos no pueden o no quieren venir en estos días sin ser por ello menos solaneros.

También hay paisanos que nacieron muy lejos y han llegado hasta aquí y ahora son parte de nuestra vida y de nuestra historia. Esta mezcla, este acierto de convivencia, es quizá el primer mérito en común de mi pueblo y de mi familia; juntarse y convivir.

Y en eso, ni yo, ni mi gente, ni tampoco La Solana podemos volver atrás, porque la vida nos empuja a gastarnos en lo que nos ilusiona. Igual que esta feria dará paso a otra feria, y este año a otro año; aunque pasen tiempos que llamamos de crisis; aunque nos sintamos acorralados e incluso destruidos; perdidos, o solos, … Nohemí, que soy yo, y cada uno de vosotros que me escucháis atentos, somos personas con el derecho de ser tomadas de una en una,  y al mismo tiempo, con la voluntad de conformar un pueblo, el nuestro, en el que la vida es bella, tiene que serlo para todos, sin que en alegría, en solidaridad, o en convivencia podamos permitirnos volver atrás ni un solo paso.

Esta es mi canción y este es mi pregón.

La canción ha estado muchas veces en mis corchos; y aún hoy, de cuando en cuando, me sorprendo llorándomela yo sola. Y en días como hoy, que si se narran parecen largos, pero cuando se viven pasan a la velocidad de un suspiro, quiero que esta canción sea también la vuestra. 

Disfrutad la Feria y sumad, para que nada  permita que La Solana vuelva atrás en lo que a las personas se refiere.

Suena “Palabras para Julia” en voz de Rosa León



50 aniversario.

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Ayer celebramos el 50 aniversario de casados de mis padres. Para ser sinceros, el evento sucedía el 29 de junio, pero no fue hasta ayer, 4 de julio, que pudimos juntarnos para celebrarlos. Entre los momentos de emoción el discurso de mi hermano Rafael con estas palabras.

 

Queridos progenitores, amadísimos padres,

 
Hablo en nombre de vuestros 7 hijos que nos sentimos hoy muy contentos, pues habéis llegado a cumplir juntos ese montón de años tan fabuloso.
No podemos hacer otra cosa que no sea celebrarlo. Humildemente, agradecidos a Dios que lo ha hecho posible y a vosotros que habéis trabajado por por mantener aquella promesa que os hicísteis hace medio siglo.
Nosotros no estábamos en vuestra boda, seguramente ni en vuestros pensamientos. Ni tampoco tenemos un vídeo del evento, si acaso alguna fotografía en blanco y negro, pero sabemos lo que nos han contado: que había una vez un joven que buscaba ​una novia o algo​y una joven que quería ser misionera. El joven encontró a una mujer virtuosa y ella un campo de misión enooorme.
50 no es una meta, es sólo un hito, como los que marcan los kilómetros en las carreteras. Queda mucho camino por recorrer.

 
AGRADECIMIENTOS

  • Os agradecemos la dedicación. ​Los muchos trabajos, de los dos. Decir que mi madre no trabajó, por no haber recibido un salario, sería faltar a la verdad, y decir que mi padre no se implicó en nuestra crianza, no sería honesto ni justo.
  • Os agradecemos vuestro trato igualitario, ​teniendo exquisito cuidado en no castigar ni privilegiar a nadie de manera diferente. Habéis procurado repartos justos y equitativos. Gracias por hacernos a los varones fregar platos y a las chicas cargar escombro. Al fin y al cabo todos hemos limpiado tijeras.
  • Os agradecemos vuestro ejemplo, que es como un Manual de Padres.
  • Es impagable. Cuando pensamos en Dios como Papá­y­Mamá, pensamos inevitablemente en amor, entrega y sacrificio. Así, vosotros sois ejemplo de padres por vuestra abnegación y entrega.
  • Os agradecemos infinitamente vuestro legado. ​No sé si es buen día para hablar de herencias, pero es que hay una herencia, un legado, que tiene más valor que cualquier propiedad terrenal. Me refiero a la esperanza de eternidad, de valores eternos, de un reino incorruptible. Esta Herencia (con mayúsculas) merece ser puesta en algo. Gracias.

CONSEJOS

Permitidnos unos 7 consejos para ese tramo que os queda por delante

1. Dios en el centro, siempre
Dios permanece fiel. Permaneced fieles, a El en primer lugar, pero también entre vosotros, y fieles también cada uno a sí mismo. Perseverad, con Dios en el centro. Seguid, siendo ejemplo como hasta hoy.

2. Llevarse bien
Qué os vamos a decir si sois de los que arreglan las cosas cuando se rompen. Esto dicen que es el secreto de una relación duradera. Arreglar las cosas, y no tirarlas cuando están viejas o rotas.

3. Aguantad cada uno las manías del otro
Hemos oído que a mayor edad nos volvemos más maniáticos. No sé si es cierto, pero si lo es, tened paciencia cada uno con las manías del otro.

4. Desechad las preocupaciones
Por nuestra parte intentaremos no causaros dolores de cabeza, pero si hacemos algo que os molesta u os duele, no os calléis, mandadnos a tomar viento fresco. No os dejéis afectar por la preocupación.

5. Cuidaos la salud
No hagáis esfuerzos físicos que luego puedan acarrear dolores, o malestar. Pedid ayuda, para eso están los yernos: Bolívar, Sergio, Juanmi y Fran. Es broma. Estamos todos.

6. Derrochad un poco
No nos vamos a enfadar si os vais de crucero, por el caribe, o por el mediterráneo o aunque sea por el pantano de vallehermoso. Tampoco nos enfadamos si os vais de mariscada o a un restaurante caro, o aunque sea compreis marisco de vez en cuando si eso os gusta.
Tampoco nos va a sentar mal que os vayáis a un parador, a un hotel de lujo, o aunque sea al molino a pasar una noche romántica.

7. Vivid el momento: ​carpe diem​. Nada de nostalgia. No sólo hay recuerdos, que los habrá y muy hermosos, pero lo que importa es el AHORA. Vivid el momento. Fuera el derrotismo de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. No es cierto. Ese pensamiento es el puede hacer que una persona sea vieja antes de los 20. Pero desechar esa idea puede hacer revivir a cualquiera, como la savia nueva en un árbol anciano.

Mi nombre.

El mueble habita donde habito; el resto es solo miedo.

No es joven ni es vieja. Es simplemente ella. Una mujer en  pijama sentada en un inmenso sofá amarillo que ocupa el mejor hueco del salón. A su derecha se cuela el sol de la tarde por la ventana del balcón. El silencio está dentro y la envuelve.

No ve su rostro y no alcanza a imaginarlo. Duda si lo ha visto alguna vez. Necesitaría salir de sí misma y observarse para reconocerse. No puede, se adivina cautiva en su cuerpo; no le molesta.

En ausencia de rostro observa como sus manos se mueven ágiles sobre el teclado del ordenador, un Mac Book Pro ligero que soporta sobre las piernas. Y va leyendo el texto que aparece acompasadamente en la pantalla.

Era un mueble de madera dorada. De dos cuerpos con repisa de mármol entre ambos. Abajo puertas grandes para guardar la loza y dos cajones. Arriba dos puertas de cristal. Fue el mueble de la abuela. Después anduvo muchos mundos. Estuvo en un trastero muchos años, sometido al olvido. Sirvió de despensero en la casa de campo. Hizo de librería en la buhardilla …

¿Cuánto tiempo lleva escribiendo? Quisiera calcularlo pero todo en su vida es solo un instante. No tiene recuerdos y únicamente la reflexión sobre lo que observa le permite alargar el momento. Quizá sea el modo de construirlos, pero ella no lo sabe; ni siquiera sabe que los recuerdos son posibles. No los añora.

Suspira, sus dedos han dejado de aporrear el teclado mientras ella ha leído lo escrito.

Era un mueble de madera dorada

Le resulta familiar escribir y lo hace con soltura. Necesita seguir escribiendo. Toma el suspiro como impulso y vuelve a concentrarse. A medida que las palabras se van dibujando de nuevo en la pantalla recupera la sensación de calma. Olvida que no tiene rostro y mira alternativamente a sus manos y a su escritura. ¿Qué extraña magia las conecta? ¿Qué poder escondido hace que de los movimientos de sus dedos huesudos surjan palabras de negro sobre blanco? No importa lo que digan; observa como fluyen y le basta.

Hizo de librería en la buhardilla de donde debieron rescatarlo no hace mucho. Necesitó un buen trabajo de lijado y fueron apareciendo los colores que el tiempo le había ido pintando y despintando. Debajo de la pintura verde hubo una capa de pintura marrón, y debajo otra blanca. Al fondo la madera dorada que ahora muestra. Tiene un ángulo roto. Intentaron repararlo pero no funcionó y le asoma un clavo mal clavado.

La penumbra ha ido invadiendo el salón. El sofá, si fue amarillo antes, ya no tiene color. La luz de la pantalla apenas ilumina el espacio que sus manos ocupan. El resto del salón va siendo innecesario. Levanta la vista del teclado y observa la ventana.  En el balcón apenas se dibujan ya unas jardineras con unos pocos geranios que se van tornando en sombras. Sabe que tan pronto se oscurezcan no los recordará y dejarán de ser. Ya han perdido el color; son solo negros.

Se interroga. ¿Cuándo empezó a escribir? ¿Porqué lo hace? ¿Escribe para alguien o lo hace para sí? De repente se asusta de sí misma. Escribe, le parece, para huir de vivir sin memoria, para crear recuerdos de un instante, para llenar la soledad que la tortura, para matar el miedo, para ponerse rostro, para encontrar a otros, …  Mejor seguir haciéndolo que dejar que la mente se atormente.

Detrás de los cristales guarda algunas botellas. Hay alguna especial. Una botella de whisky que se antoja tan vieja como el aparador. Está casi vacía, pero aún se guarda en su caja de cartón con letras doradas. Al lado están las copas.

De repente se asusta. Un pitido en el ordenador paraliza sus dedos y una luz parpadea en el ángulo inferior derecho de la pantalla. Es un mensaje rápido. Alguien quiere que quiere hablarle. No reconoce  quien. Solo se sabe a ella en medio de lo oscuro. Tampoco tiene rostro. Lo ignora.

No puede volver a su escritura. Se ha hecho oscuro y se agobia. Se levanta con cautela para encender la luz y, aunque la tranquiliza, el salón le devuelve la misma extrañeza iluminada que precedía al chispazo. Solo algo en el salón le inspira confianza. En una esquina, casi a la espalda del sofá un mueble señorial, de madera de roble, la sorprende. Sobre el mármol que remata el primer cuerpo una vieja botella casi vacía y una copa servida. ¿Quién le sirvió una copa? Toma un trago.

Le resulta desagradable el sabor, pero le atrae. Algo le dice que ha bebido otras veces y parece que se mueve su memoria al tiempo que traga lentamente un sorbito más de alcohol. No evoca nada con nitidez; solo los borrones del no recuerdo parece que se esbozan, y vuelve a olvidar. Bebe de nuevo, despacio, pero ya no se dibuja nada.

Mejor seguir escribiendo aunque le inquiete inventar en su escrito un mueble que ve cerca. Ahora el viejo mueble tiene dos historias. La historia desconocida no le importa. No sabe quien lo hizo, ni donde lo compraron. Le importa la historia que ella inventa y que ve en la pantalla del ordenador en negro sobre blanco. Esta lo hace, de algún modo, criatura suya y le da confianza. Mirar de soslayo al viejo mueble la inquita nuevamente. Se siente vigilada y quisiera salir de ese salón.

Bebe de nuevo, y en un gesto de instintiva desesperación cambia su texto por el mensaje. Escribe una respuesta

¿Quién soy? ¿Qué sabes tú de mí que yo no sepa?

Dime al menos mi nombre.

29/07/2014 23:30 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Diccionario.

AZUZAR: Se usa para referirse a la acción de incitar a los perros para que embistan o a la de irritar o estimular a alguien. Me suena bien cuando me olvido del significado porque empieza como azúcar y diría que tiene reminiscencias árabes. Sin embargo, atendiendo al diccionario me asusta (no soy amiga de perros y menos de perro azuzado) aunque quizá debiera reconducirla al estímulo de las virtudes y las noblezas.

BOBERAS o BOCERAS: No lo recoge la RAE, pero se utiliza, al menos por mi tierra, para nombrar los restos de comida o suciedad que quedan alrededor de los labios.

CALICHE: Si buscáis el término en el diccionario encontraréis diversas acepciones que, en general tienen que ver con mezcla de materiales o elementos poco puros. Puede tener caliches una masa pero también puede tenerlos una fruta y sobre todo las patatas, cuando son de forma irregular y con tendencia a que le crezcan tallos.

También se llama caliche a los desperfectos que aparecen en las paredes de tierra al desprenderse la pintura (cal) por efecto de la humedad o por cualquier otra causa como golpes. En este sentido es sinónimo de esconchón o desconchón.

CERRITA: Flequillo. Siempre me hizo gracia aunque nunca entendí porque llamar así a esa parte del peinado.

CUSCURRO: Mendrugo de pan. He oído llamarlo también “currusco”. Suena a hambre, a escasez.

CHINERO:  Lugar en el que se guardaba el menaje valioso, como las porcelanas de china. Es sinónimo de alacena o despensa, aunque no exacto pues lo guardado en cada uno de ellas es diferente. En el pasado podía haber casas con alacena pero sin chinero sencillamente por no tener porcelanas chinas (u otros bienes delicados) que guardar. La mía fue de esas aunque nunca faltó un cuscurro en la alacena.

ENGARABITAR: Subirse a un lugar alto; posiblemente derivado de “garita” como lugar alto desde el que se ejerce la vigilancia. Es la mayor afición de mis viajes y la palabra más sonora en boca de mis amigas.

GURULLO: Grupos que se forman en una mezcla cuando no se disuelve bien alguno de sus componentes. Se usaba sobre todo en cocina aunque cada vez se utiliza más el término “grumo”. ¿No os suena escatológico?

HALDA: Parte de la vestimenta o zona del cuerpo asociado al  regazo, por ejemplo para referirse a la posición de las costureras que “ponían la labor en el halda” o a la madre que “toma al niño sobre su halda”.  Aún hoy, con mis “taitantos” y mi carácter bien armado, echo en falta, de cuando en cuando, un halda cálida que me cobije.

TILARIO: Algo largo e informe, desproporcionado. ¿Seré yo misma?

TREVEDE: Se sigue usando el término, en entornos rurales, para designar el objeto que permite poner directamente en el fuego sartenes o peroles sin patas, porque simula estas a partir de un triángulo o aro. Debería tener tres pies aunque en la práctica se encuentran diseños más creativos. Curiosamente se usa en plural (trévedes) aunque se trate de una redundancia. El  uso popular ha acuñado la frase “pasarlo peor que el que se tragó las trévedes“, pero en casa lo pasamos bien cuando las ponemos en uso.

ZASCANDIL: La RAE lo define como hombre despreciable, ligero, enredador, estafador, … como veis con un claro matiz negativo. Sin embargo yo lo conozco en un uso menos negativo para referirse a persona inquieta, ociosa, sin oficio definido. Admite ser conjugado como verbo (“zascandilear”). Miguel Delibes lo cita en Los Santos Inocentes para describir a Azarías. Con frecuencia y cariño lo pongo en uso para llamar a mis sobrinos. Entonces, sorprendidos, dejan de zascandilear aunque sea por segundos.

20/05/2014 18:50 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Hablar.

“La palabra humana es más que simple vocabulario”. (Freire)

Mama y papá se hablan. A veces mamá se enfada porque papá no la deja terminar de decir lo que tenía pensado. Otros días es papá quien se enoja.

Los domingos, cuando comemos muchos juntos porque vienen mis primos, todos hablan. Hablamos incluso cuando estamos comiendo. Hay veces en que solo habla uno, y se pone muy serio. Pero hay días que parece que todos hablan al mismo tiempo y yo, que tengo pocos años, no me entero muy bien. Son cosas de mayores que tan pronto quieren estar callados como tienen de golpe todos algo que decir.

Esos domingos son fantásticos porque juego con mis primos y nos ponemos de acuerdo para hacer muchas cosas. A veces discutimos pero siempre terminamos felices. De cuando en cuando nos inventamos juegos. Algunos de nuestros juegos inventados no les gustan a los mayores, como cuando escondimos al pequeño Gabriel en un armario y nadie lo encontraba.

También me gusta mucho ver la tele. Mis padres dicen que me gusta demasiado y por eso solo me permiten un ratito diario. Prefiero los dibujos porque, si los capítulos son cortitos, puedo ver más de uno. Mis padres ven la tele por la noche. A veces tampoco están de acuerdo. A mi madre le gustan las películas con un poco de historia,  que parezcan verdad. Mi padre prefiere las de mucha tensión aunque algunas dan un poco de miedo. Mis hermanos siempre querrían ver otra cosa: programas de cantantes o series.

Se supone que a esa hora yo ya estoy en la cama. Pero a veces me quedo o me vuelvo a venir porque no tengo sueño. Me riñen y quieren convencerme de que debo dormir. Ahora ya casi estoy durmiendo, pero no tengo sueño y me entretengo pensando en mis cosas.

Mañana iré al colegio.

En mi vida he visto hablar a mucha gente. Y sin embargo creo que nunca jamás he visto a nadie hacerlo con una mano en alto. Mi mamá no lo hace, ni papá, ni los tíos, tampoco mis hermanos. Nunca la levantamos ni mis primos ni yo cuando estamos a lo nuestro. No he visto levantar la mano a ningún mayor cuando hablan entre ellos ni para hablar conmigo. 

Mañana en el colegio levantaré la mano. Extenderé todo el brazo para que vean que quiero decir algo importante, y en cuanto sea mi turno preguntaré por qué, en esto del hablar, la escuela es tan distinta de la vida.

¡Buenas noches!

Dos pares de días.

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Andrea, Carmina, Lola, Mª Carmen M., Mª Carmen S., Mª Luisa, Nohemí y Yolanda (y l@s que esta vez no vinisteis)


Cuatro días con ellas son muchos gigas de alegría que dura todo el año.

Acabo de llegar de mis últimos cuatro días con ellas, y aunque las muchas fotos dormirán archivadas, no necesitaré verlas para pintar una sonrisa. Ahora mismo lo hago al limpiar los zapatos que han caminado todos los kilómetros de una ciudad de Europa que caben en dos pares de días.  Recuerdo que empezando el viaje  una perdió un zapato mientras siete reíamos a carcajadas a unos metros de las cintas del aeropuerto donde se descalzó. Apenas había amanecido el día primero. Otros, viajeros anónimos, se unieron al jolgorio al verla caminar con una bota puesta y exhibiendo la otra cual trofeo recién recuperado entre vigilantes, maletas y bullicio.

He visto a alguna de ellas conseguir y ofrecer audio guías que luego nadie escucha.  Pero volverá a hacerlo en el próximo encuentro sin poner como precio el tiempo o el desvelo de que lleguen a tiempo. Y la he visto también, en el primer desayuno colectivo, ofrecer para todas el aceite de oliva que se trajo del pueblo o el café “de verdad” que gana al del hotel por goleada.

Apunta otra sonrisa cuando veo a dos de ellas (dicen que las formales) vestidas de improvisadas holandesas, encima de unos zuecos de gigante y entre cincuenta guiris comprando souvenirs. Y como no las vemos, porque estamos dispersas en unos metros de tienda de recuerdos, piden grabar un video y lo envían de inmediato a las cinco restantes que inundan el espacio de carcajadas claras y abandonan así a la búsqueda del imán más barato, la postal menos vista, o el detalle más nuevo.

Se me asoma otra mueca al ver perdida a alguna y enfadadas a todas, la ausente y las presentes, por perder aunque sea por momentos, la armonía del conjunto. Más nadie dice nada en el reencuentro y la normalidad, con cerveza o café, conforma el grupo nuevamente. O cuando una camina con determinación y templanza de líder un puñado de pasos y minutos, para reconocer después, al cabo de dar vueltas a unas cuantas esquinas, que hay que mirar el plano con detalle para alcanzar la meta por el itinerario más preciso.

También las vi comprar tras muchas dudas, para siempre encontrar después lo mismo más barato o más bonito. O a la inversa, no comprar por si acaso, y volver, en el último respiro del día cuatro, a buscar las postales que tanto les gustaron el día dos. Y correr, como dicen en los telediarios que en enero se entra en las rebajas, para llegar al baño imprescindible antes que nadie, después de haber andado todo el día sin acordarse de su existencia.

Y las he visto juntas llegar tarde al museo.  O comer siete veces un día y ninguna al siguiente. Planear en el viaje de vuelta la próxima inyección de simpatía. Y recordar a otros que pudieron venir pero no se atrevieron. Las he visto y oído comentar batallas de otros años, y planear con denuedo el día siguiente para nunca cumplirlo.

He aprendido con ellas los libros que inspiraron las ciudades y las películas a las que han servido de escenario. Me han contado, aunque saben que no los almaceno en mi memoria, los famosos vinculados a Amsterdam, los reyes y sus líos, y las celebrities  que renegaron de una tierra por otra. 

Las veo ahora mismo, mientras guardo mis botas,  emitiendo más risas que bostezos.  Y apenas treinta horas después de acabar la aventura de dos pares de días, ya las echo de menos.

Infancia

Homenaje a mi madre.

“No podían tener hijos. El médico se lo había dicho solemnemente a María, casi ordenándole con ello suspender la boda. El matrimonio estaba consagrado a la pocreación y, si no iba a ser posible, debería hacer un ejercicio radical de honestidad y confesárselo a Andrés. Él decidiría si a pesar de todo, como por caridad cristiana, asumía un matrimonio vacio o ponía punto final a ese capítulo de su historia.”

 

Con este pensamiento recorría Maria mentalmente la casa, ahora vacía, pero que había visto llena de colores y sonidos diferentes.

Estaba en el portal, sentada en la vieja mecedora que heredó de su suegra, y desde allí, veía el primer tramo de la escalera que daba al piso alto. Al principio arriba solo estuvieron los dormitorios y unas cámaras, pero cuando arreglaron la casa hicieron una vivienda completa arriba. El salón, la cocina y su dormitorio daban a la calle. Podría vivir solo con eso, pero años atrás necesitaron otras tres alcobas. La de las chicas era la más grande, con tres camas y un enorme armario. Los chicos habían dormido siempre en la pequeña. Todavía la llena la litera de segunda mano que les regalaron al cumplir diez años. Además estaba la de los abuelos que, cuando ya no estuvieron, se convirtió en dormitorio de invitados, cuarto de plancha y a veces biblioteca.

Nunca supo María porqué Andrés quiso comprar una casa tan grande. Ella había hecho caso al doctor y, aunque apenas pudo contener su alegría cuando el siguió queriendo casarse, pensó que era suficiente con un hogar pequeño o incluso con un par de habitaciones en casa de sus padres. Y sin embargo Andrés se había empeñado desde el principio en comprar la casa grande, y en arreglarla. ¡Y la habían llenado de hijos!

Veía también, entre vaivén y vaivén de la vieja mecedora, la puerta del patio. Era de tierra cuando se mudaron. Después pusieron algo de cemento y por ultimo unas baldosas. Seguía firme la parra que en verano daba sombra y en otoño un montón de hojas viejas y de trabajo. Los niños habían jugado mucho en ese patio. A veces los juegos eran ruidosos o terminaban en peleas. Otras veces, en tardes de verano sobre todo, habían celebrado allí largas partidas de parchís o de dominó. Allí, en una noche de verano le habló su hija mayor de su primer amor, y la segunda, su voluntad de marchar al extranjero. 

Al fondo del patio había un pequeño trastero. No alcanzaba a verlo desde allí, pero no le hacía falta, porque lo conocía punto por punto. Sabía donde estaba la vieja cuna, y las cajas con libros de la escuela. Le parecía ver en un rincón la escopeta de caza que Andres dejó cargada un día y no volvió a coger. Siempre habían tenido intención de arreglar el trastero. Querían ponerle una chimenea y unos poyetes y usarlo en comidas familiares o para fiestas. Pero Andrés se había quedado dormido una mañana para siempre, y ella había decidido no cambiar nada. Los chicos, de visita cada año, insistían en hacer la cocina, pero el tiempo de verano pasa pronto y siempre deja planes aplazados hasta el próximo.

La calle había cambiado poco. La contemplaba desde su mecedora a través de una rendija minima en la puerta entreabierta. El asfalto había sustituido a la tierra en el suelo. Las fachadas se habían arreglado a medida que los vecinos habían ido envejeciendo. Pero en el fondo casi nada había cambiado. La vieja bodega de enfrente seguía encalándose cada septiembre, antes de vendimia. Detrás de nuevas fachadas de ladrillo rojo o de cemento de colores, las mismas gentes que habían convivido en el pasado, se vigilaban silenciosas por las rendijas de las puertas o a traves de visillos casi inmóviles.

26/02/2014 22:11 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Nohemerías

Cuando se cumplen 51 años y un día del adiós de Ramón Gómez de la Serna dejadme, como homenaje, compartir algunas "nohemerías" que rescato de un rasgado cuaderno de ejercicios.

 

Abanicarse es cumplir de buen grado una condena perpetua. 

Abedul, especie de pájaros que se alimentan de postres lácteos, especialmente flanes.

Decir disparates es como disparar con esa bebida inglesa.

El botijo es un gordo que vomita fresco.

El primer goloso fue un oso que celebró un gol tomando dulces.

El ventilador es el hermano evolucionado de los molinos manchegos.

El verano es el infierno en pequeñas dosis.

“Gracias a tu distanciamiento estamos más cerca que nunca.”

La cerveza es pan bebible para compartir.La mesa camilla nos permite echar un sueñecillo en familia.

La pereza se produce cuando todas las neuronas están en estado de emergencia.La siesta es a las personas lo que el cargador al móvil.

Las moscas existen para garantizar que no perdemos el sentido en las tardes de verano.

Las vacaciones son un espejismo en el desierto de la vida.

Los mosquitos son alfileres traicioneros.

Merodear es vagar por el fondo del mar con fines cariñosos.

Se han puesto de moda los cursos de Poncio Pilates.

Se llama mentecata a la mujer que a fuerza de degustar su propia mente se queda sin ella.

Tartamudear es quedarse sin palabras por ser demasiado goloso.

Ultratumba es el último grito en ataúdes.

Un Gin – Tonic sustituye a una sesión de Gimnasia Vigorizante.

Un tendedero es un tendero tartamudo.

Vaporizar es hacer tirabuzones a cualquier gas.

Zozobra todo aquello que, en Andalucía, tenéis en demasía.

PORSCHE.

"Cuando las crónicas dicen que los ricos son cada vez más ricos y los  pobres más pobres".


... El semáforo rojo.

                  El semáforo verde.

 

Los coches paran y yo finalmente cruzo la avenida. No he mirado el reloj. Unos minutos de intervalo lumínico parecen eternidades para las tareas que guardo en mi cabeza. La sorpresa.

Imprevisible.

Nunca había visto un coche como el que quedó a mi diestra en el paso de cebra de cada medio día. Negro, limpio e imponente.

Giro a la derecha, caminando ya sobre la acera. Vuelvo la cabeza en un movimiento reflejo para poner nombre a la visión automovilística que me ha sacado de un mundo mentalmente estresado. Increíble para un simple transeúnte en hora del almuerzo en periodo de crisis.

PORSCHE.

Lo declaran las letras de brillo platino sobre el negro metálico de la carrocería. No alcanzo a ver más. Ni número, ni nombre del modelo, ni matrícula…

El coche arranca con un estruendo silencioso que lo lleva tan lejos de mi vista como lejos está de mis posibles.

Lo extraño. Un espejismo o una ilusión mental. ¿Era el mendigo del parque el que subía al auto aprovechando el tiempo en rojo? ¿Qué puede hacer un vagabundo crónico en ese auto?

Extraño contraste: rico coche y pobre pasajero.

Prosigo mi caminar. Las facturas pendientes vuelven a ocupar su lugar en mi mente. El sentido de la marcha me aleja del portento.

Cien metros recorridos para olvidar el auto y el mendigo. Parada de autobús. La cotidiana. Calculo unos minutos para que llegue el mío. Espero bajo la marquesina. Mínima protección bajo su sombra.

“El tres. Llega enseguida”. Dice el panel eternamente en pruebas. Suspiro. Sustracción mínima al tiempo de descanso entre jornadas de mañana y de tarde. Comeré algo sencillo. Descansaré más rato.

¡Dios! ¡El mismo coche! CAYMAN dice en letra pequeña y plateada.

Se acerca por mi izquierda. No vuela ahora tras descargar un bulto. Pasea reclamando los ojos de todos sobre el brillo del precio que no dice. Pausada monotonía que permite dibujar en mis ojos figuras de sus llantas.

Efecto hipnótico.

El cristal de delante no es tintado. El conductor no importa. En el sitio de al lado sorprende una mujer como una estrella. Rubia. No distingo más rasgos. Me basta ver el coche para ver su hermosura y su portento.

Rabia. El portafolios se ha cargado de piedras a juzgar por su peso. El reloj se murió. Me duele la miseria de un contraste que me deja parada. Pensaré en las facturas para avanzar tareas.

¿Y el autobús? ¿No llega?

01/12/2013 19:41 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Presentación.

Escrita según la pauta de un curso de escritura en el que participaré (si no me aburro antes) durante las próximas seis semanas. Tenía pauta, pero me la he saltado.

Esto de presentarse es complicado, y hacerlo de una manera tan ordenada aún más difícil para quien tiene el defecto del desorden en los genes, y de la rebeldía contra pautas impuestas. Os diré que pronto cumpliré 45 y sin embargo cuando la gente habla de los jóvenes pienso que lo hacen de mí. Me nacieron, como dijo Clarín, en La Solana, un pueblo entrañable en el corazón de La Mancha, en la provincia de Ciudad Real, y aunque ahora ya no vivo allí, sigue siendo el lugar donde cargar las pilas. Quizá sea solo un ejemplo de mi fidelidad. Tengo pocos amigos y pocas certezas, pero creo, que en lo que de mi depende, los tengo para siempre. ¿Os apuntáis a ser parte de ellos? Dicen, las malas lenguas que también soy tenaz; lo llaman cabezota, y aún hoy no sé muy bien si es halago o insulto.

No os mostraré una foto. Sería muy normal: chica más bien baja que nada, morena, de ojos castaños que se tornan verdosos en función de la luz, y de las emociones. Pasaría desapercibida entre muchas mujeres, por eso no frecuento grandes círculos, e invierto  en cursos como este, de escritura de cuentos. Mientras leo, por recomendación de mi maestro, a Kundera, entre otras cuantas cosas que caen en mis manos. No penséis que me olvido del signo zodiacal, ni lo creo, ni lo quiero. Prefiero sentirme dueña de mis propios caminos.

¿Me conocéis ahora?

Os prometo que he sido muy sincera y que estoy encantada de escribir esta noche.

Los detalles.

“Sin entrar en detalles, bien” dice un amigo, en un esfuerzo de optimismo, cuando se le saluda con la rutinaria pregunta sobre el estado de las cosas.

Podría convertirlo en mi personal balance de 2012 pero no estoy segura.  Quizá estoy demasiado influida por el río de mensajes que pasan por mi móvil, con intención de felicitar el año nuevo, teñidos del permanente deseo de que 2013 sea mejor que 2012.

Preguntar a Google ratifica una valoración cargada de pesimismo.

Los políticos, aunque lo intenten, dejan poco lugar a la esperanza. Vean si no como la presidenta regional, en referencia al año que nos deja, afirma que "ha sido un año difícil donde se han hecho muchos sacrificios"; y como el responsable del principal partido de la oposición asegura que “ha sido un año para olvidar”. Los esfuerzos de los responsables nacionales por reconstruir las maltrechas esperanzas de los ciudadanos tampoco dan para muchos.  En un solo discurso del presidente cabe decir de 2012, que "las cosas han sido más difíciles de lo que esperábamos", y en referencia a 2013 que “tenemos un año muy duro por delante”. Y el propio monarca, en su cada vez menos popular mensaje de nochebuena, da por hecho que “vivimos uno de los momentos más difíciles de la reciente historia de España”.

Confirmado, el contexto en el que abordo mi reflexión es proclive al pesimismo y tengo la tentación de no entrar en más detalles por si este se convirtiera en crónico.

Mi personal recuento tampoco orienta el ánimo al contrario. Me embarga una sensación generalizada de que no ha sido un buen año. Evoco con facilidad años mejores. Las condiciones y relaciones laborales tienen mucho que ver en esta nota. Cerraría aquí con el convencimiento de que sin entrar en detalles, 2012 ha sido un año malo. Pero no me resisto a ignorar los detalles y a destacar aquellos que compensan tan negativo análisis.

Ha sido 2012 el año de completar la familia numerosa que me acoge. El número de sobrinos alcanza el undécimo, número poco simbólico pero perfecto para el ejercicio de los afectos. Un año en que cambié de casa y esta se fue transformando poco a poco en un hogar. Ha bajado la cuota de la hipoteca, y cuando también lo ha hecho el salario se agradece doblemente. Fue también el año de la salud, pues aunque no hayamos matado el bicho hemos podido con su protagonismo.

Trescientos sesenta y cinco días en que sentí cerca a los amigos que abandoné lejos y sin embargo siguen estando próximos y dispuestos. He podido este año, sentir el apoyo y el respeto de amigos y compañeros en circunstancias nunca imaginadas, y quizá sea, el final del año, el momento también de agradecerlo.

Ha sido un año húmedo y en tierra seca la lluvia siempre es bienvenida; no se inundó el Molino, por exceso.

Hablé, callé, reí, lloré, amé y eché de menos, agradecí, compartí y pedí prestado.

Un año repleto de detalles que me llevan de vuelta hasta el inicio: “Gracias a los detalles, un buen año”.

Otoño.

Texto escrito el 23 de noviembre de 1997 para participar en un certamen local de narración relacionado con la tolerancia del que resultó ganador.

 

Otoño. Noches frías.

Más frías aún, para quienes en esas noches como también en esos días, se encuentran solos, lejos y diferentes.

Todos, alguna vez, hemos sentido ese frío.

Todos, de cuando en cuando, hemos aumentado el frío de esas noches viendo a los otros como una amenaza, como fantasmas.

I

Andrés temía también a los fantasma de la estación y sin embargo, estaba un viernes más, solo, sentado allí viendo pasar los trenes y deseando al mismo tiempo que el suyo llegara un poco antes que de costumbre. Deseando que el reloj corriera para ayudarle a salir de allí, a alejarse, aunque sólo fuera por unas horas, de una ciudad que no era la suya. Había sobrevivido a otra serie de días en una ciudad que no era la suya, rodeado de gente que no era su gente. Obedeciendo, porque no le quedaba otro remedio, aunque muchas veces, tampoco le quedaban ganas. Y aguantaba, porque tenía que aguantar. Porque la vida seguía aunque no del modo que él quisiera, porque había asumido ir al cuartel, y tenía que resistirlo.

Como otros viernes, se dedicó a observar a los viajeros que iban y venían. También estaba el mendigo de siempre. Sin duda, debía vivir en la estación. A los demás no los conocía y algunos, a fuerza de repetir el mismo horario, le parecían familiares. Cuando la gente se amontona, no puede evitar el parecerse. Deja de ser un poco como es para parecerse un poco más a quienes le rodean, y así nos vamos convirtiendo en nadie. Eso, al menos, pensaba Andrés mientras veía viajeros ir de un lado a otro. Eso, pensaba también, le estaba pasando a él en el cuartel.

Sin embargo, los chicos del cuartel empezaban a parecerle diferentes. No le había hecho falta hablar con todos ellos para irlos agrupando según sus caracteres. A quienes no se atrevía a juzgar así era a sus amigos, pero eran muy pocos. Muchos de estos chicos se mostraban contentos de ser soldados, aunque él sabía que la mayoría, lo decía por parecer más machos, más valientes. A veces decían cosas feas sobre otros, incluso eran crueles entre ellos. Andrés sabía que, casi siempre, ocultaban la misma angustia que él sentía y que escondía también a su manera.

Los que como él, habían salido hoy con su permiso, parecían de repente diferentes. Algunos ya estarían con sus familias, sus amigos o sus novias. Otros, viajando en trenes o autobuses, durmiendo o pensándolo mientras tanto. Él seguía observando a la gente, era una forma diferente de esperar. Había encendido un cigarrillo que fumaba con placer. Empezó a fumar muy pronto, cuando todavía estaba en la escuela y lo hacían en pandilla, escondiéndose en los rincones y en los parques. Todavía no se había planteado dejarlo.

Entre todos los viajeros que iban y venían, uno llamó de repente su atención. Ya había visto muchos inmigrantes. Incluso a su pueblo llegaban en ferias y mercados, africanos, árabes y asiáticos. Este era moro. Así lo habrían llamado en el cuartel. Algunos de sus compañeros habrían hecho chistes o bromas, y todos, aunque con disgusto, las hubieran seguido Otros, incluso, lo hubieran provocado para ver si contestaba o huía atemorizado. Algunos se hubieran sentido más incómodos entonces, pero, sería muy raro que alguien hubiera defendido al moro; era mejor no ganarse antipatías. A Andrés, en realidad le daba igual quien fuera. De vez en cuando le gustaba imaginar de donde venían los viajeros que se encontraba en la estación. Reconstruía mentalmente su vida y parecía conocerlos un poco más. En el fondo le daba igual que fuera moro; que llevara mercancía en su pequeña bolsa o que viajara con o sin documentación. Era un viajero más, recién bajado de un tren y que parecía tener mucha prisa. No estaba seguro si se trataba por llegar a algún sitio o por salir de otro.

II

Musttab acababa de llegar a la ciudad. Bajar del tren le suponía un gran alivio, un nuevo alivio seguido de una, no menos nueva, tensión. Había superado una etapa pero al mismo tiempo temía, infinitamente más, a la que ahora empezaba. Ya no lo detendrían en el tren, pero ¿adónde dirigirse?

Su amigo había sido muy bueno con él, y de una gran ayuda en sus primeros días como extranjero. Después de un poco de descanso todo le parecía un sueño. No parecía el mismo que se escondió en la costa hasta la noche. Ni el mismo que compartió con otros (no se acuerda ni cuantos), un trozo de madera y una noche. No reconoce en sí mismo a aquel que, en la oscuridad del mar, olió sus mismos miedos en sus compañeros. Ni el mismo que nadó los últimos metros. No, han cambiado tantas cosas en tan pocos días que hasta saber quién es le causa confusión.

A veces querría poder volver atrás. ¿Haría lo mismo? ¿Qué cambiaría? En realidad el no tendría grandes ideales. No venía de la cárcel ni huía de persecución alguna. Tenía hambre y al mismo tiempo hastío, y por eso se decidió a intentarlo. Era hambre de otra vida, de otras cosas que sabía que existían y no habían sido nunca suyas, ni de sus padres, ni de sus vecinos. ¿Serían eso ideales? ¿Merecía la pena arriesgarse tanto?

Llevaba documentación falsa y  una dirección anotada en una servilleta de papel. Su amigo, que había saltado el charco unos meses antes, le dijo que allí le ayudarían. Para empezar aceptaría cualquier trabajo, pero en cuanto tuviera la ocasión aceptaría poner las cosas en regla, aunque ganara menos. Ahora, urgía salir de la estación. ¿Hacia dónde? No importaba. Un militar, fumando un cigarrillo le llamó la atención. ¡Cómo deseaba él tener un cigarrillo entre los dedos!

En realidad no tenía prisas. Sí le habían entrado ganas de correr cuando, en el tren, medio adormilado, y ocupando un asiento que no era el suyo se había sentido poco grato. El último asiento del vagón en ocuparse fue el que estaba justo a su lado. La joven que por fin no tuvo más remedio que ocuparlo, estuvo rígida todo el tiempo y ocupando solamente la mitad del sillón; curiosamente la mitad más lejana a él. Después, cuando ella se bajó, su trayecto era corto, un anciano lo miró con extrañeza, quizá por su color, y siguió buscando asiento en el siguiente vagón. Más tarde, un niño que viajaba con sus padres se negó a sentarse a su lado. Por no forzarlo, los padres viajaron con el pequeño entre  los brazos mientras el asiento, con sólo un pasillo en medio, seguía vacío. Hubiera sido Musttab quien se hubiera bajado del tren entonces sin dar explicaciones, pero debía llegar a su destino. Su osadía ya no tenía retorno.

Por fin estaba en la estacón y ahora, de repente, le había crecido el miedo de ser sorprendido por uno de esos grupos violentos de los que le había hablado su amigo. La noche y la soledad aumentaban esos miedos. Joseph le había dicho: “Huye. Si te causan problemas, huye, o los tendrás mayores”. Y ese era su dilema. ¿Adónde? Ya estaba huyendo de algún modo, de muchos a quienes ni siquiera conocía.

Podía tomarse un café antes de dejar la estación. Le serviría para aclarar ideas, tranquilizarse y preguntar a algún camarero. Quizá no lo necesitaba, y además, debía prescindir de lujos. Siempre podía preguntar a alguien en la estación por la pensión más próxima, y así no gastaría nada del poco dinero que tenía.

Pero no, no podía pararse a preguntar. Cuando se decidía, se quedaba helado por dentro y entonces ya no podía detenerse. Sentía además que, cuando se acercaba a alguien, viajeros, limpiadoras, vigilantes, … aceleraban el paso mirando para otro sitio. Tampoco ellos podían detenerse. Le evitarían. ¿Se le notaría en la cara el miedo? ¿Llevaba marcas de ser ilegal? ¿Era, otra vez, la oscuridad de su piel? ¿Les disgustaba su aspecto, limpio pero no cuidado? ¿Eran figuraciones suyas? ¿Se estaba volviendo loco?

No preguntaría a nadie. En algún lugar de la estación habría un plano de la ciudad. Caminaría hasta encontrar dónde pasar la noche, y, mañana, de día, volvería a buscar la dirección dónde le ayudarían. Ya se las arreglaría. Ante todo, debía parecer seguro y no despertar sospechas.

Con este pensamiento y su acelerado paso hacia la salida, estuvo a punto de chocar con una limpiadora que, al verle, cruzó aceleradamente de una a otra papelea de la entrada para vaciarlas. Musttab ya había decidido que no necesitaba preguntar a nadie.

III

Otra vez le tocaba el turno de noche. Lo odiaba. Sencillamente lo odiaba y no podía evitar trabajar de mala gana. En casa, por ayudarle, le decían: “Mujer, no te preocupes, incluso hay menos trabajo por la noche. Hay menos gente, luego ensucian menos”. Claro, ellos pueden decirlo, que se quedan tranquilamente en casa, o se van de juerga si les apetece. Ella era la que tenía que recorrer los interminables pasillos de la estación y limpiar los servicios. Nunca se sabía lo que te podías encontrar. Ya había visto jeringuillas, vómitos, y cosas peores. Era ella la que se sorprendía con andenes oscuros y vacíos que de repente se llenaban de gente. Ella era la que tenía que cruzarse en esos mismos pasillos y andenes con gente, a veces muy sospechosa. Porque para María, cualquiera que viaja de noche, o va de un sitio a otro, amparándose en la oscuridad, se convierte automáticamente en sospechoso. No sabría decir sospechoso de qué (ya se lo habían preguntado con burla sus amigas y sus hermanos), pero si a ella le infundían un poco de temor o miedo, era indiscutible que eran sospechosos. Y en una estación, de noche, hay muchos, a pesar de la aparente calma que se aprecia.

Hacían la limpieza por parejas, y aunque eso ayudaba un poco a sobrellevar la noche, no era suficiente. Las compañeras de día eran divertidas, con sus chismes, sus risas y esa alegría o genio, según el caso, que iban esparciendo mientras trabajaban. Pero para las de la noche siempre hablaban menos. Si contaban historias tenían un algo de suspense. Y hasta los chismes estaban marcados con ese tono. Si alguna vez reían, volvían a oír sus risas retumbando en pasillos como si la misma noche les devolviese una alegría que no quería compartir con ellas. Si veían a alguien, de esos considerados sospechosos, se callaban y seguían trabajando con una seriedad y unas prisas de las que ellas mismas se extrañaban. Prefería a las compañeras de día. No le cabía la menor duda. Esta diferencia entre compañeras sería normal si fueran personas diferentes, pero tratándose de las mismas mujeres resultaba algo más extraño, y eso mismo, confirmaba a María que la noche tenía un algo diferente que cambia a las personas, y que, por eso, era mejor trabajar siempre de día.

Con estos pensamientos había terminado de ponerse, malhumorada su uniforme, y estaba empezando su tarea vaciando  las papeleras de la entrada. Acababa de llegar un tren y un montón de viajeros se agolpaba en la entrada para salir de la estación. Nada extraño: ejecutivos, familias, obreros y algún moro de esos que había siempre en la ciudad. Ahora iría a la cantina a encontrarse con su compañera, y con Julio, el camarero. Tomarían un café mientras charlaban y así se enteraría de alguna de las novedades del día. En una media hora estarían juntas recorriendo pasillos hasta el amanecer.

De nuevo la noche le trajo un mal presagio. Casi en la puerta de la cantina se agolpaba una familia de gitanos; con sus montones de bolsas y liotes; con sus niños. No era racista, pero no le gustaba verlos allí, y menos a esas horas. Entró a tomar su café. Mejor no detenerse.

IV

Su mujer y sus hijos se habían quedado en un rincón de la estación, entre los bultos, colchones, mantas, ropas, trastos de guisar, una guitarra, … Era su vida, al menos durante una buena parte del año. No tenía más remedio que aguantarlo. Así había nacido. Así había crecido. Así debía mantener ahora a su familia. Aprovechaban lo que fuera para ganar dinero y poder seguir adelante el resto del año. Lo peor era cuando había que salir al extranjero. Siempre iban juntos. No iba a dejar a la familia mientras tanto. Al y al cabo él era gitano y no le parecía tan mal vivir así, aunque fuera incómodo en ocasiones.

Pensaba todo esto mientras había ido a comprar tabaco. Lo de las máquinas para venderlo era un buen invento. No tenía que hablar con nadie para conseguirlo. No le gustaba dejar sola a su mujer, aunque como hoy iban todos juntos estaba más tranquilo. El tío Francisco era el alma del grupo, en la estación y en el barrio, y se había quedado con ellos. ¿Qué pasaría cuando se muriera el tío Francisco?

Era una estación muy grande. La conocía muy bien, de otros viajes y de sus correrías de niño. Todo el mundo parecía tener prisas. Él no las tenía. Aún faltaban unas dos horas para su tren. Habían venido temprano para comprar el billete. De todas maneras tendrían problemas en el tren, porque querrían ir juntos y no los dejarían. Ya se las arreglarían.

Aprovechó la excusa del tabaco para pasear un poco. Un policía caminaba, de lado a lado de la estación. Esto le inquietaba. Siempre le inquietaba cruzarse con gente en las estaciones, con toda la gente, sobre todo con los vigilantes. Le miraban mal y él se ponía nerviosos, se le notaba que era gitano y no se avergonzaba de ello. Vivía como vivía, pero tampoco le hacía mal a nadie. Tenía sus amigos y su gente y tampoco le gustaba que se metieran con ellos. En el barrio le respetaban y él respetaba a los demás. Pero eso de que un desconocido lo mirara mal no podía soportarlo. Sentía que en el fondo se estaban metiendo con él, y se le despertaba el coraje.

Dejaría de pasear, por si las moscas. Volvería con su familia. Ya tenía el tabaco que buscaba. Suficiente para todo el viaje. Los billetes los guardaba el tío Francisco en el bolsillo interior de la chaqueta. Solo tenían que esperar. Mientras tanto, si se animaban, cantarían algo. Pero no quería molestar. Mejor hablar, haciendo hora, mientras las mujeres cuidan de los niños.

Un mendigo coloca unos cartones en un banco para dormir. Pronto vendrán a despertarle. Se sentía privilegiado. Aunque era gitano, no era como él. 

Sigue haciendo frío.

Los megáfonos anuncian la llegada de un tren, y de pronto, una nueva multitud, apresurada, invade la estación.

Es casi media noche y todos se parecen a sí mismos un poco fantasmales mientras buscan la salida.

14/06/2012 01:04 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Votaré.

20 de mayo de 2011

La mayoría de los políticos y hasta algunos ciudadanos se están poniendo nerviosos, pero a mi me gusta que la gente sea capaz de plantearse una meta colectiva, en forma de reivindicación, y se siente a defenderla. Me gustaría, y confieso mi escepticismo, que pasada la euforia inicial, la atención de los medios, la tensión del momento, mantuvieran la meta y la alcanzaran. 

No creo que si la situación hoy planteada se hubiera dado días antes o después, cambiara en sí misma drásticamente. Ni la crisis dejaría de serlo ni sería más grave. Ni las listas de parados crecerían o decrecerían a ritmo desconocido. Ni las expectativas de los universitarios serían diferentes en esencia a las de hoy. Sería distinto el interés de la prensa, el miedo del candidato, la fiesta del acampado.

Me pregunto, qué pensarían y dirían quienes se expresan hoy con radical contundencia si lo convocado fuera, por ejemplo, manifestación religiosa, o a favor de determinados valores morales (simultáneamente considerados inmorales para otros), o un movimiento de apoyo al tercer y lejano mundo, o un desfile de colores y sonidos, … ¿Son temas ajenos a la política? No en mi criterio, y mal hemos andado alguna parte del camino si hemos logrado aislar de la política la parte que es gestión quitándole la esencia de las ideas, de los valores y de las palabras.

Yo ya he decidido mi voto y lo sabéis. Iré a votar con diligencia el domingo y pondré mi empeño en que la torpe maquinaria que hoy tenemos funcione. Tenerlo decidido no me impide soñar con una máquina mejor. No condicionará mi voto la protesta. Y sin embargo, asumo muchas de las propuestas que ando oyendo sin orden en las calles.

Reivindico, desde mi usual teclado, la posibilidad de hablar y de votar el mismo día. Me gustaría, mañana como cualquier día, explicar por qué voto lo que voto sin tener que llegar a las guerras absurdas de la confrontación sin más esencia. Y escuchar por qué votan o no votan los otros; conocer lo que esperan y sueñan.

Votaré pasado mañana. Y me indignaré mañana ante cualquiera que lleve en mi presencia la reflexión al absurdo de negar la palabra. No nos tomen por tontos, un pueblo que es maduro no se deja influir sin más ni más.

20/05/2011 21:51 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Inicio.

27 de marzo de 1968

La casa se ha ido llenando de actividad. Hace una semana vinieron los abuelos.

Hoy, al caer la tarde llamaron también a Vicenta, la vecina que es como si fuera parte de la familia. La fecha es la prevista y María parecía estar de parto. Los dolores iban en aumento y, aunque las aguas estaban en su sitio, procedía ir preparando el acontecimiento.

A la niña mayor se la llevó una prima. Tiene apenas dos años y había empezado a ponerse nerviosa con el revuelo instalado en la casa. La madre ha preguntado varias veces por ella. Después ha preparado una pequeña bolsa con algunos juguetes y una muda para que se la lleven.

En la sala la radio está encendida. Solo el abuelo parece hacerle caso, aunque a veces una cabezada involuntaria le sorprende y descubre que ha perdido el hilo del discurso. Escuchaba una novela antes de la cabezada y están hablando de toros cuando reacciona.

Ramón ha ido a avisar a la matrona. Cuando le ha dicho que los dolores aún están distanciados y que no ha roto aguas, lo ha mandado de vuelta en solitario. Tendrá que volver a buscarla cuando todo esté más cerca. Quizá se pase ella antes si termina su ronda y sus obligaciones antes de nuevo aviso. Ha pedido que preparen toallas y tengan agua caliente, que compren algodones y unos botes de alcohol.

No ha gustado a Ramón que le den largas. Además no está la tarde para andar saliendo a cada rato. Hace frío de invierno, sin lluvia ni humedades, pero frío de hielo que congela los huesos. La noche amenaza con ser peor porque empieza a hacer viento.

Entretanto María ha estado yendo de la mecedora a la cama por momentos y con ello cambiando de la sala a la alcoba. Siempre la sigue alguien, su madre o la vecina. En el fondo desearía que no hubiera tanta gente, pero agradece a todos las atenciones y cuidados que le dispensan.

Los líquidos han empezado a fluir y su madre y Vicenta, le han ordenado quedarse en la cama mientras esperan la vuelta de Ramón con la matrona. Se le hace grande para ella sola. Su madre ha puesto sábanas limpias y alguna entremetida para proteger el colchón. Quiere dormirse, pero cuando está a punto de lograrlo, de nuevo el dolor punzante la despierta. Aprieta los labios y los puños para no gritar y coge el pañuelo que le han dejado en la mesilla para morder, pero el dolor remite y solo lo encierra entre sus dedos.

Ramón ha llegado a casa. Pasó por la farmacia. Toma un vaso de leche preparado por su suegra y se dispone a bajar para sentarse al lado de la cama de María. Desde la puerta escucha que están dando noticias en la radio; hablan de una guerra en Vietnam que imagina tan lejana como cruel. Por la ventana se escucha el viento que sopla cada vez con más fuerza. El árbol del jardín se agita con intensidad creciente, como también es creciente es la oscuridad de la noche que llega.

Acaba de entrar al dormitorio cuando alguien golpea el llamador de la puerta. La conoce por la voz, la comadrona se ha adelantado al segundo llamado. Lo agradece, no quiere andar por las calles en una noche que se presenta tormentosa, pero menos quiere volver a dejar sola a María.

La mujer, alta y delgada, con su maletín de trabajo apretado en la mano derecha camina hacia la alcoba. La recuerda del anterior alumbramiento. Es además la única habitación de la planta baja con la luz encendida y, para cuando ella alcanza la puerta, Ramón está asomado aguardándola. Intercambian unas frases que no llegan a conversación mientras se acercan a la cama: la mala noche escogida por la criatura para nacer, el estado de la parturienta y los preparativos realizados.

La vecina entra en el cuarto detrás de ellos y cierra la puerta.

La abuela sube al comedor y regaña a su marido que, ajeno a la radio y al momento, ha dado una nueva cabezada.

Al cabo de un periodo incalculable, la vecina irrumpe en el comedor. “Es una niña”  - dice – “y las dos están bien”. 

En la radio, que sigue encendida aunque nadie le hace caso, una voz femenina con acento extranjero canta “Cállate niña, no llores más, …”

Por un momento quien se calla es la radio y en su lugar, un golpe de viento sopla afuera y hace estremecerse la casa como si el temporal hubiera nacido dentro de ella.

28/03/2011 22:44 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Poesía.

21 de marzo, Día Mundial de la Poesía

Hoy la he visto en los ojos tristes de un viejo que gastó las palabras, y ahora, solo mira pasar un día tras otro sabiendo que ya nada será nuevo. La vi al mirar sus manos con los ojos aguados para evocar quién fueron, en su cabello cano, y en su mirar perdido.

He visto a la poesía en la pelea de niños cargados de razones contrarias para el final de un juego. Sus profundos motivos les llevaron al grito, y un grito frente a otro hicieron un poema de fuerza inmensurable. A esta elegía de infancia siguió espontáneamente, de forma inevitable, una nueva tonada al ritmo de otro juego con razones comunes.

He visto la poesía en un hombre llorando por un amor perdido pese a vivir rodeado de amores más sencillos. La he visto al mismo tiempo en la mujer que espera que le alcancen migajas de un cariño que nunca había pedido.

Y la he visto en suspiros andando por las calles, montándose en los coches, caminando al mercado, huyendo de las guerras, evitando el olvido. La he visto entre las prisas, en ruidos e ignorancias, en el dolor ajeno y en risas compartidas. La encontré en los olores que han vivido conmigo y en los que me llegaron viajando de otras tierras. La observé estremecerse al encontrar amigos y temblar de tristeza en casa de mediocres. La he visto retratarse y no reconocerse. La vi evitar a aquellos que ignoran que ella existe.

La he visto en tantos sitios, y ser tan diferente, que le abrí mis ventanas, ... puede vivir conmigo.

22/03/2011 00:14 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Autorretrato.

 

Está sentada en el sofá, un sofá extraño que la acoge mientras se piensa. La televisión le cuenta las mismas noticias de siempre, comentadas con un tono nuevo o con algún toque de agenda que se cuela en la actualidad, y que ella escucha con una indiferencia que se ha ido creciendo en los últimos tiempos. No necesita mirar al televisor, su mirada depende del folio en blanco que está dispuesta a llenar y se distrae, solo lo imprescindible, lanzando un ojo por la ventana que le devuelve el cielo azul y frío de febrero.

Tiene que presentarse, ¿mas quién es ella? Duda qué destacar. Ya ha escrito otras presentaciones. Si el folio hoy no se llena o se emborrona, puede tirar de ellas; son sinceras.

¿Debería empezar por lo físico?

Se lo toma como un ejercicio escolar. Es posible decir que es más bien baja; que no se siente fea aunque no es guapa; que lucha contra unos kilos que no llegan a angustiarla, … Puede empezar por dar detalles: lleva media melena castaño natural y se empeña en mantenerla lisa contra la voluntad del propio pelo. Sus ojos son marrones, aunque alguien le ha dicho en tiernas ocasiones que pueden alcanzar un reflejo verdoso al mostrarse más vivos. Su tez es clara, pero no pálida, …

Mira por la ventana de soslayo y le parece inútil lo que ha escrito. La quietud de la tarde la despista y quiere empezar de nuevo su retrato.

¿Qué tal si contara algo de su historia?

Nació en el sesenta y ocho pero no fue elección y no es por tanto mérito. Ignora si eligieron por ella, y se siente querida desde entonces.  Cree que ha sido feliz y tiene decidido seguir siéndolo.  Su casa siempre ha sido bulliciosa; siete hermanos en tiempos de distracción nada electrónica. Y frecuentes visitas por distintas razones: la fragua del padre siempre estuvo en la casa, una familia extensa que era también numerosa, adscripción religiosa en minoría que fue causa de frecuentes reuniones en casa, … Se sorprende. Su historia de algarabía parece no encajar con la imagen que muestra de mujer solitaria, independiente, emancipada en una casa en la que al escribir no se escucha más ruido que el de un televisor a medio tono que emite su monólogo.

Pero hablar de su origen no es hablar de su historia. Pudiera ser tedioso para quien lo leyera seguir toda su infancia, después la adolescencia, juventud, madurez, ... ¡Se siente tan pequeña! ¡Pero ha vivido tanto! Que de nuevo abandona y vuelve a la ventana. Unos niños inician un juego en el jardín.

¿Podría quizás hablar de su presente?

Trabaja, quizá eso la defina. Y se siente feliz con el trabajo que ha vivido como un continuo cambio dentro de su querer. Le satisface. Se sigue definiendo como maestra aunque hace ya diez años que no ejerce. Echa de menos el ruido de la escuela. La educación le gusta (iba a decir “le pone” pero suena excesivo para el primer contacto y pueden “ponerle” muchas cosas que no debe contar en la primera imagen). Dirección, orientación, formación, asesoramiento, … y ahora inspección. Demasiado sonoras las palabras para el sentido humano que deben encerrar.

Mejor cambia de tercio y empieza nuevamente su retrato.

Es mujer.

Se llama Nohemí y le agrada su nombre.

Ha terminado su jornada en el despacho y se ha sentado a escribir. Tiene que presentarse para empezar el curso y quiere ser sincera.

Se siente cómoda en el recién inaugurado estudio en el que pasa la mitad de la semana por razón de trabajo. Le encanta la luz que tiene y las vistas a la ciudad tranquila, especialmente hoy que es casi primavera y se le antoja que tiene luz de otoño.

Quiere escribir. Lo sabe desde hace tiempo, pero necesita ayuda para hacerlo e impedir que la vida se le pase tan rápido que quede lo importante sin hacer por atender tan solo a las urgencias.

17/02/2011 17:23 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Escuela.

Muchas veces he dicho que lo que sé lo aprendí en la escuela.

A quienes hicieron mi escuela posible, este breve texto como homenaje.

En uno de mis textos anteriores prometí hablaros de mi escuela. Pues aquí estoy y voy a intentarlo. Empezaré diciendo que soy, sin duda, una mujer joven porque hoy creo que asistí a la escuela del futuro. No puede ser de otro modo si la comparo con la educación de la que hoy casi todos hablamos.

Mi escuela fue la mejor escuela, una  escuela privilegiada, no por lo que tuvo, los presupuestos debieron ser sin duda muy austeros. Tampoco por quienes asistimos, nos llevo allí el azar. Pero fue, gracias a quienes pusieron su empeño en ello, una escuela avanzada a su tiempo.

Mi vida escolar empezó en unas pequeñas aulas, próximas al campo, donde curse preescolar. El patio y el campo eran uno, por eso las llamaban “las camperas”. Pocos recuerdos tengo de esa etapa y no los califico. No son gratos ni ingratos. Mi familia era lo suficientemente animada como para no necesitar a otros iguales para socializarme. Mis amigos fueron llegando después, pocos conservo de mi tierna infancia.

Después tengo memoria irregular de mi colegio y sus distintas sedes. Los recuerdos se han ido borrando o haciendo nítidos a su propio capricho. Cuando de mayor, estudiante ya de magisterio, aprendí de la lateralidad y la psicología infantil entre otras cosas, entendí algún recuerdo de mí misma.

Por ejemplo, aprendí en mi escuela a diferenciar la derecha y la izquierda. Lo aprendí en el aula de primero. Entonces las ventanas quedaban a mi espalda. Eran ventanas antiguas, con cristal recio, como si siempre estuviera sucio. Solo la parte superior se abría y lo hacía hacia adentro, al tirar de una cadena. La apertura se regulaba en función del eslabón de la cadena que se fijara en el pequeño gancho clavado en el marco. Pues bien, con esos cristales a la espalda, en el puesto del aula más lejano de la pizarra, mi derecha era siempre la mano que tocaba la pared. No sé si la maestra de mis primeras letras, (que aprendí a fuerza de puntitos en cuadrícula y de gestos de manos como código de apoyo), me ayudó a recordar que esa era la derecha. Si sé que durante años, para identificarla, tuve que evocar en mi memoria esa ventana opaca a mis espaldas y la fría y blanca pared al alcance de mi mano.

Recuerdo en esa escuela, sentada en un poyete, que no tuvimos clases porque Franco había muerto. ¿Habría mejor motivo para alegrarse de la muerte de alguien?

Recuerdo el comedor y a Valentina, la eterna cocinera, con su mandil de cuadros blanco y negro. Y el olor de cada día que anunciaba el menú. Nunca he vuelto a comer aquel pollo partido en trocitos pequeños  y cocinado en salsa de algo fuerte y sabroso, pero no he olvidado aquel olor que se extendía por el patio desde la hora del recreo.

Recuerdo aquel despacho al que fuimos entrando poco a poco, a leer, a pedir material, a trabajar, … Los libros blanco y rojo pasaron por mi mano. Las máquinas de alcohol, la grabadora, fueron los instrumentos del periódico que empezamos a hacer. Las reuniones eternas después de la jornada escolar, la elección de delegados, los consejos de centro, las reuniones de padres, …

Y hasta el edificio fue cambiando. Cavamos en el huerto para hacer un jardín y en él, sobre un césped que nacía a trompicones, en uno de los árboles que ya estaban allí, colgamos un panal. Pintamos un armario para recuperarlo. Azul de fondo sembrado de estrellas, lunas y planetas blancos que fuimos dibujando con plantilla. Me han dicho que lo han visto olvidado en algún almacén municipal guardando polvo.

Recuerdo, ya en los últimos años en mi escuela haber aprendido casi todo. Recuerdo los debates, comentarios de texto, los talleres, mi inicio en la escritura, el placer de leer, los viajes, a visita a la charca a coger renacuajos, los planes quincenales, las notas personales en cada corrección, … Hablábamos allí de guerra fría, de las dos Alemanias, de Polonia y solidaridad, su sindicato. Preparamos meriendas a modo de guateques, y bailamos. Aprendí de mi pueblo y de sus calles, sus negocios, sus gentes. Conocí allí a Quevedo, Hernández, Sénder y a Rosalía de Castro. No tuvimos un libro, tuvimos muchos libros y hasta pedimos otros a embajadas del mundo, alguno de los cuales debe andar todavía por mi casa.

Justo es también decir que allí hice mis primeros amigos, y enemigos. Algunos ya no están, se han ido pronto. Otros se han ido diluyendo en los años y emergen en algún encuentro fortuito en el mundo de adultos. Con otros, la vida nos ha dado oportunidades nuevas de aprender y crear juntos. Todos cabíamos en aquella escuela, y allí fuimos felices.

¡Perdón! No os he dado los datos de tiempo y de lugar, un poco imprescindibles si pensáis que mi vida se ha movido entre escuelas. Pero no os confundáis, no hablo de la escuela que yo he hecho. Con todas sus virtudes y defectos, con mi pequeño empeño, esa escuela no alcanza a mi escuela de infancia que os evoco. De ésta es que os hablo y permitidme, queridos lectores, que lo haga con cariño, lo merece.

15/01/2011 22:36 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

“Tengo la vida en un hilo y estoy jugando al yo-yo”.

Evocando un objeto que está conmigo mucho tiempo, y del que no me querría deshacer.

Está deshojado, bueno, deslomado para ser más exactos. Pero ha vuelto a hacerse un hueco en mi mesilla.

Siempre hay un par de libros en mi mesilla de noche, y siempre, o casi siempre, tengo que echarles un vistazo antes de dormir. No puedo escuchar la radio por la noche, porque me desvelo. Pero tampoco puedo conciliar el sueño sin leer al menos un par de páginas aunque muchas veces, al día siguiente, tenga que volver a leerlas para mantener el hilo de la historia. En casa dicen que me ha pasado desde niña, y sin embargo no tengo casi ningún recuerdo de pequeña lectora. Me refiero a pequeña, pequeña. Mis recuerdos de lectora empiezan por aquella edad en que, el libro deslomado del que empecé a hablar, apareció en mi vida.

Debía andar en mis trece o catorce años.

Otro día te hablaré de mi escuela.  Hoy solo te diré que fue la escuela quien me aficionó a leer. Leía con voracidad todo lo que caía en mis manos. Eso sí, siempre leí de noche y en la cama. Puedo presumir de haber dormido con Delibes, con Cela y Gironella,  con Hemingway, y con otros muchos, y  además muchas veces.

No sé como era tu casa. En la mía no había calefacción. El comedor se mantenía cálido gracias a una estufa de leña en la que ardía cualquier cosa que fuera combustible;  las camas con una botella de agua calentada en la misma estufa. Hoy, como en venganza, tengo una bolsa para agua  caliente creada y comprada a propósito para calentar la cama. Rara vez la utilizo. Entonces eran un lujo, se reutilizaban las botellas. La mayoría eran de cristal; cascos retornables de gaseosa que se cerraban con un tapón de porcelana rematado con una arandela de goma y sujeto por unos alambres. Con una de esas y un libro en la mano me iba yo a la cama. No recuerdo haber tenido un oso de peluche ni una muñeca dormilona. La ceremonia del vestido y desvestido la hacíamos apurando las últimas ascuas de la estufa.

Entonces empezaba la magia de la noche, cuando el tiempo pasaba sin sentir. No importaba el peso de las mantas, ni el frío en la punta de los dedos. La nariz marcaba, respingona y casi helada, la distancia entre las letras y yo. Fue entonces cuando descubrí la poesía y apareció en mi vida el libro, que hoy deslomado y amarillento vuelve a estar en mi mesita de noche.

Lo trajo un concurso de poemas que no debí ganar.  Debió haberlo ganado un tío mío. Recuerdo que era breve y que hablaba de un amor que no era el mío. No he vuelto a ver aquel poema, ni me acuerdo de ninguno de sus versos. El premio lo recuerdo, y lo he traído de nuevo a mis noches. “Cuatro poetas de hoy” con su puñado de páginas, llegó a mi vida gracias a la trampa que te estoy confesando. Con ella y en penumbra metí desde esa noche en mi cama a cuatro hombres que me han dado respuesta a muchas cosas. Hierro, Celaya, Hidalgo y Blas de Otero siguen dispuestos a darme más respuestas, y a hacerme las preguntas.

Pasó mi libro muchos años en el letargo de un estante en casa de mis padres. En ocasiones fui a buscar una letra, una dedicatoria o frases para una cita. Recuerdo haber buscado palabras para el primer amor. Y encontrar desamor, y despedidas, y argumentos de lucha y compromiso en momentos cruciales de mi vida. Pero hoy, si me preguntas, no sé porqué está aquí de nuevo.

Tiene las hojas sueltas y parece un milagro que conserven su orden. Están ásperas todas, y amarillas hasta el punto de hacerme dudar si están hechas de papel o de algún barro especial para imprimir. Huele al tiempo pasado. Hay notas en algunos márgenes que evocan una idea, pero raramente la fecha en que fueron dejadas. 

Con ternura lo he abierto hace un momento, y ha vuelto a recordarme que mi vida está “en un hilo y estoy jugando al yo-yó”.

03/01/2011 23:32 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Carta de navidad. 2010

Imitando a George Sand a partir de la propuesta de Silvia para la semana 7 del curso de escritura autobiográfica.

 

Querido amigo,

El individuo llamado Nohemí está haciendo los preparativos para la navidad y entre ellos disfruta de una tarde tranquila de correspondencia. En unos casos ha escrito de corrido felicitaciones sencillas, todas con los mejores deseos que es capaz de expresar sin dejar de ser sincera. En otros, aprovecha la ocasión para una carta extensa que compensa el silencio de todo el año. Y en el tuyo, Nohemí te escribe, pese a verte a menudo, porque tiene muchas cosas que le gustaría contarte y nunca alcanza el tiempo para hacerlo. En cualquier caso, porque te echa de menos y ha apartado un rato largo para hablarte de un modo diferente a como lo hace cada día de los que os encontráis y os preguntáis “¿qué tal?” con una sonrisa huidiza.

Ya sabes que el individuo llamado Nohemí está cansado, a veces te lo ha dicho ella y a veces lo has descubierto tú. Quedan lejos las vacaciones de verano y pensar en las de Navidad parece cansarla aún mas. Le cansa pensar en tareas propuestas y no cumplidas que encontrará a la vuelta como si fueran facturas pendientes. Cansan también los preparativos, compras, regalos, reuniones familiares, … que los medios presentan como impuestos. A Nohemí también le cansan los afectos, sobre todo cuando siente que los tiene sometidos a excesos o a rutinas.

Te decía, Nohemí está bien aunque cansada. Es sábado por la tarde y acusa el cansancio de todo el trimestre. Pero no puede culpar al calendario de su cansancio. Se ha organizado mal para los cambios y vive en tres lugares al mismo tiempo.

En Tomelloso tiene su casa y muchas más raíces de las que nunca pensó estar echando. A pesar de los cambios sigue siendo su hogar y no lo deja llenarse de telarañas ni olvidos. Siempre le pareció imposible que una casa la atara, y ahora se siente amarrada a ella. Alterna noches aquí y noches fuera. Pero siempre vuelve a coger o dejar una maleta, a renovar un libro, quedar con un amigo o ver una película. Escribe aquí las cartas; no se imagina haciendo algo tan personal en otro sitio.

En Ciudad Real tiene el trabajo, bueno, el “cuartel general” de su trabajo, y pasa por allí al menos dos veces por semana. Intercambia pareceres con los compañeros, (a la mayoría no puede aún llamarles amigos aunque lo desearía), recoge y deja documentos, y sueña con que las raíces también crezcan en una ciudad que no es la suya. Tiene un piso compartido que le hace sentirse cómoda cuando la noche la sorprende allí. Un poco la devuelve a años más jóvenes,  pero un poco la hace sentirse como una actriz en la película de su propia vida. A veces le gusta y a veces le incomoda.

Además ya sabes, tu siempre lo has sabido, que Nohemí no ha roto el cordón umbilical con La Solana y pasa por allí los fines de semana con la escusa de acompañar a sus viejos, pero con la oculta intención de recoger cariños. A los de los abuelos ahora se suman los de los niños que van aumentando la familia y reparando el relevo sin traumas. La Solana es siempre una sorpresa. A veces nido lleno con la visita de hermanos y sobrinos, a veces nido vacío lleno de la soledad de los abuelos.

Ya ves, el individuo llamado Nohemí no ha renunciado a nada de la mochila que llevaba cuando entró en tu camino, pero ha incorporado más cosas y personas y quizá por eso la siente a veces más pesada. No renuncia a nada de lo que lleva dentro.

Sin embargo, Nohemí descansa cansándose con otras cosas. Está deseando que lleguen las vacaciones para cansar el cuerpo físico, y dejar que descansen la mente y el corazón. Cocinar le llevará parte del tiempo y aunque, como a los motores viejos, le costará arrancar, disfrutará después preparando comidas y planes para todos. Si el tiempo lo permite descansará en el  campo, encendiendo el fuego en la chimenea, llenando la leñera o recogiendo las hojas que el otoño ha regalado al suelo para pasar el invierno. Se sentirá descansada cuando alguna noche sienta doloridos los músculos de piernas y brazos. Cuando descubra en el espejo que no se ha maquillado en varios días y necesita lavarse el pelo.  Percibirá el descanso al arrinconar las botas llenas de barro en el portal para evitar manchar el resto de la casa. Lo hará también cuando descubra olor a cocina en la bata de casa o en el pijama. Cuando se descubra de madrugada en la cama enganchada a una lectura y cuando le amanezca cerca del mediodía.

Y ya sabes, como siempre, pasados unos días de este ritmo primario, Nohemí se sentirá descansada y necesitará de nuevo volver a sus maletas y a sus casas, a los planes pendientes, a las prisas que cansan, a los muchos trayectos, a la compañía de amigos en cualquier momento y a la de compañeros en unas cañas, de tarde en tarde, al terminar la jornada.

Entonces, el individuo llamado Nohemí, volverá a saludarte y te dirá “¿qué tal?” y, aunque la prisa obligue, te mirará a los ojos para que veas en los suyos la alegría del descanso junto a la del reencuentro. Y para confirmar en tu mirada que, más allá de rutinas, los individuos se importan cuando comparten y entienden lo que dicen las palabras e incluso lo que las palabras no dicen.

Por cierto, mi querido amigo, no puedo despedirme sin desearte que seas feliz en Navidad, pero ya sabes que mi mayor deseo es que no te olvides de ser feliz siempre.

Un abrazo,

El individuo llamado Nohemí.

 

Y los comentarios de Silvia (la "profe")

Nohemí, has sido la más fiel en tu propuesta y desarrollo a la carta de la maestra George Sand. Y cumples primorosamente con todo el recorrido vital que nos muestra detalladamente cómo es tu vida. Lo haces sin ampulosidad, con un ritmo cadente y muy familiar. Nos envuelves en los sentidos, como tú sueles hacer, ya casi forma parte de tu poética y nos llevas de la mano desde la entrada hasta la salida del texto. Sólo nos queda la intriga de saber en qué lugar/espacio de todos los nombrados espera el destinatario tu carta. Eso, sí, sabemos que tiene suerte de tener una buena amiga, que tanto confía en él y tan capaz es de transmitirle sus sentimientos y avatares.

03/01/2011 00:38 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Crónica de una mudanza.

Estimados lectores, seguro que pensáis que una mudanza es algo importante. A pesar de haber hecho varias, para mi son una aventura a la que siempre me he resistido.

Sin embargo, remodelado el equipo de redacción de este periódico, no tengo más remedio que hacerlo ahora. Cambiará mi ciudad y mis tareas y lo asumo también como un gran reto. Pero, mis queridos lectores, ésta no es una crónica de despedida. Mantendré mi encuentro mensual desde el particular exilio laboral que en breve inicio.

No tengo muchos muebles y los pocos que tengo no son imprescindibles; se quedaran en un trastero. Tampoco tengo demasiados objetos de valor, salvo el valor afectivo que se transporta también en la memoria. Sin embargo pensar en empaquetar mis libros me produce cierto pánico.

Sin duda he nacido un par de generaciones antes de lo debido. Soy de la generación del respeto al papel, y lo junto y colecciono en todas sus formas. Dicen que las próximas generaciones leerán todo en formato digital y que eso supone una reducción del espacio que los libros ocupan. Laura J. Varo[1] iniciaba su reportaje  el Día del libro de este mismo año, con el dato de que las 2000 páginas que ocupa  “Millenium”, la famosa  trilogía de Stieg Larsson, se reducen a unos 200 gramos en el pack en catalán y castellano puesto a la venta, en esas fechas, por una distribuidora de libros digitales. ¡Y aun se refiere a un paquete para regalar, tangible! ¡Una descarga de servidor a ordenador no pesa nada!

Yo sin embargo, he acumulado montones de libros que será necesario empaquetar para almacenar o transportar, según el caso. Dejaré casi todos en casa de mis padres, ordenados en cajas para aguantar una larga espera. Pero llevaré algunos en mi propio equipaje y he empezado a seleccionarlos. 

Como soy un desastre y al mismo tiempo me gustaría no serlo, he intentado poner criterios a mi elección. En primer lugar he apartado algunos de los que más tiempo han estado conmigo; después de los que más recientemente he leído; y por último, alguna de las obras que me ha hecho sentir algo especial. Os cuento mi listado al tiempo que lo hago.

Entre los primeros tiene que estar inevitablemente mi Biblia. Por formación y por fe me ha acompañado siempre, aunque el ejemplar que me llevo muestra en su primera página junto a mi nombre, una fecha, veintisiete de marzo de mil novecientos ochenta y nueve. Creo que la compré con las mil pesetas que mi padre me dio por mi veintiún cumpleaños, pero no anoté al dador. Ha ido acumulando en sus páginas blancas algunas direcciones, citas o frases célebres; y en sus páginas escritas de Génesis a Apocalipsis, algunas notas y subrayados. Tengo varias versiones de la Biblia, incluyendo algunas digitales y en el móvil, y espero heredar alguno de los ejemplares antiguos o curiosos que mi padre ha ido juntando. Sin embargo, esta edición Reina-Valera, revisada en mil novecientos sesenta y publicada por las Sociedades Bíblicas Unidas, en formato bolsillo, con letra pequeña, pastas de plástico y algunas hojas descosidas, es Mi Biblia, y espero tenerla cerca cuando me instale en mi nueva casa.

Junto a ella he seleccionado un libro que casi ni recordaba, pero que me ha seguido hasta el día de hoy. De pequeña, y sin saber del todo qué significaba, yo quería ser poetisa y por esa razón me regalaron un libro de apenas cincuenta páginas con una selección de treinta y un poemas ilustrados, de cuando en cuando, con fotografías de la naturaleza.  Imágenes que a mi me parecieron siempre impresionantes. Digo “me parecieron” porque cuando ahora hojeo el libro su calidad no es ni por asomo la de las fotos que podemos ver en páginas especializadas de Internet o tomar incluso con nuestro teléfono móvil. Debía yo de tener no más de una decena de años cuando me lo regalaron, porque todavía firmaba sin “h” y no había adquirido el extraño hábito de datar los libros que hoy mantengo. Este “Joyas de la poesía cristiana española” seleccionadas por Alejandro Clifford debe de ser anterior a las reglas del mercado bibliográfico actual porque por más que lo miro no le encuentro más señas de identidad que un “Queda hecho el depósito que marca la ley” y una fecha que me lleva a mil novecientos setenta y dos como fecha probable del trabajo de imprenta. Tiene un tinte de amarillo añejo en sus páginas y los bordes de la cubre portadas, raídos del uso y el desuso al que he debido someterlo.

De entre los libros que me han acompañado mucho tiempo he cogido también un cuento de Pinocho, parecido a los que he visto estos días en mis preparativos navideños, pero que yo recogí como un tesoro antes de que la sociedad de la abundancia y el consumismo nos invadiera del todo. Tiene las pastas duras y las hojas de un cartón fino plastificado del que al abrirse emergen las figuras y los personajes. Mi página favorita es la que narra cómo Pinocho sobrevive en el vientre de un enorme pez; no tanto por lo que cuenta como por la ballena de cartón recortado, con sus enormes dientes y su chorro de agua en el lomo, que aparece de repente al abrir el libro por la página ocho y transforma la lectura en un enorme mar cargado de misterio.

De entre los libros que recién he leído salvaré solo dos. Ello me exige ir alejando muchos que se me ofrecen en los estantes como candidatos en un casting. Pero ni María Dueñas con su “Tiempo entre costuras”, Muriel Barbery y “La elegancia del erizo”, ni “Mira si yo te querré” de Luis de Leante, han ganado el puesto. Junto a otros han ido cayendo, rítmicamente, a la caja de la larga espera. En todos los casos el mismo ritual: un vistazo a la portada, una ojeada a la contraportada, y un vistazo rápido a alguna página interior, a la dedicatoria o la fecha que lo data en mi poder. Mientras van llenando una y otra caja, algunos, indultados, reposan en mi mesa. Finalmente me he quedado con dos y me parece suficiente.

Zola me ha acompañado este verano con su “Germinal” y se vendrá conmigo. Sencillamente magistral la lección de la historia que encierra y la revelación de caracteres que el maestro logra. Y magistral, más si cabe, el momento en que el libro dio el salto desde la estantería a mi mesa de lectura. Era el último agosto y, si os tomáis la tarea de revisar las hemerotecas, constataréis que, desde casi principios del mes, los titulares hacían continuas referencias al accidente sufrido en una mina de Chile. Con intensidad creciente fueron pasando, durante más de dos meses, del pesimismo al optimismo, para llegar a la euforia del exitoso rescate y, después, al silencio. A estos mineros de hoy y a los de  “Germinal” los igualan los rigores del trabajo, las innombrables condiciones laborales, un mundo con enormes diferencias sociales y la cara más dura de la explotación del hombre por hombre. Los separa antagónicamente, más que el siglo y medio transcurrido y los dos continentes en que habitan, la suerte bien distinta del desenlace.

He puesto también en mi maleta bibliográfica a un desconocido que me encontré en el hipermercado. Compré “A siete pasos de la primavera”, de Steven Conte, por su referencia a Berlín y a mi intención de visitar la ciudad en primavera. Y me metí en la primera novela de alguien que es capaz de contar que después de lo malo, todavía puede llegar algo peor.

Por último, os decía que salvaré de la distancia a algunos que me han hecho sentir algo especial. Por eso me llevo a “Paula”. Recuerdo que lloré con su lectura y sin ningún ánimo de auto-tortura lo volveré a leer cuando me instale. Podría haberme quedado con cualquier otro de Isabel Allende. “La casa de los Espíritus” hubiera sido una alternativa. La descubrí como novela después de haber visto la película tres veces en dos días y pasar de la admiración femenina hacia Antonio Banderas,  al papel de la magia y al profundo calado de los personajes. Pero “Paula” es la vida y la muerte en la misma partida, y el dolor de los vivos, el recuerdo, y la historia, … tan mezclados, tan hondos y tan auténticos, que la convirtieron, al menos para mi, en una conversación casi real con Isabel.

Iba a seleccionar, en este último bloque, alguno más, pero me planto aquí. Podéis estar seguros de que hay más libros que me han hecho llenarme de risas y de llantos, pero veo pesada mi maleta.

Sin embargo, os contaré otro mes, en este mismo encuentro, qué libros acaparo en mi nuevo destino y como los enlazo con mi vida allí. Si logro dar el salto al libro sin papel seréis, mis queridos lectores, los primeros en saberlo.



[1] Referencia a artículo real publicado en El País del 23 de abril de 2010.

27/12/2010 00:35 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

La última feria.

Este texto fue publicado en el número especial de Feria de Tomelloso del periódico Lanza, de hace algunos años.

Tirando solo de la memoria no puedo ser más exacta en la cita.

 

Una vez más el día y ella habían amanecido al mismo tiempo y casi sin pensarlo, se encontró vestida con su túnica de alegres colores,  caminando por el ferial que la había mantenido ocupada hasta hacía apenas unas horas, y en el que aun quedaban, semidormidos, los ecos de la pasada noche.

Siempre le había gustado pasear en pueblos dormidos justo cuando acababa de nacer el día. Se sentía un poco dueña de esa calma y esas primeras luces, y sobre todo, un poco más dueña de si misma. Hoy al hacerlo, recuerda uno de sus primeros caminares  en este mismo pueblo y en esta misma feria años atrás, cuando apenas conocía ni el lenguaje ni a la gente, y solo tenía un hatillo de pulseras de colores que ofrecer a cambio de unas monedas. Y se sonríe al pensar cómo esperaba que esas pocas monedas que ganaba con sus ventas, se fueran multiplicando para poder vivir y ampliar el negocio con ellas. Esperaba ingenuamente que se produjera el milagro de la prosperidad que no había visto producirse en su país. Tampoco aquí se produjo aunque hoy no puede quejarse, tiene un pequeño coche y unos barrotes de hierro con los que cada noche construye su tienda. Y cada noche es feliz como una niña que ordena sus juguetes al disponer su mercancía de múltiples colores como si de un gran escaparate se tratara. Sabe que ésta será su última feria. Se marcha. Su milagro son solo unos pocos ahorros, suficientes para llegar a la playa y trabajar en una tienda con escaparate de verdad. Hace tiempo que se lo propuso un amigo y ahora va a intentarlo.

Caminando parece que se habla a sí misma, y a veces hasta se sonríe. Le gusta recordarse, lo que fue, lo que es hoy. Le gusta imaginar lo que será o lo que hubiera sido en otras circunstancias. Hoy, casi al amanecer, se ve tan diferente…

Tardó mucho en acostumbrarse a todo. Durante mucho tiempo tuvo miedo. Sentía estar casi sola. Temía equivocarse o haberse equivocado ya y no poder remediarlo. Su camino, su escapada, no tenía marcha atrás y tendría que aprender a vivir con su miedo y con su soledad, a reír con ellos. Recuerda sobre todo un sentimiento, la vergüenza que la acompañó durante años. Cada vez que alguien le dirigía la palabra, por ser cortés o  preguntarle un precio, sentía vergüenza y si su piel hubiera sido pálida, todos hubieran visto como se sonrojaban sus mejillas. Le parecía que el suelo se abriría ante sus pies antes que fuera capaz de dar una respuesta adecuada, y si la daba, volvía a sentirse enrojecer ante la duda de haber sido entendida. Sentía vergüenza si alguien la miraba y la veía distinta. Su piel morena, sus grandes ojos y sus labios carnosos que habían sido el orgullo de su padre cuando era niña ahora le pesaban cada vez que unos ojos curiosos se paraban en ella y una voz maliciosa pregonaba, quizá sin maldad, lo “guaponaza” que era la negra que vendía collares en la feria. De nuevo sentía vergüenza y orgullo al mismo tiempo. Pero también se desconcertaba ante la indiferencia, si pasaban junto a ella sin notarla, si no la miraban. Se sonrojaba si algún transeúnte era cortés con ella y se turbaba si no lo era. Cargaba con toda su cortedad cuando extendía el puesto en el suelo, y para disimularlo, tarareaba una canción que aprendió de su madre como si con ello pudiera olvidar la vergüenza que sentía y evocar la normalidad con que su madre cocía unas tortas o bordaba un delantal. Recuerda especialmente lo mal que se sentía cuando en algunas ocasiones, le obligaron a recoger su mercancía y abandonar el mercado o el ferial porque no disponía de algún papel que nunca supo lo que significaba. Su vergüenza aquí no era por la policía que, a pesar de lo incómodo del momento, siempre la trató bien. Tampoco sentía vergüenza por haber cometido algún error del que no era consciente. Lo que en verdad le avergonzaba era convertirse, sin quererlo, en el centro de todas las miradas y sobre todo de la lástima de algunas. Nunca había querido inspirar lástima; tenía suficiente orgullo como para no necesitarla. Quizá no despertaba amor, ni ternura, ni odio, … pero la lástima le parecía un sentimiento innoble, incapaz de producir ningún fruto bueno.

Todos estos recuerdos se le agolpan y le parece reconstruir los momentos a medida que avanza por las calles y se mezcla entre los coches de vendedores aparcados. Cree recordar el lugar donde hizo una buena venta, o donde perdió parte de su mercancía un año que la feria se inauguró con una monumental tormenta. Reconoce algunos de los coches de los vendedores y saluda al perro vagabundo que merodea por entre los desperdicios. “¿Tendrá el perro vergüenza?” – se pregunta y se sonríe al mismo tiempo -  “¿Por qué había de tenerla? ¿Eligió el nacer perro, o vivir suelto, o ser de nadie?” Y de repente el pensamiento, por un momento distraído se vuelve hacia sí misma. “¿Eligió ella ser negra o ser mujer? ¿Eligió ella misma nacer pobre? ¿Es culpable de querer otras cosas que su propio destino le había negado?” No puede ser un crimen querer vivir algo mejor que vivieron sus padres, ni querer que sus hijos, si le llegan, vivan incluso un poco mejor que ella. No debe de ser malo el valor de arriesgarse a vivir sola y lejos, no debe avergonzarse. Por un momento se sorprende a sí misma con un nuevo rubor que nunca antes había sentido, y lo interpreta al instante, siente vergüenza de sentir vergüenza. Sonríe para sí misma al sentirse sorprendida por sus pensamientos y sigue caminando, iniciando el regreso.

Y mientras se pasea y piensa esto, se le crece el orgullo y va luciendo, con más esplendor que nunca, su larga túnica de animados colores que, con el sol que empieza a tomar fuerza en el cielo de Agosto, parecen más vivos y más alegres, un buen presagio para este nuevo día de su última feria.

19/12/2010 18:48 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Me acuerdo (II).

Me acuerdo de la leche vendida a granel en la vaquería. La íbamos a buscar a la hora exacta de la tarde en la que estaba previsto que llegara desde la vaquería al pueblo. Siempre era como a media tarde y la mujer del vaquero, en el pequeño portal de su misma casa, la despachaba pasándola de las grandes cántaras de alumnio a las lecheras, que cada uno llevábamos, mediante pequeñas jarras medidoras. Era una casa oscura marcada por el luto; la blancura de la leche compensaba. El silencio dominaba el ambiente y se rompía, como con miedo, por el ruido del líquido vertido de un recipiente a otro. No recuerdo en qué momento las lecheras se fueron sustituyendo por garrafas o botellas de plástico reutilizadas, pero de haber sido consciente del cambio, debí haber adivinado que el final de la leche a granel estaba cerca.

05/12/2010 18:49 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Me Acuerdo.

Me acuerdo de las patatas asadas en la fragua. Todo el mundo no ha tenido una fragua en casa. Nosotros sí, con sus ventajas y sus inconvenientes. Era el trabajo de mi padre y estaba al fondo del patio de la casa. Un cuarto en el que la luz que entraba por sus tres ventanas, no lograba poner claridad en el color oscuro del humo, el carbón y el hollín. En ella mi padre fabricaba tijeras y cuchillos, con fuego y martillo como casi únicas herramientas. En las tardes de invierno, desde que anochecía y hasta el final de su jornada, yo, y mis siete hermanos por turnos rigurosos, bajábamos a acompañarle. A veces hacíamos de la obligación un lujo y ensayábamos con herramientas y materias pequeños inventos. Otras veces se convertía en un castigo porque nos privaba de un ocio placentero frente al televisor, o de la compañía y el juego de los iguales. Con frecuencia el acompañamiento iba aparejado a distintas tareas dependiendo del momento en que se encontrara el proceso: ayudar a cortar el acero, picar carbón, lijar o limpiar tijeras, etiquetarlas, empaquetarlas, ... Y con frecuencia, aprovechando las ascuas de la fragua, se asaban las patatas que, finalizada la jornada, subíamos para compartir con todos en la cena. Al escribir evoco su sabor dulzón y su textura tierna en la boca que, a pesar de los restos de ceniza que pudieran quedarle, las convertían en el mejor manjar de las noches de invierno.

 

05/12/2010 18:49 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.

Me llamo Nohemí.

Suelo poner mis apellidos también, pero justo hoy, con la propuesta de modificación del Código Civil, no sé como hacerlo. Resulta que tengo casi tres apellidos, porque uno es compuesto. El orden alfabético diría que me llamo “Nohemí Gómez Morales Pimpollo”. Como ya tengo unos años siempre he llevado primero los de mi padre, “Gómez – Pimpollo” como uno sólo y de una identidad muy marcada pues aunque “Gómez” existen muchos y muy dispersos por España, el “Pimpollo “de la segunda parte sólo es originario de mi pueblo, La Solana. Sin embargo siempre me ha gustado nombrar, o escribir, o firmar, usando también el de mi madre, como un reconocimiento a ella, y porque también es parte de mí. Nunca me había planteado lo de cambiarles el orden, pero quizá a partir de ahora al firmar, los escriba uno encima de otro, o en círculo para que no tengan principio o final.

Podéis llamarme Nohemí, es más sencillo y me doy por nombrada. Eso sí, llamadme con “h”. Quizá el ordenador tienda a quitarla, pero yo soy “Nohemí” y no “Noemí”, desde que algún día, posiblemente en la adolescencia, decidí poner la letra muda en mi nombre. No puedo negaros que en algunos momentos me he arrepentido. Por ejemplo cuando el ordenador se niega a incorporarla, o cuando hay que rellenar formularios oficiales, o en situaciones importantes de mi vida en las que algún funcionario ha considerado que no es lo mismo “Nohemí” que “Noemí”. Alguno terminó llamándome “Nohemí con hache” y acabó, sin saberlo, con el del orden de los apellidos. Quizá algún día os cuente más cosas sobre mi hache, hoy solo escribo mi presentación.

Trabajo mucho, pero me gusta mi trabajo y lo he incorporado al ocio, aunque muchos digan que debe evitarse. No me gusta que me digan lo que debo hacer cuando tengo claro que hago lo que me gusta. Tampoco ello implica que a veces no me arrepienta. Me gustaría hacer más cosas, pero aunque desde hace unos años pido a los Reyes Magos días de 48 horas, todavía no me los han traído. Casi he perdido la esperanza para el próximo seis de enero. Trabajo en educación. He sido maestra, orientadora, asesora y ahora trabajo como inspectora. No es tan serio como parece y permite conocer mucha gente y mejorar cosas. Todavía no he cumplido un año en el nuevo trabajo, así que, puedo llamarme joven.

Tampoco cuarenta y dos años son muchos años, o a mi no me lo parecen. Me quedan más cosas por hacer de las que llevo hechas; mas lugares por visitar que los que ya he visto; más personas por conocer, … Algunas de ellas seguro que serán muy importantes en mi vida. No diré que más que las que ya me acompañan en el camino o en el recuerdo, pero tampoco menos. Me quedan muchos sueños por lograr e incluso montones de sueños por inventar.

Me quedáis vosotros por conocer y la vida nos ha encontrado en este taller de escritura. Para ser sincera, nunca pensé en vosotros cuando me apunté. No tengo muy claro por qué lo hice. El cambio de trabajo trajo consigo cambio de hábitos, de compañeros y compañias, de espacios, de olores, … y me sentí un poco perdida. Creo que todavía sigo, pero no sé ya si atribuirlo al cambio o a mí misma. No parecía mal momento para retomar otros ocios, como el de escribir y aquí estoy, intentando ser disciplinada con las tareas, sincera con el contenido y un poco hábil con el lenguaje. Me gusta la escritura; me ha gustado desde niña, pero el tiempo se me ha ido llenando de otras cosas y ahora tengo el propósito de devolverle su espacio. Espero que el taller me ayude a conseguirlo. No me gusta la literatura que solo distrae. Prefiero la que cuenta el mundo, y si es posible, lo cambia. Bueno, y me encanta la que, aunque sea imposible cambiarlo, lo intenta. No creo que pueda nunca escribir así,  pero podré leer a los que si lo hacen.

No sé si he respondido a las preguntas guía de la presentación. No voy a mirarlas ahora por dos razones. La primera que escribo en el sofá, con luz ténue y no me apetece ir a buscarlas al estudio. La segunda la dije más arriba “no me gusta que me digan lo que debo hacer …” y menos cuando estoy en una tarea creativa. No me imaginéis demasiado rebelde, solo lo soy en la intimidad, como este rato.

Bueno, creo que para una primera impresión dije bastante. Ya me diréis vosotros que os parece.



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