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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2014.

I. Plutarco.

“El trabajo moderado fortifica el espíritu, y lo debilita cuando es excesivo; así como el agua moderada nutre las plantas y demasiada las ahoga” Plutarco.

Hacía mucho que no se encontraba con un calendario de bolsillo, de hecho pensaba que ya no existían, pero en el bar en el que había desayunado, le habían dado uno que ahora tenía sobre la mesa y al alcance de su fija mirada mientras esperaba decidirse a preparar algo de cena.

Plutarco.

Quizá ni siquiera fuera el autor de la frase. Recordaba, de sus años de facultad que era un sabio griego. Igual no lo recordaba, solo lo intuía.

En realidad recordaba muy poco de sus años de facultad. No le había servido para nada cursar una carrera; podía habérselo ahorrado. Nunca pensó dedicarse a la enseñanza que era lo que hacían casi todos los licenciados de su época. Al terminar y gracias a los amigos de su padre, encontró trabajo pronto y desde entonces había tenido una trayectoria admirable.

De la universidad solo la conservó a ella. Se juraron amor eterno al tiempo que se prometieron muy libres y sinceros. Se casaron. Y salvo encuentros esporádicos por la ciudad con alguno de los compañeros, nunca mantuvieron ningún contacto con nadie.

Plutarco.

La frase estaba escrita sobre una fotografía, un relajante paisaje marinero. No pegaba nada, pero si no te fijabas, ni entrabas al detalle de la sentencia, formaban una unidad impecable. Así era él. Nada en común con María. Dudaba si alguna vez habían tenido algo que ver. Sin embargo, desde que se conocieron en clase habían mantenido una imagen de unidad. Primero como amigos, después de novios, aunque no fue un noviazgo largo de los de entonces, y luego se casaron.

Quizá el exceso de trabajo había ahogado también su relación. El nunca tuvo conciencia de ello y ahora, aunque resonaban en su mente las palabras de María, le costaba creerlo. Más bien huyó al trabajo para no ahogarse.  Era de los más antiguos en la oficina, y aunque había tenido que trabajar en varias sucursales, por fin había alcanzado un puesto de responsabilidad y estabilidad.

Era una buena excusa para pasar más horas fuera de casa que dentro. Se había hecho imprescindible. Revisaba todos los informes, supervisaba las cuentas y hasta se encargaba personalmente de que el archivo estuviera siempre escrupulosamente ordenado. Se pedía su opinión siempre que había que tomar una decisión delicada y se le agradecía si el éxito acompañaba después.

María no entendía que un profesional con tan buena trayectoria y tan buen puesto, no pudiera ser tratado de manera flexible en cuanto a horarios o calendario. Achacó a este exceso de trabajo, más autoimpuesto que demandado, que no la acompañara en cosas que para ella fueron importantes. Tampoco entendía que el tiempo que compartían, además de la cama, fuera casi exclusivamente el de la comida y unas pocas tareas que realizaban juntos.

Hacía mucho que él era consciente de que no estaban hechos el uno para el otro, pero siempre pensó que dejando las cosas como estaban, todo estaría bien. No pedía grandes cosas de la vida. Ahora todo le parecía un error y a medida que manoseaba el calendario se reprochaba el haber fingido que eran uno, como la frase de Plutarco y la imagen marina.

Se reprochaba no haberlo hecho antes y, aunque le dolía enormemente, hacía ya un par de días que se había marchado. En la oficina no sabían nada, ni tenían que saber hasta que se estabilizara. Cumplía con sus horarios y sus rutinas con la misma diligencia. Él si notaba un gran alivio, como si su vida pasada se hubiera cursado con esfuerzo; el esfuerzo de no vivir sin más. Como si dependiera de las letras que miraba insistentemente mantenerse pegadas al cartón. Ya no tenía que poner más fuerza en ello.

Y al mismo tiempo le entraba una enorme desazón, que le hacía sentir el abismo al borde de sus ojos. Quería empezar de nuevo, pero no estaba seguro de qué era lo que quería empezar. De nuevo Plutarco le daba lecciones. ¿Qué dirían las letras si las  soltara del maldito calendario?  ¿Qué imagen escogerían para sentirse uno? Y así, con pensamientos sobrios que le parecían de locura, aguantaba un miedo inconfesable que sabía tenía que guardar tan solo para sí. ¿Y si las mismas letras liberadas de una foto que no les corresponde no fueran capaces de decir nada?

No quiere pensarlo más y en un arranque repentino, raja el calendario.

Lo confirma, no puede separar las palabras del resto. Y con esa agónica confirmación que se mueve solo entre su mente y sus manos, rompe a llorar, más para adentro que para el mundo. Mientras, convierte en minúsculos pedazos el calendario que le ha devuelto tantos recuerdos, y con ellos tanta rabia.

¡Plutarco!

Suspira y enciende un cigarrillo. En un gesto de sorna que le libera pide perdón a Plutarco, por si rajar su escrito, hubiera sido motivo de ofensa.

II. When Harry met Sally

“… cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, deseas que el resto de tu vida empiece lo antes posible”  

Del film “When  Harry met Sally”

 

 

No es por San Valentín. Ha sido mi propia decisión dejar entrar a la primavera en casa desde hoy, y si es posible, ayudarla a quedarse durante el resto de mi vida. Diez minutos de conducción al vivero y cincuenta euros han hecho el resto.

Ahora miro las plantas, apretadas en cajas, y la casa vacía y no sé cual de las dos cosas me produce más tristeza. Pero debo empezar a distribuir primavera antes de recaer en la tristeza. Geranios en las ventanas de arriba; lucirán más. Petunias en el jardín de la entrada, en las jardineras que algunos inviernos tuvieron tulipanes.

Nos casamos apresuradamente porque estábamos enamorados. Me convenció con poco: un ramo de tulipanes y unas pocas palabras. Las copió de la primera película que vimos juntos y sonaron tan ciertas que yo di por sentado que el resto de mi vida había empezado allí. ¡Y que no acabaría hasta que terminara la vida misma! Debí haber sospechado que algo estaba fallando cuando dejamos de sembrar tulipanes.

¡Qué lejos aquellos inviernos en los que íbamos a convertir en hogar la nueva casa! ¡Era una casa para envejecer hasta que, algún día, la llenaran los nietos de nueva juventud!

Pero ahora se ha ido. 

Nunca creí que lo haría. Un día que amaneció como cualquier otro terminó con su ausencia a la hora de vuelta del trabajo. Una llamada de teléfono fue explicación y despedida: ”Sabes que te quiero, que no permitiré que nadie te haga daño, pero esta querencia no es ya el amor de los enamorados, y ese, quiero encontrarlo si es que existe”. No articulé respuesta, ni siquiera lágrimas. Recordé sus palabras cuando, escondiendo un ramo de tulipanes pálidos me pidió matrimonio: “Cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, deseas que el resto de tu vida empiece lo antes posible. Empecemos el resto de nuestra vida ahora”. Pero no supe qué parte del resto de la vida había fallado ni de quién fue la culpa. Después hemos hablado y todavía no entiendo qué ha pasado.

Ahora ya no soy capaz de recordar otras disputas, aunque sé que existieron.

El dolor de la soledad me borró la memoria. Cuando la almohada se vuelve oscura y la cama se hace grande, siento el auricular pegado a mis oídos y entonces, cada noche, sus palabras retumban como un eco obsesivo. Desde que fueron dichas he querido enloquecer con ellas. Hasta ayer. Después de un río de lágrimas esperando un San Valentín que nunca llegaría, decidí abandonar la locura que tampoco iba a llegar. Y salí a comprar flores para la casa.

Por eso estoy aquí.

Desde esta ventana se ve un poco del jardín, el borde de la piscina y el olivo. Tenía que haber comprado algún rosal para esa zona; se ve descolorida. El poco césped que dejamos está pasando a mejor vida y no se me ocurre cómo salvarlo. Lo dejaré morir como los tulipanes.

En el fondo, se ven lindas las flores metidas en sus cajas. Por eso les hice algunas fotos que he colgado en mi "face". He escrito tan solo algunas frases que verán mis amigos. No quiero a otros extraños hurgando en mi perfil. Él las verá; aún figura en mi lista.

“No es por San Valentín. Ha sido mi propia decisión dejar entrar a la primavera en casa desde hoy, y si es posible, ayudarla a quedarse durante el resto de mi vida”.

Mejor pongo en mayúsculas las cuatro últimas palabras. Entenderá el mensaje.



III. Dije hola y adiós.

“… tanto la quería, que tardé en aprender a olvidarla diecinueve días y quinientas noches.”

Joaquín Sabina

 

Era un día claro de invierno. Luminoso. De esos que, vistos por la ventana, parecen falsos decorados de primavera. La temperatura, en pleno medio día estaba más lejos que cerca de los diez grados centígrados, pero el cielo  azul radiante apenas se dejaba blanquear por alguna nube.

Había pasado la hora punta y el tráfico en las inmediaciones del centro comercial, como la temperatura, se reducía al mínimo. El parking casi estaba vacío.

Juan no había hecho la compra nunca. Lo pensaba al tiempo que introducía la moneda en el carro y repasaba mentalmente lo que no se le podía olvidar. Había hecho una lista pero la había olvidado en casa. Desde que se casó sus tareas de mercado habían sido básicamente acompañar a su mujer o hacer algún recado ocasional con instrucciones claras, pero nunca una compra de principio a fin. Tampoco antes de casarse. A los de su generación la compra, la comida y las ropas, se las dieron hechas su madre o sus hermanas.

Avanza con el carro y mueve los dedos, evitando que se note, en el bolsillo. Vuelve a repasar las cuatro cosas que no puede olvidar. Recuerda el programa infantil que veía con sus hijos, no recuerda ya cuando, en el que una niña, quizá Mafalda, repetía musicalmente la lista de la compra.

Lourdes tenía que comprar algo para la cena. Desde que se quedó sola en la casa no había hecho una compra organizada y apenas quedaban en la nevera ingredientes para preparar algo. No había previsto qué comprar y esperaba inspirarse en el supermercado. No sabía muy bien si la separación le había quitado el apetito o había acabado con la disciplina culinaria que había mantenido durante tantos años. No quiere comprar mucho. Pasa indiferente por la fila de los carros y tira descuidadamente de uno de los cestos que se amontonan a la entrada.

Juan se lo toma como un paseo y va parando cada pocos pasos para  mirar los estantes que se le antojan un espectáculo de productos. No sabe qué comprar, pero todo le parece atractivo. Tras poner un paquete de mantequilla y unos huevos en el carro, decide parar en la carnicería.

- ¿Me pone unos filetes? – pregunta con aparentada espontaneidad.

- ¿Ternera? – pregunta el matarife pasando una y otra vez el afilador por el borde del enorme machete que sujeta al aire con la mano izquierda.

- Vale – responde al tiempo que descubre su ignorancia y construye apresuradamente una respuesta para disimularla – si, para hacer a la plancha para unas dos personas.

- ¿Algo más?

- Pollo. Pechuga si es posible.

- ¿Entera o en filetes?

- Mejor filetes, si no le importa.

- ¿Importarme? Como le haya indicado la parienta, que luego ya se sabe, … - responde el carnicero intentando quitar drama al rostro del cliente.

- Eso, … si, … no me acuerdo. Pero creo que son filetes lo que compra, … - dice o piensa.

- ¿Es todo? Tengo unos choricitos artesanos, que están para morirse,

- No gracias; ya está todo – y alarga el brazo para coger la bolsa que el dependiente le deja sobre la vitrina una vez que ha puesto el ticket dentro y la ha sellado.

Se aleja decidiendo si volvería a hacer así otra vez la compra o pasaría directamente por los lineales refrigerados. Iba a comprar pescado, pero decide dejarlo para otro día y se va a echar un vistazo a los pasillos de droguería.

Mientras, Lourdes ha recorrido apresuradamente todo el supermercado. Quiere coger cuatro cosas e irse corriendo y aunque sabe casi exactamente donde está cada cosa, se mueve desorientada.

Evita pararse en la carnicería para que no la salude el carnicero, que ha debido echarla de menos estas semanas. Pan de molde, huevos, leche, un poco de fiambre, … cree que será suficiente para unos días y después decidirá si se organiza o sigue abandonada. Pasa por el pasillo de los lácteos y no puede evitar coger unos yogures de sabores. Después devuelve el lote a su lugar de origen. No quiere llevarse los que compraba para él, y coge rápidamente otro paquete que nunca había probado.

Va desde allí a la sección de perfumería a coger una crema y un poco de jabón, y se va, con la cesta de plástico rodando a su lado, hacia las cajas.

No hay mucha gente pero toca esperar a que un par de carritos para familias numerosas acaben su proceso. Solo entonces se detiene y observa el supermercado, casi vacío en el espacio del medio día. Nunca había comprado a esta hora, porque estaba en casa cocinando o recogiendo la cocina. Pero no es mala hora, piensa, porque no hay mucha gente y no se encontrará con muchos conocidos.

Pronto, mientras espera, alguien se añade a la cola tras ella. Tira de su cesto para aproximarlo al mostrador y empezar a preparar su pequeña compra en la cinta. Se agacha y saca en una mano el pan de molde y en otra los yogures, y al levantarse un escalofrío le recorre la espalda.

- No es posible, serán otros zapatos casi iguales, y unos pantalones idénticos, … ¡y están tan mal planchados!

Pero cuando acaba de levantar la vista y los yogures sus miradas se cruzan.

Lourdes quiere salir corriendo y abandonar la cesta y los productos. Pero no puede, sobre todo porque ya está dentro del pasillo que queda entre las cajas y tendría que saltar por encima de alguien para hacerlo.

Esboza una sonrisa que le sale entre triste y agresiva, y dice “buenas tardes”.

- Hola. ¿Qué tal? – responde Juan intentando esconder que le tiemblan las manos.

- Bien. ¿Cómo te las arreglas?

- Ya ves. Aprendiendo a hacer compra.

- Yo limpié ayer el coche que tú siempre limpiabas. ¿No necesitas nada?

- Ya pasaré algún día a recoger el resto de la ropa y algunos de mis libros. Te llamaré primero.

- De acuerdo. Si quieres los tengo preparados – y se arrepiente sin terminar de decirlo, porque no quiere ayudarle a que se vaya del todo.

- No hace falta. No tardaré mucho.

La cajera de al lado les llama la atención. “Señores pasen por esta caja”. No estaba cuando ninguno de los dos llegó. Juan se despide y se cambia de fila.

La vida sigue en el centro comercial y ambos, sin conciencia de ello, se suman con un tarareo mental a la música de ambiente que sigue sonando. Ambos canturrean al salir del supermercado por caminos distintos; Lourdes con una lágrima que escapa detrás de las gafas oscuras y Juan apretando la mano contra sí mismo dentro del bolsillo.

 “…tanto la quería, ...”.

Mi nombre.

El mueble habita donde habito; el resto es solo miedo.

No es joven ni es vieja. Es simplemente ella. Una mujer en  pijama sentada en un inmenso sofá amarillo que ocupa el mejor hueco del salón. A su derecha se cuela el sol de la tarde por la ventana del balcón. El silencio está dentro y la envuelve.

No ve su rostro y no alcanza a imaginarlo. Duda si lo ha visto alguna vez. Necesitaría salir de sí misma y observarse para reconocerse. No puede, se adivina cautiva en su cuerpo; no le molesta.

En ausencia de rostro observa como sus manos se mueven ágiles sobre el teclado del ordenador, un Mac Book Pro ligero que soporta sobre las piernas. Y va leyendo el texto que aparece acompasadamente en la pantalla.

Era un mueble de madera dorada. De dos cuerpos con repisa de mármol entre ambos. Abajo puertas grandes para guardar la loza y dos cajones. Arriba dos puertas de cristal. Fue el mueble de la abuela. Después anduvo muchos mundos. Estuvo en un trastero muchos años, sometido al olvido. Sirvió de despensero en la casa de campo. Hizo de librería en la buhardilla …

¿Cuánto tiempo lleva escribiendo? Quisiera calcularlo pero todo en su vida es solo un instante. No tiene recuerdos y únicamente la reflexión sobre lo que observa le permite alargar el momento. Quizá sea el modo de construirlos, pero ella no lo sabe; ni siquiera sabe que los recuerdos son posibles. No los añora.

Suspira, sus dedos han dejado de aporrear el teclado mientras ella ha leído lo escrito.

Era un mueble de madera dorada

Le resulta familiar escribir y lo hace con soltura. Necesita seguir escribiendo. Toma el suspiro como impulso y vuelve a concentrarse. A medida que las palabras se van dibujando de nuevo en la pantalla recupera la sensación de calma. Olvida que no tiene rostro y mira alternativamente a sus manos y a su escritura. ¿Qué extraña magia las conecta? ¿Qué poder escondido hace que de los movimientos de sus dedos huesudos surjan palabras de negro sobre blanco? No importa lo que digan; observa como fluyen y le basta.

Hizo de librería en la buhardilla de donde debieron rescatarlo no hace mucho. Necesitó un buen trabajo de lijado y fueron apareciendo los colores que el tiempo le había ido pintando y despintando. Debajo de la pintura verde hubo una capa de pintura marrón, y debajo otra blanca. Al fondo la madera dorada que ahora muestra. Tiene un ángulo roto. Intentaron repararlo pero no funcionó y le asoma un clavo mal clavado.

La penumbra ha ido invadiendo el salón. El sofá, si fue amarillo antes, ya no tiene color. La luz de la pantalla apenas ilumina el espacio que sus manos ocupan. El resto del salón va siendo innecesario. Levanta la vista del teclado y observa la ventana.  En el balcón apenas se dibujan ya unas jardineras con unos pocos geranios que se van tornando en sombras. Sabe que tan pronto se oscurezcan no los recordará y dejarán de ser. Ya han perdido el color; son solo negros.

Se interroga. ¿Cuándo empezó a escribir? ¿Porqué lo hace? ¿Escribe para alguien o lo hace para sí? De repente se asusta de sí misma. Escribe, le parece, para huir de vivir sin memoria, para crear recuerdos de un instante, para llenar la soledad que la tortura, para matar el miedo, para ponerse rostro, para encontrar a otros, …  Mejor seguir haciéndolo que dejar que la mente se atormente.

Detrás de los cristales guarda algunas botellas. Hay alguna especial. Una botella de whisky que se antoja tan vieja como el aparador. Está casi vacía, pero aún se guarda en su caja de cartón con letras doradas. Al lado están las copas.

De repente se asusta. Un pitido en el ordenador paraliza sus dedos y una luz parpadea en el ángulo inferior derecho de la pantalla. Es un mensaje rápido. Alguien quiere que quiere hablarle. No reconoce  quien. Solo se sabe a ella en medio de lo oscuro. Tampoco tiene rostro. Lo ignora.

No puede volver a su escritura. Se ha hecho oscuro y se agobia. Se levanta con cautela para encender la luz y, aunque la tranquiliza, el salón le devuelve la misma extrañeza iluminada que precedía al chispazo. Solo algo en el salón le inspira confianza. En una esquina, casi a la espalda del sofá un mueble señorial, de madera de roble, la sorprende. Sobre el mármol que remata el primer cuerpo una vieja botella casi vacía y una copa servida. ¿Quién le sirvió una copa? Toma un trago.

Le resulta desagradable el sabor, pero le atrae. Algo le dice que ha bebido otras veces y parece que se mueve su memoria al tiempo que traga lentamente un sorbito más de alcohol. No evoca nada con nitidez; solo los borrones del no recuerdo parece que se esbozan, y vuelve a olvidar. Bebe de nuevo, despacio, pero ya no se dibuja nada.

Mejor seguir escribiendo aunque le inquiete inventar en su escrito un mueble que ve cerca. Ahora el viejo mueble tiene dos historias. La historia desconocida no le importa. No sabe quien lo hizo, ni donde lo compraron. Le importa la historia que ella inventa y que ve en la pantalla del ordenador en negro sobre blanco. Esta lo hace, de algún modo, criatura suya y le da confianza. Mirar de soslayo al viejo mueble la inquita nuevamente. Se siente vigilada y quisiera salir de ese salón.

Bebe de nuevo, y en un gesto de instintiva desesperación cambia su texto por el mensaje. Escribe una respuesta

¿Quién soy? ¿Qué sabes tú de mí que yo no sepa?

Dime al menos mi nombre.

29/07/2014 23:30 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.


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