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Jerónimo.

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Me he colgado el bolso y he salido a pasear. No me importa la lluvia que pueda caer. Tenía necesidad de un largo paseo disfrazada de nadie, así que, los viejos vaqueros y las deportivas gastadas me han parecido indumentaria suficiente.  Además hacÍa mucho que no sacaba a pasear a Jerónimo y debía de estar haciéndosele insoportable la larga estancia al fondo del armario.

Nunca se ha quejado de mi abandono; ni tampoco de mi reencuentro.

Nos conocimos cuando yo cumplía quince años. Mis tías andaban en el negocio de la piel cuando el turismo lo era todo para la costa levantina. Vendían abrigos, bolsos, carteras, cinturones, … todo lo que el bolsillo de cualquier turista europeo podría pagar. Del camión, que cada día convertían en una tienda ambulante en los mercadillos de la costa, rescataron a Jerónimo para hacerlo mío. Nunca supe si lo escogieron por ser el último grito o por irse quedando desfasado entre nuevas modas.

Todavía no llueve, pero el viento es fresco y se agradece caminar rápido para mantener el calor. Quizá no debí salir. Ha visto Jerónimo muchas lluvias y no le importará si hoy, conforme a los pronósticos, le tocara mojarse. Bueno en realidad quizá incluso lo agradezca, porque es un bolso de otoño; tiene ese color ocre de las hojas secas y el tacto cálido, pero sin agobios, de la piel. Y hoy es otoño y el mejor momento para devolverlo a la vida. Su forma rectangular lo hace cómodo en bandolera.

Es un poco hippie y Alicia dice que no me pega. Siempre lo ha dicho y, aunque es curioso, ha tenido en mí un efecto y el contrario. ¿Por qué seré tan poco estable? A veces ese comentario me ha hecho devolver a Jerónimo al fondo del armario o al olvido del perchero. Sin embargo, en otras ocasiones, la misma afirmación me ha ayudado a afirmarme y mantenerlo como compañero invariable. Hubo una temporada en que lo saqué a diario. Creo que estaba en plena crisis de los treinta (está bien tener una crisis al menos en cada década). Había empezado a trabajar en un puesto “importante” y Jerónimo era mi enlace con el pasado; como si el ascenso laboral me alejara de mi vida anterior y necesitara a Jerónimo de puente. Quizá fueron solo tonterías y este bolso de saco, informe, con flecos a los lados y costuras vistas, ha sido solo una pequeña excusa de chica esnob.

Sin embargo ha sido compañero imprescindible en multitud de viajes.

Lo recuerdo a mi regreso de Escocia, después de un año de becaria, lleno de chocolatinas y jabones para aliviar de peso el equipaje. O a la vuelta de un puente en Dublín, con tostadas, fiambre y manzanas para todo el grupo. No habría pasado nada si además no hubiera dejado la navaja dentro, pero ¿cómo íbamos a partir el salchichón sin navaja? A la mujer policía del control del aeropuerto no le hizo mucha gracia y amenazó con detenerme. Se quedó con todo el embutido y la navaja, pero me devolvió a Jerónimo. Creo que es la vez que más cerca estuve de perderlo. También ha estado conmigo en Estambul, en Barcelona y en París. No lo llevé a Nueva York porque la mochila de Coronel Tapioca se me antojó más útil. Espero que no me lo tenga en cuenta.

Me pregunto cual ha sido su última salida, antes de la de hoy, que casi está acabando.  Conserva una pegatina en el asa, que llevo en bandolera en mi paseo. Me identifica como interventora en mesa electoral hace dos elecciones generales, así que, si el cálculo es correcto, debe hacer siete años de su última excursión. Iba a quitársela, pero si la ha llevado desde entonces no debe hacerle daño. Mejor espero a que el tiempo la elimine o la sustituya.  Creo que lo llevé al hospital cuando nació María, pero no le dejaron ninguna marca.

No sé cuando volveré a sacarlo. Voy a dejarlo, por si acaso, reposando en el perchero el vestíbulo. Quien sabe si el último gran jefe apache, retratado sobre la piel de la solapa, vigilará la entrada.

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