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No menú para una no cena.

Algún extraño impulso me ha tentado a obsequiarte con uno de los platos compartidos antaño y he andado hurgando entre notas y recuerdos para orientar mi decisión.

Despacio y sin quererlo he visto algunas de las viandas compartidas.

“Bocadillo de carne fría con trocitos de lechuga y patatas chips intercaladas”. Tu madre siempre dijo que era una guarrería poner las patatas dentro del bollo, pero tú defendías la textura crujiente del bocata. Discutíamos el nombre como si inventáramos algo de la nueva cocina y dabas la receta a tus amigos. Tú lo llamabas sándwich. Solías comentar que te recordaba nuestra primera excursión cuando, de estudiantes, formando parte del ceremonial del primer cortejo, me llevaste a ver un río que nunca encontramos y que todavía hoy dudo que exista. No te diré más. Tengo en la nevera una pechuga asada que podría pasar por carne fría, pero no me parece un menú oportuno para la ocasión.

“Pizza galardonada”. Así llamabas a la pizza prehecha, comprada en cualquier supermercado, a la que después, entre risas y jolgorios, íbamos añadiendo un poco de todo lo que encontrábamos por la nevera. Mejillones, huevo, jamón añejo, pisto manchego o berenjenas podían convivir sobre una pizza que ya traía su carne y su tomate, con tal de que al final quedara rematada con abundante queso. Mi madre siempre puso el queso, que compraba en cantidades repartideras para que un mes sí y otro también, pudiéramos traernos un buen pedazo después de visitarla. No recuerdo cuando galardonamos nuestra última pizza compartida aunque mantengo la costumbre de prepararla cuando tengo visitas repentinas o un partido de fútbol compartido la merece.

“Croquetas resultantes”. Así nombraste a mis croquetas que no eran de pollo ni jamón y nunca supe si con agrado o con ironía hiriente para vengarte de que siempre fueran diferentes. Pero las comías a placer cuando las encontrabas recién fritas al volver del trabajo. Recuerdo especialmente unas de salmón ahumado que estaba preparando para la fiesta de los niños cuando llegaste cabreado de un encuentro de amigos. Te reíste a carcajadas, nunca las habías visto de salmón ahumado ni pensabas que serían del agrado de nadie. Sin embargo, como si no hubieras comido en tu vida, las devoraste en el tiempo que yo tardé en ir a comprar unos refrescos para la fiesta. No tengo que explicarte por qué no me apetece prepararlas.   

“Puchero cómodo”. Si no recuerdo mal, fue lo último que tomaste en casa. Era un cocido completo que te iba a servir como plato único porque siempre protestabas porque la sopa te saciaba y no podías tomar el resto. Por alguna razón te disgustaste y me culpaste de escatimarte cosas o de ahorrarme el tiempo de prepararlo bien. Enumeraste uno por uno los cocidos de tu infancia que no habías vuelto a probar. Te fuiste calentando, creo que porque veías que yo seguía comiendo casi sin inmutarme, hasta que decidiste que había llegado el fin y lanzaste tu plato por los aires y la olla caliente al fregadero ante los ojos asombrados, casi llorosos, de tus hijos. No he vuelto a hacer puchero ni a probarlo. Supongo que habrás recuperado tus cocidos de infancia, y no sé si me alegro.

No prepararé nada. Cenaré fuera con los peques. Tampoco voy a dejarte entrar en casa para buscar tus cosas. He puesto todo lo que era tuyo en un par de maletas que dejo a la portera, y por si tienes hambre, te dejo en una bolsa unas manzanas que sé que no te gustan.

 

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