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Dos pares de días.

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Andrea, Carmina, Lola, Mª Carmen M., Mª Carmen S., Mª Luisa, Nohemí y Yolanda (y l@s que esta vez no vinisteis)


Cuatro días con ellas son muchos gigas de alegría que dura todo el año.

Acabo de llegar de mis últimos cuatro días con ellas, y aunque las muchas fotos dormirán archivadas, no necesitaré verlas para pintar una sonrisa. Ahora mismo lo hago al limpiar los zapatos que han caminado todos los kilómetros de una ciudad de Europa que caben en dos pares de días.  Recuerdo que empezando el viaje  una perdió un zapato mientras siete reíamos a carcajadas a unos metros de las cintas del aeropuerto donde se descalzó. Apenas había amanecido el día primero. Otros, viajeros anónimos, se unieron al jolgorio al verla caminar con una bota puesta y exhibiendo la otra cual trofeo recién recuperado entre vigilantes, maletas y bullicio.

He visto a alguna de ellas conseguir y ofrecer audio guías que luego nadie escucha.  Pero volverá a hacerlo en el próximo encuentro sin poner como precio el tiempo o el desvelo de que lleguen a tiempo. Y la he visto también, en el primer desayuno colectivo, ofrecer para todas el aceite de oliva que se trajo del pueblo o el café “de verdad” que gana al del hotel por goleada.

Apunta otra sonrisa cuando veo a dos de ellas (dicen que las formales) vestidas de improvisadas holandesas, encima de unos zuecos de gigante y entre cincuenta guiris comprando souvenirs. Y como no las vemos, porque estamos dispersas en unos metros de tienda de recuerdos, piden grabar un video y lo envían de inmediato a las cinco restantes que inundan el espacio de carcajadas claras y abandonan así a la búsqueda del imán más barato, la postal menos vista, o el detalle más nuevo.

Se me asoma otra mueca al ver perdida a alguna y enfadadas a todas, la ausente y las presentes, por perder aunque sea por momentos, la armonía del conjunto. Más nadie dice nada en el reencuentro y la normalidad, con cerveza o café, conforma el grupo nuevamente. O cuando una camina con determinación y templanza de líder un puñado de pasos y minutos, para reconocer después, al cabo de dar vueltas a unas cuantas esquinas, que hay que mirar el plano con detalle para alcanzar la meta por el itinerario más preciso.

También las vi comprar tras muchas dudas, para siempre encontrar después lo mismo más barato o más bonito. O a la inversa, no comprar por si acaso, y volver, en el último respiro del día cuatro, a buscar las postales que tanto les gustaron el día dos. Y correr, como dicen en los telediarios que en enero se entra en las rebajas, para llegar al baño imprescindible antes que nadie, después de haber andado todo el día sin acordarse de su existencia.

Y las he visto juntas llegar tarde al museo.  O comer siete veces un día y ninguna al siguiente. Planear en el viaje de vuelta la próxima inyección de simpatía. Y recordar a otros que pudieron venir pero no se atrevieron. Las he visto y oído comentar batallas de otros años, y planear con denuedo el día siguiente para nunca cumplirlo.

He aprendido con ellas los libros que inspiraron las ciudades y las películas a las que han servido de escenario. Me han contado, aunque saben que no los almaceno en mi memoria, los famosos vinculados a Amsterdam, los reyes y sus líos, y las celebrities  que renegaron de una tierra por otra. 

Las veo ahora mismo, mientras guardo mis botas,  emitiendo más risas que bostezos.  Y apenas treinta horas después de acabar la aventura de dos pares de días, ya las echo de menos.

Adiós Adolfo.

"Sin su ayuda, España no habría volado nunca ni tan alto ni tan lejos"     Adolfo Suárez Illana,  respecto de su padre, Adolfo Suárez González, el 21 de marzo de 2014

 

Cierto.

Lo reconoce alguien que, cuando el padre irrumpía en el gobierno preconstitucional, apenas contaba con ocho años de edad, que fueron algo más de diez en el momento en que se inauguró, con una mezcla de sabores y temores, el periodo constitucional que hoy disfrutamos.

Pero no es su intención hoy cuestionar las palabras del hijo, ni discutir los hechos a la historia que hoy cuentan periódicos y televisiones.

Quien escribe celebró aquellos tiempos sobre todo en el discreto contexto de su casa, y en el obligado espacio de su escuela. De ambos recuerda a un puñado de hombres y mujeres sin cuya ayuda, silenciosa y simultánea, tampoco España habría volado ni tan alto, ni tan lejos. Personas acostumbradas a vivir en privado sus ideas al tiempo que anhelaban la restauración de un régimen que había sido derrocado por un alzamiento militar, una guerra civil y muchos años de silencio. Hombres y mujeres que habían llorado con sordina sus ausencias y a sus muertos. Ciudadanos que trabajaban por un bienestar material que la historia les negaba, mientras veían como por una rendija inevitable, el extranjero como el lugar donde habitan los ricos.

Quien escribe ha oído de aquí y de allá que todo, en aquellos años en los que España levantaba el vuelo, inspiraba temor. Que se vivieron con miedo cotidiano a que el vuelo no aterrizara en el lugar deseado, a que las alas no sustentaran el peso, a que cada uno quisiera volar por si mismo, a que fuera una trampa o a que volviera el miedo. Y con una disciplina no sé si aprendida, genética, o autoimpuesta, empujaron y acompañaron el despegue. Votaron. Opinaron y hablaron. Trabajaron. Educaron. Convivieron. Soñaron. Hicieron suya una hoja de ruta que no hubieran escrito pero que asumían como la mejor posible y como la de todos.

Todos esos hombres y mujeres que no dejaron que el miedo se convirtiera en pánico fueron igualmente imprescindibles para que España llegara tan lejos y tan alto.

Hoy, cuando despedimos a Adolfo sin negarle el honor y el respeto que le otorga la historia, quien escribe comparte su homenaje por igual con un buen hombre que se ha ido y con todos los otros hombres buenos sin cuya ayuda, desde el anonimato, España no habría volado nunca ni tan alto ni tan lejos.



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