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La Balada del Abuelo Palancas.

Anoche, al filo de hoy, leía en horizontal este fragmento.  Me parecía un retrato formidable de un caracter real y una época. Me hacía reflexionar sobre los rasgos del carácter, lo que tienen de innatos y su acomodación al tiempo y al lugar en el que se hacen persona. Hoy os lo dejo a modo de despedida de uno que era Grande por nombre y por esencia.

Hasta la abuela Anselma, que para entonces tenía ya un genio de los mil demonios y que apenas abría la boca para otra cosa que no fuera provocar sarpullidos de irritación, y que odiaba a su nuera por haberle arrebatado a su hijo con Dios sabría qué malas artes; hasta la abuela Anselma, que desde que empezó la guerra había acogido con todas las potencias de su conturbación la costumbre de combatir con vino el terror a que sus dos hijos pudieran ser despedazados por una bomba,  que cuando acabó la guerra no renunció a la costumbre de empinar el codo, aunque, para desgracia de quienes con ella convivían, desconocía el arte de beber y convertía su torpeza en recelo y resentimiento, y transformaba el vino en efusiones de mal genio, y resolvía su ofuscación en deducciones ofensivas, en acusaciones descabelladas y en blasfemias incandescentes; hasta aquella mujer que llevaba malamente sus relaciones con el recuerdo de la guerra civil, con la posguerra testaruda, con su propia edad, que ya había consumido los placeres de un mundo que ya no le prometía otra cosa que decadencia, con un hígado que no tenía resistencia ni conocimiento, con sus vecinas, con su nuera, con el destino y con la vida y el Universo en general ... hasta la abuela Anselma se acercaba despacio al territorio ajeno y en penumbra en donde estaba la cuna de mi hermano Julio y lo miraba con un embeleso reprimido y remoto, y así permanecía navegando absorta en el océano de sus antiguas conformidades maternales ...

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