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Claudio Ramón Berzosa.

Otro fragmento del "La Balada del Abuelo Palancas" en el que Félix Grande, deja cuenta de la antipedagogía que no hemos acabado de erradicar.

Mi padre tenía toda la razón de este mundo: aquel profesor era un borde. Peor aún: era un borde ilustrado, que es una variedad de bordes civilizadamente abominables. Aquel borde ilustrado acaso no desconociese la historia de un padre nauseabundo, de nacionalidad suiza y llamado Guillermo Tell, de quien es fama que, en vez de disparar contra el gobernador Gessler o cualquier otro enemigo germánico, prefirió obedecer a un despota y de un flechazo taladró a una inocente manzana situada a unos centímetros de distancia de los ojos despavoridos de su propio hijo. Émulo de aquel miserable, el profesor de Cultura General denominado Claudio Ramón Berzosa tenía la costumbre de exigir a menudo en clase que sus estudiantes callasen hasta parecer muertos, y así, con el pretexto de enseñar la asignatura del amor al silencio, ejercitaba su poder, su sadismo y su puntería sobre una sociedad de veinte o treinta siervos de siete a diez años de edad: cuando alguno de sus aprendices de esclavo se atrevía a desobedecerlo susurrando alguna palabra hacia su compañero de pupitre, Claudio Tell de La Mancha enviaba con fuerza su puntero de madera de chopo hacia la frente del insubordinado. Aquella tarde el insubordinado fue el hijo de mi abuelo Palancas. El abuelo escuchó pacientemente la exposición de los hechos, puso en la boca de su hijo otro caramelo de malvavisco cuando el desconchado había acabado su relato y le dijo que mañana lo acompañaría a la clase, lo que a mi padre le hizo intuir que al día siguiente tendría la dicha de acudir a un acto de reparación conforme a derecho, es decir, que resplandecería la venganza.

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