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Reducir los gastos para incrementar los beneficios.

Hemos llegado pronto de la comida.

Ella quería descansar y prepararlo todo antes de la conferencia de apertura de la empresa. Me ha pedido que la acompañe, por precaución, hasta la misma puerta de su habitación. Distinguir cuando mi presencia es necesaria de cuando es inoportuna es una de las tareas difíciles de mi trabajo. Con ella, nunca tengo las claves y atribuyo la decisión que toma a alguna superstición congénita que desconozco. Hoy la he dejado a las cuatro en punto en la puerta de su habitación, sin más instrucción que esperarla en recepción para acompañarla al evento según el plan previsto.

Se ha cerrado la puerta tras de ella y he vuelto por mis pasos.

Al otro lado, en la habitación todo está dispuesto.

El traje reposa en el galán, preparado como si aguardara a que le dieran vida para cumplir un papel importante. Cree que ha elegido bien; el rojo era demasiado llamativo, el gris no parecía un buen presagio y el negro lo reservaba para la cena que seguiría. El estilo marinero era suficientemente elegante sin saturar de formalidad su imagen.

La peluquera había hecho su trabajo, dar vida a una media melena que había dejado de ser canosa por efecto de un tinte mensual que recibía de manera tan sistemática como si se tratara de un medicamento imprescindible.

Reposa en la cama de la habitación de un hotel que diligente y discretamente, su secretario reservó para ella. No duerme. No es momento para hacerlo. Mantiene el cuerpo relajado y la mente activa, revisando uno por uno algunos aspectos del protocolo que no quiere olvidar. Después repasa la lista de asistentes. Algunos se han disculpado, pero aún así espera que el salón esté lleno. Ha reservado unas butacas para sus padres en un lugar discreto. Ya están en la ciudad, pero no los ha visto todavía. Una sobrina se está encargando de ellos, de que se sientan cómodos y no les falte nada. Tendrá que tener un detalle luego con la niña; es una joya, siempre dispuesta a echarle una mano en ocasiones clave.

Ha revisado uno a uno los puntos del discurso, se siente segura con lo que quiere decir y lo que debe no decir. Lo ha escrito ella misma, siempre lo hace. Como siempre, ha dejado leer alguno de los primeros borradores a los asesores, pero nadie conoce el redactado final y será una sorpresa si incorpora alguna de las críticas que estos le hicieron. A veces les molesta este hermetismo, pero han asumido a fuerza de vivirlas, las normas del trabajo.

Ella está preparada. Cree que le ha sobrado tiempo suficiente y desearía empezar ya para terminar pronto.

Por un momento duda de si ha dormido un poco.

El teléfono, un móvil viejo y desfasado que la acompaña desde hace algunos años, ha empezado a sonar en la mesita. Al otro lado, el secretario aguarda ansioso la respuesta. Nunca tarda más de tres o cuatro toques en llegar la respuesta.

Responde.

Definitivamente ha debido de dar alguna cabezada.

Mira la pantalla e identifica el origen. Responde quedamente. Nada importante. Alguien ha mandado unas flores al despacho y, siguiendo sus instrucciones, el secretario fiel lee la nota adjunta desde los varios cientos de kilómetros donde se encuentra. Nada importante, es solo cortesía cuyo agradecimiento delega en su interlocutor. 

Cuelga sin más y empieza a prepararse.

Un vaso de agua fresca, la ducha, el maquillaje, el traje marinero prenda a prenda, un poco de perfume sin hacerlo excesivo, el reloj, la medalla que lleva desde niña, la revisión del bolso, el teléfono móvil, el portafolios, dos copias del discurso, la pluma y unas hojas en blanco, los zapatos que aguardan lustrados al lado de la puerta, ….

Abre decididamente la puerta y se encamina por la misma alfombra roja que un par de horas antes recorrieron jefa y escolta juntos.

Abajo, en un lugar discreto cerca de la recepción le espera el guardaespaldas que no necesita más que una mirada para seguirla de cerca por los pasillos del pequeño hotel de provincias.

 

Oigo el acompasado sonido de sus tacones a pesar de la alfombra.

Último trago de café y me incorporo alisando la americana con la mano y colocando la corbata recta sobre los botones de la camisa. Me toco los bolsillos de manera instintiva para confirmar que en uno está el arma y en el otro el teléfono y las llaves del coche.

Dejan de oírse los pasos y siento su mirada sobre mí. Con ella llega el gesto necesario e iniciamos un desfile ágil y silencioso hacia el salón previsto. Revisamos la estancia el día anterior y quedamos en entrar por la pequeña sala que hay detrás del estrado. Así evitaremos periodistas y curiosos y se dará un efecto sorpresa al aparecer de frente al auditorio cuando estén todos dentro y aguardándola.

Ordenó ayer, en mi presencia, al resto de colaboradores que se mezclaran entre el público. Lo tenía  decidido y fue muy contundente. Quiere obtener con ello información hasta de los murmullos. En el fondo yo creo que pretende evitar compartir atenciones y fotos con algunos rivales escondidos entre los allegados.

Hemos  llegado a la sala sin ningún incidente.

Se amontonan a un lado algunas sillas que no usaron y algunas cajas con copias de folletos que sobraron de otras actuaciones. La espera antes de un acto transcurre siempre en silencio. La observo. Con la mano derecha flexionada hacia el hombro sostiene el bolso con mucha ligereza; mientras, la izquierda agarra con firmeza el portafolio de piel que hoy lleva su futuro. Lo agarra como si  perderlo pudiera suponer el fin de su carrera. Pero yo se que no es por eso, porque conoce una a una las palabras que vienen. Pero nunca se arriesga. El portafolio le añade imagen de firmeza.

Permanezco al lado de la puerta por la que hemos accedido a la pequeña sala y no pierdo detalle de cuanto hay en ella. Tengo que estar especialmente atento a las otras dos puertas. Por una de ellas ha de salir la jefa a cumplir su tarea y yo quedaré en la sombra, sin perderla de vista.

Suena la música.

Sale ella agitando, con una soltura casi ingenua, su media melena de mechas impecables y deja en una silla el bolso de mujer para abrir sobre la mesa el portafolios y sacar, entre aplausos y flashes, solo los folios blancos y la pluma.

Se sienta y espera sonriente a que vuelva el silencio.

Escucha las palabras de su presentador que prometió ser breve; aunque se le hacen largas. Le parece que omite detalles importantes. Ya dirá al secretario que revise las notas de su presentación.

Empieza su discurso.

”Señoras y señores,

He asistido como todos ustedes al cambio de los tiempos y he visto el crecimiento que ha tenido la empresa. No les diré los números que pueden consultar en los archivos. Me interesa llevarles hacia la cualidad de nuestra historia para llegar después a los retos que prepara el futuro.

Para ello, empezaré narrando alguno de los hechos que me han traído hasta aquí y a los que debo el haber adoptado decisiones difíciles a la par que importantes.

Destacaré de ellos que me tocó luchar desde la infancia, porque  todos pensaban que la niña, si no casaba pronto, podría dedicarse al magisterio o a la enfermería, que eran ocupaciones buenas para las mujeres. 

Y la niña, que soy yo, empezó a renegar de ese determinismo y a defender su puesto en otros puestos.

Tengo que agradecer a mis padres, que hoy nos acompañan, que entendieran mi opción y que me hayan acompañado en todas las opciones que vinieron después; aunque implicaran renunciar al descanso y a veces, hasta a la cercanía de su única hija. Hoy, desde mi condición de mujer adulta, entiendo más su apoyo y sus renuncias y quiero, desde esta tarima, agradecerles, más todavía que su presencia aquí, su presencia a mi lado en todas las decisiones de la vida.

Después me fui enredando en un mundo de números y leyes que, permítanme confesarles, es a veces tan aburrido como otras es apasionante.

Ya han oído en mi presentación mucho de esto, pero reseñaré, por la conexión que tiene con el tema que les ha traído aquí, mi temprano acceso a responsabilidades importantes. Gracias a ello he conocido la empresa desde distintas ópticas que hoy me permiten presentar el proyecto para el que quiero pedirles su apoyo”.

Y así, entre alegatos afectivos y argumentos matemáticos, presenta la propuesta de reducir los gastos para incrementar los beneficios.

Al final, como siempre, suenan aplausos.

Para algunos el premio a una mujer que ha tenido el coraje de llevar una empresa hasta ese extremo. Para otros la garantía de un puesto de trabajo. Otros simplemente dan por finalizado el trámite y abandonan la sala discretamente por el fondo.

Uno de ellos, que aplaudió con fervor, se aproxima ahora con paso decidido al estrado que todavía ocupa la conferenciante. La sombra del guardaespaldas lo mira desde los pliegues de la cortina de la pequeña puerta.

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