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Mi mutante.

Tomelloso, 16 de julio de 2011

 

¡Hola mamá!

Perdona que haya tardado tanto en escribirte, me ha costado organizarme para el nuevo trabajo. Creo que te conté por teléfono que iba a tener a un hombre en casa para observar y anotar todo lo relevante de su comportamiento. Cada dos días voy por el Departamento de Investigación y todos los días paso un informe por correo electrónico. Los días de entrevista allí aprovecho para preguntar alguna cosa, especialmente de lo que puedo hacer o no. Además me han dado uno de esos teléfonos permanentemente conectados al profesor de manera que puedo llamarle a cualquier hora si es necesario.

Durante el día estoy inevitablemente pendiente de este hombre, pero en cuanto anochece se queda dormido y me permite dedicarme a mis cosas. El primer día se quedó dormido en el sofá y le dejé pasar allí la noche. Después el profesor me dijo que mejor lo llevara a su dormitorio cuando empezara a atardecer. Ahora es de noche. Por eso te escribo sin interferencias. Ya he escrito el diario que tengo que mandarle al profesor, un registro minuto a minuto de lo que ha hecho, pero a ti voy a contarte algunas cosas que me van llamando la atención.

Puedes estar tranquila, el trabajo está bien pagado y no supone ningún riesgo. A veces es aburrido porque el hombre no habla. Solo a veces hace un ruido extraño, como un zumbido que parece que sale más de su estómago que de su boca.

Hoy el día ha transcurrido con normalidad; bueno, con la normalidad de los últimos seis días que lleva en casa.

Despertó con el alba, pero se mantuvo en el lecho hasta que el ruido de la calle fue entrando en la habitación. Me encontró en la cocina, con la radio encendida y un par de periódicos sobre la mesa. Madrugo mucho porque me gusta desayunar tranquila aunque no pueda privarme de su presencia durante el resto del día.

Le miré a los ojos. Ya lo he hecho otras veces, igual que hoy. A veces, cuando le miro fijamente a los ojos me asusto, pues me parece que dentro de su iris hubiera millares de otros ojos que me están mirando a mi y me da un poco la sensación, de que cada uno de estos puntitos que me miran desde dentro de su iris, es capaz de escudriñar un aspecto de mi vida o de mi entorno, que ni yo conozco. Sin embargo, otras veces me da la sensación de que ni me ve. Como si pudiera detectar el movimiento, las sombras y las luces, pero no entrar en más detalles. Un poco como cuando la abuela decía que solo veía los bultos. 

Te decía que esta mañana le miré fijamente a los ojos, y hoy no pareció tener visión escudriñadora, sino visión de bulto. Y eso que puse empeño en parecer inquisitiva con mi mirada, levantando pausadamente la vista del periódico, por encima de mis gafas y apartando, sin mirarla, la taza de café que podría interferir entre su mirada y la mía. No he vuelto a clavar mis ojos en los suyos en todo el día.

Tomó su leche sin decir nada. Pero yo salí de la cocina porque me incomoda enormemente oírle sorber. Alguna vez he intentado observar la posición de su boca. Me parece imposible tomar así los líquidos, succionando como si tuviera una pajita de refresco integrada a sus propios labios. Pero no logro verla. Nada aparentemente es distinto en su boca a la de los demás mortales. Quizá si me preguntan, diría que sus labios son muy hermosos, carnosos, sonrosados y bien dibujados; por eso me inquieta más su modo de comer. Realmente no ha tomado sólidos desde que está en casa. Un tazón de leche muy dulce es su menú habitual tanto en el desayuno como en la cena. A veces le pongo miel en lugar de azúcar y si me queda un hilito del dulce elemento en el borde del vaso, lo reserva cuidadosamente hasta el final. Cuando ha sorbido el líquido con el extraordinario procedimiento de succión que no logro descifrar y que acabo de contarte, lame del borde del recipiente los restos de miel. Y lo hace también de una manera asombrosa. Mueve la lengua de un lado a otro alternativamente a una velocidad de vértigo, sin que apenas sobresalga unos milímetros de la abertura de sus labios, pero con la precisión suficiente para dejar el vaso limpio. Así toma también algunos sólidos como las frutas, que prefiere del tiempo y muy maduras, por lo que me reservo para mí las frescas. Ha tomado un poco de fiambre y pan, siempre mojado en algo. Aparte de estas cosas no le he visto todavía nunca mover la mandíbula para masticar nada, ni siquiera cuando le dejo, como a escondidas, chicles o caramelos para ver como actúa. Ignora todo alimento que esté envuelto.

Después del desayuno parece trastornarse como si estuviera poseído de una energía sorprendente y no pudiera dejar de moverse de un lado para otro. En la próxima entrevista preguntaré al profesor si puedo ponerle un podómetro, pues creo que en ocasiones camina a más de quince kilómetros por hora. Se mueve de manera imparable de un lugar a otro, por toda la casa. Pero no sigue una rutina fija en sus itinerancias. Diría que va con más frecuencia al cuarto de baño y a la terraza de la cocina. Empiezo a sospechar, pero tengo que constatarlo, que va al baño siempre después de mí, y sobre todo, por escatológico que parezca, siempre después de que yo haya hecho necesidades mayores. Estoy pensando instalar una cámara oculta para ver qué hace allí pues me intrigan tantas entradas y salidas. Pero temo que, si me descubre, se vuelva violento y creo que no está bien vigilarle también en el baño acabando con la poca intimidad que le permito. Lo he anotado para preguntar también al profesor.

Ayer, sin embargo ocurrió algo nuevo en este ir y venir constante. Se quedó quieto, como paralizado al medio día. Luego se alejó del sofá para sentarse en una silla que yo había dejado apartada al lado de la ventana. Me parecía incomprensible que, con ola de calor en toda España, prefiriera pasar la sobremesa recibiendo los rigores del sol sobre su espalda en lugar de disfrutar del aire acondicionado que encendí más horas de lo debido.

Al principio iba descalzo pero ahora ya ha aprendido a andar con zapatillas. Le compré unas de felpa, de esas de andar por casa, aunque a duras penas consigo que se las ponga. Prefiere andar descalzo por la casa y lo hace con una marcha muy peculiar. A veces me parece que danzara, como si en la planta de los pies tuviera almohadillas o algún muelle que le hace encadenar un paso con el siguiente. Sin embargo insisto en que se calce, porque deja en las superficies que pisa, pequeñas manchas de un color pajizo. Seguramente tiene un sudor extraño consecuencia de la medicación que estén probando con él.

También he observado que le gusta caminar sobre objetos y creo que especialmente sobre los que son muy lisos y resbaladizos. Ya lo he visto otras veces pero hoy especialmente, ha pasado un rato intentando caminar sobre la mesa del salón, esa que tiene un cristal grueso encima, debajo del cual dejo a veces las fotos o las notas. A veces pega el pie sobre los cristales de la ventana del balcón, que son muy grandes, o sobre el espejo del pasillo, como si quisiera caminar por ellos. Y en ocasiones tengo la sensación, por extraña que te parezca, de que lo conseguiría si yo no apareciera de repente para impedírselo.

Bueno, ya no te escribo hasta después de la próxima visita al profesor. Me dijo que mi colaboración duraría apenas tres semanas y ya casi he pasado una. La cantidad que va a pagarme por observar y anotar lo que este hombre hace no es nada despreciable, así que seré capaz de sobrevivir a las dos que quedan.

Lo peor es el secretismo con que ha envuelto todo el tema. En otras ocasiones me daba más información sobre el experimento. Cuando yo he participado en la prueba de medicamentos siempre me ha dicho qué se esperaba de ellos y qué efectos adversos podían tener. También cuando he tenido que observar a otros, como cuando estuve casi un año entero yendo al hospital diariamente para ver como jugaban entre sí los dos pequeños siameses que habían sido separados.

Pero esta vez, por no decirme la verdad, me dijo que se trataba de tener en casa a una mosca convertida en hombre. Lo primero que pensé fue en enfadarme por su poca confianza para desvelarme las líneas básicas del estudio o para confesarme que no podía decirlas. Pero después me entró una carcajada de manera que solo acerté a preguntarle si se trataba de una mosca doméstica o del vinagre, y luego él rió también cuando me oyó decir que a lo mejor sería tan solo una mosca cojonera.

Bueno, mamá, tengo que despedirme.

Cuídate mucho y ve preparándolo todo, que en cuanto acabe este trabajo y me lo paguen nos vamos a la playa una semana.

Un abrazo grande, de tu hija que te quiere,

      Narcisa

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