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Apagón.

Necesita encontrar el biberón.

Sabe que siempre lo deja en la cocina, normalmente al lado del microondas, pero aunque mueve la mano de arriba abajo continuamente, al tiempo que la desplaza lentamente de izquierda a derecha, no da con él. Quizá Moisés lo dejó en otro lugar. A veces simplemente lo deja en la mesita después de que la pequeña Aroa tome su contenido. Más de una vez han discutido por ese desorden masculino que Moisés introduce cada vez que quiere echar una mano. Hoy no discutirían, lleva horas echándolo de menos.

Cuando se fue la luz por primera vez simplemente encendió, por toda la casa, las velas decorativas, aromáticas y mágicas que habían ido acumulando en los últimos meses. Daban una atmósfera bonita al ambiente, como de romántica penumbra, en el pequeño apartamento que era su hogar. Instaló a Aroa en el cochecito en el salón a su lado e incluso se puso a leer una revista que había por allí mientras la pequeña dormía. Le apetecía que Moisés llegara antes de lo previsto y disfrutar juntos de ese ambiente relajante.

Pero habían pasado ya más de dos horas y las velas se habían ido agotando una a una. Empezaba a sentirse incómoda pero tenía que aguantar. La pequeña estaba despierta pero por suerte estaba tranquila. Sabía que la avería no podía durar mucho más. Ya llevaban más tiempo a oscuras del que nunca había durado cualquier corte de suministro eléctrico.

Después se había ayudado de la tenue luz de su teléfono móvil para ir a buscar los pañales al baño. Moisés la había llamado entonces. Tardaría en volver porque por alguna razón que no habían podido explicarle el corte de suministro eléctrico afectaba a toda la ciudad y no funcionarían los transportes públicos hasta que se restableciera. Le había dicho que estaban bien, que tenían velas y que la niña había estado durmiendo la mayor parte del tiempo.

Ahora la batería del móvil se había agotado e intentaba recordar donde había dejado el mechero después de encender las velas. Seguía moviendo la mano como una autómata de arriba abajo con intensidad y, simultáneamente, de izquierda a derecha con lentitud. Daba golpes con objetos insospechados que caían con el ímpetu. Nunca pensó que tuvieran tantas cosas en una cocina tan pequeña y refrenó un ansia de tirarlas todas. Aroa lloraba intensamente; tenía hambre y probablemente miedo.

Desesperada rompió a llorar. No serviría de nada encontrar el biberón. ¿Cómo iba a prepararlo? En su llanto gritó esperando que Moisés le devolviera la respuesta como lo hacia en las discusiones cotidianas, “¿por qué te empeñaste en poner equipamiento eléctrico en toda la casa? Debíamos haber pensado en lo que pasaría si por alguna circunstancia fallaba el suministro”.



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