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Soñabas

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Acabo de encontrarlo mecanografiado (de máquina de veras) en un papel ajado, sobre la mesa de la cocina de mi madre. No sé como ha pervivido hasta hoy, ni llegado hasta allí. Me devuelve la impresión de que poco he cambiado desde mis catorce.

 

Estabas a mi lado.

Bebías agua en una fuente.

Y corrías.

Corrías por los caminos

de la vida, soñando.

Soñabas que lograbas lo que te proponías.

Que después de disgustos y de llantos

eras recompensada.

Soñabas que podías

borrar el llanto del mendigo,

las lágrimas de la cerillera

de aquellos cuentos tristes.

Soñabas que, un día,

al despertar en la mañana,

la noche había borrado las miserias del mundo.

Soñabas con la luz,

con la alegría.

Soñabas que había flores

empezaban a crecer de nuevo;

que los pájaros querían cantar;

que los niños podían por fin entrar en el jardín

de aquel gigante tan gruñón y enfadado.

Soñabas que un día,

en el corazón del hombre,

no había daño, ni egoísmo,

ni envidia innecesaria

en un mundo sin dominantes

ni pobres dominados.

Te saciabas en una fuente

de fantasías, de sueños e ilusiones;

de un agua que te hacía vivir soñando.

Pero tú, seguías corriendo,

y como no, soñando.

Y corriendo y soñando

sin otra meta que

el despertar,

te hubiera deparado lo soñado.

Y ahora, 22 de mayo del 82,

metida en este cuarto,

te preguntas

¿debo seguir soñando?



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