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Ponerlo todo perdido de palabras.

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Uno de estos días, de camino al trabajo, escuchando la radio, con cierta desatención de la tarea de viajar, a riesgo de ser víctima de mi propia conducción, escuché a alguien decir que le preocupaba mucho "no ponerlo todo perdido de palabras”. Otros lo habían dicho antes. Yo lo visualizaba de manera instantánea; con más nitidez si cabe que la propia carretera que iba quedando delante y detrás de mis recién estrenados neumáticos.

Imaginé mi mesa, apenas montada en mi recién recompuesto estudio, vacía de enseres, de libros, de lápices, incluso de papeles, y en su blanco casi inmaculado, grafías que aparecen y se reescriben por sí mismas, y se agrupan para dar lugar a mágicas apariciones lingüísticas.

Seguí mi propio juego, y acaricié con la mente las letras que aparecían sobre mi escritorio, para pasar a ordenarlas por múltiples secuencias.  Montones y filas de palabras agrupándose a veces por tener tamaños o colores iguales, y otras veces por ser bien diferentes. Nacían y crecían, se agrupaban,  se alejaban, se unían y se soltaban por significados parecidos o enfrentados. Un criterio por milésima de segundo que podía transformarse en el contrario a medida que más y más palabras florecían en mi mente y en mi mesa.

Las hubo para la risa y para la tristeza, para la armonía y para el desorden, para el recuerdo y para el olvido, para la lucha y para la calma, para el amor y para el odio, … Pese a mi esfuerzo por clasificarlas mi escritorio se mantuvo lleno de otras palabras vivas que no se dejaban limitar porque encerraban sentidos que eran ciertos para más de un criterio.

Encontré vocablos que creí estar inventando allí mismo, pero que me sonaron contundentes haciéndose un sitio digno en el tablero. Y las dejé quedarse en algún hueco, solaparse con otras y sobreponerse a las anteriores. Allí quedaron escritas, entre otras, el verbo “malportarse” que hice mío en un gesto de consciente rebeldía ante formas impuestas; y el sobrenombre de “zascanvecino” con el que bauticé a algún compañero que pasaba de lo grato a lo ingrato sin aviso y sin perder el beneficio de lo próximo.  Ambas, como otras, habían nacido en mi discurso interno mucho antes de presentarse ante mi pluma.

Kilómetros más adelante y miles de palabras evocadas, empecé a entrever el destino que diluía los montones de términos derramados sobre mi mesa imaginaria. Me oí decir que no bastaba con poner un pupitre perdido de palabras. Que debían soltarse igual que se desatan los barcos de las amarras del puerto, o como se vuelan los globos de la mano de un niño, o de la forma en que flotan los vilanos en el aire cuando llega el verano.

Soplé, igual que se sopla a las velas de un cumpleaños generoso. Imaginé entonces infinitas palabras con alas de colores saliendo del escritorio, pegándose a las paredes, filtrándose por las rendijas, volando en todas direcciones para, por fin, ponerlo todo, perdido de palabras.

Gracias Ángel Gabilondo y Juan Ramón Lucas, por ponerlo todo perdido de palabras y por dejar la frase, desinteresadamente, al alcance de cualquier inquieto pensamiento.

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