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Te propongo.

 

Escucha, traigo un pacto:

Que mi voz no se imponga a tu palabra,

ni tu clamor resuene más que el mío.

 

Que tu paso no me pierda a tu espalda

y que mi andar no extravíe tu camino.

Que mi mano no deje que tu mano me suelte,

ni tu puño se cierre sin mi agarre.

 

Este es el trato, hermano,

que pido que suscribas:

No se llene tu plato si el mío lo llena el aire,

ni se sacie mi hambre con tu hambre.

 

Que para estar de pie no nos pisemos.

Que tener pan no implique tu miseria,

y el ansia no alimente ningún hambre.

 

Así el acuerdo en que nos quiero, amigo,

que el yo y el tú no vayan separados,

y el ellos no esté lejos.

Que ser mejor, no te haga ser peor,

y que tu bienestar no impida el mío.

Que no ganemos ni perdamos nadie

si el otro no celebra con nosotros.

 

Súmate al compromiso, compañero,

y escribámoslo bien, con letra clara.

Si lo ignoro, lo rompo o se me olvida,

el pacto ha de incluir que tú me increpes.

Si lo ignoras, lo rompes, o lo olvidas,

te lo diré en susurros y hasta en gritos.

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