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Claudio Ramón Berzosa.

Otro fragmento del "La Balada del Abuelo Palancas" en el que Félix Grande, deja cuenta de la antipedagogía que no hemos acabado de erradicar.

Mi padre tenía toda la razón de este mundo: aquel profesor era un borde. Peor aún: era un borde ilustrado, que es una variedad de bordes civilizadamente abominables. Aquel borde ilustrado acaso no desconociese la historia de un padre nauseabundo, de nacionalidad suiza y llamado Guillermo Tell, de quien es fama que, en vez de disparar contra el gobernador Gessler o cualquier otro enemigo germánico, prefirió obedecer a un despota y de un flechazo taladró a una inocente manzana situada a unos centímetros de distancia de los ojos despavoridos de su propio hijo. Émulo de aquel miserable, el profesor de Cultura General denominado Claudio Ramón Berzosa tenía la costumbre de exigir a menudo en clase que sus estudiantes callasen hasta parecer muertos, y así, con el pretexto de enseñar la asignatura del amor al silencio, ejercitaba su poder, su sadismo y su puntería sobre una sociedad de veinte o treinta siervos de siete a diez años de edad: cuando alguno de sus aprendices de esclavo se atrevía a desobedecerlo susurrando alguna palabra hacia su compañero de pupitre, Claudio Tell de La Mancha enviaba con fuerza su puntero de madera de chopo hacia la frente del insubordinado. Aquella tarde el insubordinado fue el hijo de mi abuelo Palancas. El abuelo escuchó pacientemente la exposición de los hechos, puso en la boca de su hijo otro caramelo de malvavisco cuando el desconchado había acabado su relato y le dijo que mañana lo acompañaría a la clase, lo que a mi padre le hizo intuir que al día siguiente tendría la dicha de acudir a un acto de reparación conforme a derecho, es decir, que resplandecería la venganza.

Infancia

Homenaje a mi madre.

“No podían tener hijos. El médico se lo había dicho solemnemente a María, casi ordenándole con ello suspender la boda. El matrimonio estaba consagrado a la pocreación y, si no iba a ser posible, debería hacer un ejercicio radical de honestidad y confesárselo a Andrés. Él decidiría si a pesar de todo, como por caridad cristiana, asumía un matrimonio vacio o ponía punto final a ese capítulo de su historia.”

 

Con este pensamiento recorría Maria mentalmente la casa, ahora vacía, pero que había visto llena de colores y sonidos diferentes.

Estaba en el portal, sentada en la vieja mecedora que heredó de su suegra, y desde allí, veía el primer tramo de la escalera que daba al piso alto. Al principio arriba solo estuvieron los dormitorios y unas cámaras, pero cuando arreglaron la casa hicieron una vivienda completa arriba. El salón, la cocina y su dormitorio daban a la calle. Podría vivir solo con eso, pero años atrás necesitaron otras tres alcobas. La de las chicas era la más grande, con tres camas y un enorme armario. Los chicos habían dormido siempre en la pequeña. Todavía la llena la litera de segunda mano que les regalaron al cumplir diez años. Además estaba la de los abuelos que, cuando ya no estuvieron, se convirtió en dormitorio de invitados, cuarto de plancha y a veces biblioteca.

Nunca supo María porqué Andrés quiso comprar una casa tan grande. Ella había hecho caso al doctor y, aunque apenas pudo contener su alegría cuando el siguió queriendo casarse, pensó que era suficiente con un hogar pequeño o incluso con un par de habitaciones en casa de sus padres. Y sin embargo Andrés se había empeñado desde el principio en comprar la casa grande, y en arreglarla. ¡Y la habían llenado de hijos!

Veía también, entre vaivén y vaivén de la vieja mecedora, la puerta del patio. Era de tierra cuando se mudaron. Después pusieron algo de cemento y por ultimo unas baldosas. Seguía firme la parra que en verano daba sombra y en otoño un montón de hojas viejas y de trabajo. Los niños habían jugado mucho en ese patio. A veces los juegos eran ruidosos o terminaban en peleas. Otras veces, en tardes de verano sobre todo, habían celebrado allí largas partidas de parchís o de dominó. Allí, en una noche de verano le habló su hija mayor de su primer amor, y la segunda, su voluntad de marchar al extranjero. 

Al fondo del patio había un pequeño trastero. No alcanzaba a verlo desde allí, pero no le hacía falta, porque lo conocía punto por punto. Sabía donde estaba la vieja cuna, y las cajas con libros de la escuela. Le parecía ver en un rincón la escopeta de caza que Andres dejó cargada un día y no volvió a coger. Siempre habían tenido intención de arreglar el trastero. Querían ponerle una chimenea y unos poyetes y usarlo en comidas familiares o para fiestas. Pero Andrés se había quedado dormido una mañana para siempre, y ella había decidido no cambiar nada. Los chicos, de visita cada año, insistían en hacer la cocina, pero el tiempo de verano pasa pronto y siempre deja planes aplazados hasta el próximo.

La calle había cambiado poco. La contemplaba desde su mecedora a través de una rendija minima en la puerta entreabierta. El asfalto había sustituido a la tierra en el suelo. Las fachadas se habían arreglado a medida que los vecinos habían ido envejeciendo. Pero en el fondo casi nada había cambiado. La vieja bodega de enfrente seguía encalándose cada septiembre, antes de vendimia. Detrás de nuevas fachadas de ladrillo rojo o de cemento de colores, las mismas gentes que habían convivido en el pasado, se vigilaban silenciosas por las rendijas de las puertas o a traves de visillos casi inmóviles.

26/02/2014 22:11 Nohemí Gómez-Pimpollo Morales Enlace permanente. Realia No hay comentarios. Comentar.


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