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Mi nombre.

El mueble habita donde habito; el resto es solo miedo.

No es joven ni es vieja. Es simplemente ella. Una mujer en  pijama sentada en un inmenso sofá amarillo que ocupa el mejor hueco del salón. A su derecha se cuela el sol de la tarde por la ventana del balcón. El silencio está dentro y la envuelve.

No ve su rostro y no alcanza a imaginarlo. Duda si lo ha visto alguna vez. Necesitaría salir de sí misma y observarse para reconocerse. No puede, se adivina cautiva en su cuerpo; no le molesta.

En ausencia de rostro observa como sus manos se mueven ágiles sobre el teclado del ordenador, un Mac Book Pro ligero que soporta sobre las piernas. Y va leyendo el texto que aparece acompasadamente en la pantalla.

Era un mueble de madera dorada. De dos cuerpos con repisa de mármol entre ambos. Abajo puertas grandes para guardar la loza y dos cajones. Arriba dos puertas de cristal. Fue el mueble de la abuela. Después anduvo muchos mundos. Estuvo en un trastero muchos años, sometido al olvido. Sirvió de despensero en la casa de campo. Hizo de librería en la buhardilla …

¿Cuánto tiempo lleva escribiendo? Quisiera calcularlo pero todo en su vida es solo un instante. No tiene recuerdos y únicamente la reflexión sobre lo que observa le permite alargar el momento. Quizá sea el modo de construirlos, pero ella no lo sabe; ni siquiera sabe que los recuerdos son posibles. No los añora.

Suspira, sus dedos han dejado de aporrear el teclado mientras ella ha leído lo escrito.

Era un mueble de madera dorada

Le resulta familiar escribir y lo hace con soltura. Necesita seguir escribiendo. Toma el suspiro como impulso y vuelve a concentrarse. A medida que las palabras se van dibujando de nuevo en la pantalla recupera la sensación de calma. Olvida que no tiene rostro y mira alternativamente a sus manos y a su escritura. ¿Qué extraña magia las conecta? ¿Qué poder escondido hace que de los movimientos de sus dedos huesudos surjan palabras de negro sobre blanco? No importa lo que digan; observa como fluyen y le basta.

Hizo de librería en la buhardilla de donde debieron rescatarlo no hace mucho. Necesitó un buen trabajo de lijado y fueron apareciendo los colores que el tiempo le había ido pintando y despintando. Debajo de la pintura verde hubo una capa de pintura marrón, y debajo otra blanca. Al fondo la madera dorada que ahora muestra. Tiene un ángulo roto. Intentaron repararlo pero no funcionó y le asoma un clavo mal clavado.

La penumbra ha ido invadiendo el salón. El sofá, si fue amarillo antes, ya no tiene color. La luz de la pantalla apenas ilumina el espacio que sus manos ocupan. El resto del salón va siendo innecesario. Levanta la vista del teclado y observa la ventana.  En el balcón apenas se dibujan ya unas jardineras con unos pocos geranios que se van tornando en sombras. Sabe que tan pronto se oscurezcan no los recordará y dejarán de ser. Ya han perdido el color; son solo negros.

Se interroga. ¿Cuándo empezó a escribir? ¿Porqué lo hace? ¿Escribe para alguien o lo hace para sí? De repente se asusta de sí misma. Escribe, le parece, para huir de vivir sin memoria, para crear recuerdos de un instante, para llenar la soledad que la tortura, para matar el miedo, para ponerse rostro, para encontrar a otros, …  Mejor seguir haciéndolo que dejar que la mente se atormente.

Detrás de los cristales guarda algunas botellas. Hay alguna especial. Una botella de whisky que se antoja tan vieja como el aparador. Está casi vacía, pero aún se guarda en su caja de cartón con letras doradas. Al lado están las copas.

De repente se asusta. Un pitido en el ordenador paraliza sus dedos y una luz parpadea en el ángulo inferior derecho de la pantalla. Es un mensaje rápido. Alguien quiere que quiere hablarle. No reconoce  quien. Solo se sabe a ella en medio de lo oscuro. Tampoco tiene rostro. Lo ignora.

No puede volver a su escritura. Se ha hecho oscuro y se agobia. Se levanta con cautela para encender la luz y, aunque la tranquiliza, el salón le devuelve la misma extrañeza iluminada que precedía al chispazo. Solo algo en el salón le inspira confianza. En una esquina, casi a la espalda del sofá un mueble señorial, de madera de roble, la sorprende. Sobre el mármol que remata el primer cuerpo una vieja botella casi vacía y una copa servida. ¿Quién le sirvió una copa? Toma un trago.

Le resulta desagradable el sabor, pero le atrae. Algo le dice que ha bebido otras veces y parece que se mueve su memoria al tiempo que traga lentamente un sorbito más de alcohol. No evoca nada con nitidez; solo los borrones del no recuerdo parece que se esbozan, y vuelve a olvidar. Bebe de nuevo, despacio, pero ya no se dibuja nada.

Mejor seguir escribiendo aunque le inquiete inventar en su escrito un mueble que ve cerca. Ahora el viejo mueble tiene dos historias. La historia desconocida no le importa. No sabe quien lo hizo, ni donde lo compraron. Le importa la historia que ella inventa y que ve en la pantalla del ordenador en negro sobre blanco. Esta lo hace, de algún modo, criatura suya y le da confianza. Mirar de soslayo al viejo mueble la inquita nuevamente. Se siente vigilada y quisiera salir de ese salón.

Bebe de nuevo, y en un gesto de instintiva desesperación cambia su texto por el mensaje. Escribe una respuesta

¿Quién soy? ¿Qué sabes tú de mí que yo no sepa?

Dime al menos mi nombre.

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