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La última visita.

La leche vendida a granel en la vaquería era solo una excusa. Nunca bebió esa leche, ni cocinó con ella, ni la dio a ningún pobre o hambriento. Sin embargo, cada día se vestía y se peinaba metódicamente para ir a buscarla. Todo el cuidado en los bucles de su pelo. Un lazo de color al cuello o en la trenza, un poco hueca, que dejaba caer sobre su hombro derecho. La medalla con las iniciales en el cuello, asomando como casualmente, pero dejando ver las iniciales grabadas, años atrás, sobre el oro. Los zapatos lustrados. Las medias rectas. Chal, chaqueta o abrigo según el calendario. El ritual tocaba también a la lechera, enjuagada, escurrida y secada con un trapo de hilo. Con paso decidido pero ritmo pausado recorría, trescientos sesenta y cinco días al año, el camino entre su casa y la vaquería.

En silencio, ese último día, preparó la lechera, se vistió, se enderezó las medias y cambió los alpargates negros por zapatos de piel. Se peinó, se colocó los bucles y se cogió la trenza con una cinta verde. Repitió el camino acariciando con su mano derecha la medalla. Encontró la puerta de la vaquería cerrada y un papel blanco escrito en negro por el que entendió que no debía volver. Supo también que nunca ya el vaquero le diría nada de la medalla.

Y descubrió, con rabia apenas contenida, que su padre nunca ya la llamaría hija.

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